Siete poetas para siete islas: la tertulia cubano-canaria de Silvestre de Balboa

La tertulia cubano-canaria de Silvestre de Balboa. Un análisis de los seis sonetos laudatorios que precedieron su épica Espejo de paciencia, destacando lazos familiares y culturales.

Raúl Marrero-Fente

University of Minnesota / Academia Norteamericana de la Lengua Española

A Lázaro Santana, maestro en la distancia

La presencia canaria en las villas cubanas de Puerto Príncipe y Bayamo durante los siglos XVI y XVII fue muy importante. La fundación de la villa principeña ocurrió el 2 de febrero de 1514, día de la fiesta de la Virgen de la Candelaria patrona de las Canarias. Evento que apunta a la existencia de un núcleo de población original de las Islas Canarias, procedente en su mayoría de Bayamo donde encontramos una amplia representación isleña entre los vecinos. La época en que el grancanario Silvestre de Balboa (1563-ca. 1644) vive en Cuba coincide con el llamado “segundo aporte migratorio” de 1585-1645 (Lobo 2020: 9).

Espejo de paciencia, escrito por Silvestre de Balboa en Puerto Príncipe (actual Camagüey, Cuba) en 1608, es un poema épico en dos cantos que conmemora el secuestro del obispo Fray Juan de las Cabezas Altamirano, ocurrido en las cercanías de la villa de Bayamo, en la zona oriental de Cuba el 24 de abril de 1604. El poema de Balboa está precedido por seis sonetos laudatorios escritos por un grupo de amigos y familiares. Como ha sido señalado por Lázaro Santana (1981: 88; 1988: 17-18) esta tertulia es similar a la de Bartolomé Cairasco de Figueroa, que el joven Balboa conoció cuando vivía en Las Palmas (González Morales 2008: 144).

Fig. 1: Dos ediciones de Espejo de paciencia. A la izquierda, la del Departamento de Estudios Hispánicos de la
Universidad Central de las Villas (1960); a la derecha, una edición moderna de Raúl Marrero-Fente en Cátedra (2010)

El autor del primer soneto dedicado a Balboa es el capitán Pedro de la Torre Sifontes, vecino de Puerto Príncipe. Pertenecía a la importante familia del vínculo de la Torre que origina una de las ramas de la aristocracia local: “…este capitán Torre Sifontes es de la más ilustre prosapia principeña. Su padre don Diego Sifontes había sido el fundador del vínculo de la Torre … Los de la Torre Sifontes figuran en la villa desde sus primeros tiempos, desempeñando lo más altos cargos continuadamente, hasta bien entrado el siglo XVIII” (Pichardo 1942: 19). Fue además escribano de Puerto Príncipe entre 1608 y 1619, cuando Balboa recibe la denegación de la escribanía de la villa después de muchos años de intentar conseguir este oficio. Curiosamente, el 11 de mayo de 1619 el Rey Felipe III acepta la renuncia de la escribanía hecha por Pedro de la Torre Sifontes en Silvestre de Balboa (Marrero-Fente 2002: 168). Indudablemente ambos eran muy cercanos, porque uno de sus hermanos, Juan de la Torre Sifontes, alférez mayor de esta villa, casó con Isabel de la Coba Machicao, hija del grancanario Francisco de la Coba Machicao, suegro de Balboa (Prado 2017: 67). En su soneto, Pedro de la Torre Sifontes hace una ofrenda poética a Balboa: “Recibe de mi mano, buen Balboa, / este soneto criollo de la tierra/en señal de que soy tu tributario” (Balboa 2010: 85), imagen en torno a una tierra compartida entre canarios y criollos. Una comunión de intereses familiares, comerciales y literarios, porque Pedro de la Torre Sifontes era concuñado de Balboa. Aparece acusado de contrabandista en el padrón de Manso de Contreras (Marrero 1975: 134). 

Habéis echado el sello a vuestra ciencia
con tan sublime obra, buen Silvano,
diciendo del Ilustre Altamirano
el valor, cristiandad, y la paciencia.

Infalible verdad fue la pendencia
que Ramos tuvo con el luterano;
vengó al Pastor la poderosa mano,
dándonos a entender su omnipotencia.

Que al humilde levanta y le da loa,
y al soberbio arrogante echa por tierra;
estilo del Señor muy ordinario.

Recibe de mi mano, buen Balboa,
este soneto criollo de la tierra
en señal de que soy tu tributario (Balboa 2010: 85).

El segundo sonetista es el alférez Cristóbal de la Coba Machicao, regidor del ayuntamiento de Puerto Príncipe, hijo del grancanario Francisco de la Coba Machicao y de Isabel Consuegra, por lo que era hermano de Catalina de la Coba Machicao, y cuñado de Balboa. Los Machicao son parte del núcleo de familias de origen canario asentados en Puerto Príncipe, procedentes de Bayamo (Prado 2017: 87).  Según Felipe Pichardo: “Cristóbal de la Coba era hijo de los primeros pobladores de la villa, don Francisco de la Coba Machicao y doña Isabel Consuegra, hija ésta de don Hernando, compañero que fue de Vasco Porcayo de Figueroa” (1942: 19). En su soneto, Cristóbal de la Coba Machicao menciona con orgullo nacido de su herencia isleña el origen de Balboa: “Tan alto vuelas, pájaro canario, / que se pierde de vista ya tu vuelo, /cual águila caudal que sube al cielo/ á buscar su remedio en su contrario” (Balboa 2010: 86). Culminando con la escena de la gloria del poeta: “Y ceñirán tus sienes la Corona del lauro bello sin sazón cogido/ que te ofrece tu madre Gran Canaria” (Balboa 2010: 86), y que forma parte de ese gusto por la cita erudita señalado por Enrique Saínz (1982: 66), que exhibe un “patrón de referencia” apuntado por German Santana Henríquez “que tiene como escenario el paisaje de dos islas, Gran Canaria y Cuba” (1993: 1022). Por su parte  Manuel González Sosa destacó que la octava del soneto de Cristóbal de la Coba Machicao: “Tú que con nuevo estilo extraordinario/ tu fama extiendes por el ancho suelo/ contando la prisión y desconsuelo/ del divino Pastor Santo Vicario” (Balboa 2010: 86), era una alusión a los vínculos canarios por medio de un préstamo textual cervantino: “Verso que, como puede notarse, no es más que un calco levemente retocado del endecasílabo inicial de la octava que Cervantes dedica a nuestro Cairasco en el “Canto de Calíope” de La Galatea (octava 79; sexto y último libro): , que con nueva musa extraordinaria,/ Cairasco,cantas del amor el ánimo…” (1991: 99-100). Aparece en el padrón de rescatadores del oidor Manso de Contreras (Marrero 1975: 134). 

Tan alto vuelas, pájaro Canario,
que se pierde de vista ya tu vuelo
cual águila caudal que sube al cielo
a buscar su remedio en su contrario.

Tú que con nuevo estilo extraordinario
tu fama extiendes por el ancho suelo
contando la prisión y desconsuelo
del divino Pastor Santo Vicario.

Baja del alto alcázar de Elicona
donde tu claro ingenio te ha subido
a esta fragilidad nuestra ordinaria.

Y ceñirán tus sienes la Corona
del lauro bello sin sazón cogido
que te ofrece tu madre Gran Canaria (Balboa 2010: 86).

El tercer sonetista es el principeño Bartolomé Sánchez, alcalde ordinario de la villa. Estaba casado con Blasina de la Coba Machicao, otra hermana de Catalina de la Coba Machicao, la mujer de Balboa, por lo que “era concuñado de Balboa y por ello, además yerno de un isleño” (González Sosa 1991: 99). En su poema Sánchez elogia a Balboa y la belleza de la naturaleza antillana, destacando el tema del paraíso trasladado al Caribe: “Los que con gracia quieren ver y aviso/ un Silvestre galán y cortesano, /venga a Puerto del Príncipe Cristiano, / y gozará de un nuevo paraíso” (Balboa 2010: 87). Aunque estos tres sonetistas eran criollos nacidos en Cuba, estaban emparentados con familias canarias, y en sus obras resalta una común afiliación entre las dos islas. Sánchez y Balboa aparecen mencionados en un incidente contra un monje del convento de la Merced relacionado con asuntos de contrabando en fecha cercana a la redacción de Espejo de paciencia, lo que indica que ambos tenían una relación muy cercana (García y Martín 2015: 50-53). Aparece en el padrón de rescatadores del oidor Manso de Contreras (Marrero 1975: 134).

Los que con gracia quieren ver y aviso
un Silvestre galán y cortesano,
venga a Puerto Príncipe Cristiano,
y gozará de un nuevo paraíso.

De nuestro frágil vidrio quebradizo
verá un ejemplo raro y soberano
en la prisión del buen Altamirano
a quien con ella Dios regalar quiso.

Gracias al buen Silvestre de Balboa
que por tan dulce estilo nos declara
de aqueste santo obispo la paciencia.

Bien merece desde hoy eterna loa,
y el generoso obispo de la tiara
que tiene el mundo de mayor potencia (Balboa 2010: 87).

El cuarto sonetista es Juan Rodríguez de Sifuentes, regidor perpetuo de Puerto Príncipe desde 1600. Manuel González Sosa señaló en su obra un “sentimiento y la versación canarios adivinables” (1991: 99).  Era un isleño perteneciente a la emigración canaria de Bayamo a Puerto Príncipe de finales del siglo XVI.  Balboa relata en una emotiva escena de Espejo de paciencia el gran valor de un hijo de Sifuentes al ofrecer su caballo al obispo, cuando es apresado por los piratas franceses:

Iba el pastor tan falto de resuello
que dar paso adelante no podía;
ligadas ambas manos con el cuello,
que á gran dolor y lástima movía:
mas el divino Dios, echando el sello
de su misericordia el mismo día
dió traza como allí se le trajese
un caballo en que el príncipe subiese.

Ese le trajo allí́ Juan de Sifuentes:
que como supo el caso repentino,
tomó la posta en busca de estas gentes
por socorrer al príncipe benigno:
y con los ojos tristes hechos fuentes,
alcanzándole en medio del camino,
su caballo le dio donde el Prelado
subió afligido, triste y fatigado.

Y tomando las riendas en la mano
de diestro lleva al príncipe llorando,
y con gran libertad al luterano
le reprende un caso tan infando.
Mostró Sifuentes como buen cristiano,
su generoso pecho y amor blando,
y ser en su valor entre estas gentes
Hijo de Juan Rodríguez de Sifuentes (Balboa 2010: 105-106).

No sabemos por qué atribuye Balboa a un hijo de Juan de Rodríguez de Sifuentes la acción heroica de dar su caballo al obispo Cabezas, cuando en el “Memorial y relación del obispo de Cuba a Su Magestad”, escrito por el obispo Juan Cabezas Altamirano en Bayamo el 2 de julio de 1604, se afirma: “Verdad es que en las seis leguas que me pareció había desde allí a la playa salió un hidalgo de Puerto Príncipe llamado Juan Rodríguez de Sifuentes que se hallaba en un hato cercano. El cual, arriesgando su persona, ofreció el caballo en que venía y se fue conmigo hasta el navío yendo a pie” (Vitier 1962: 125-127). En sentida evocación Juan Rodríguez de Sifuentes expresa en su soneto el vínculo canario: “Las siete fortunadas islas bellas/ donde Marte y Amor tienen su asiento, / salen surcando el líquido elemento, / acompañadas de dos mil estrellas” (Balboa 2010: 88). Versos que tienen una reminiscencia con el canto dedicado a “San Pedro Mártir, patrón de las islas canarias”, en el Templo militante de Cairasco: “Esta es la Isla de la gran Canaria, / A quien su nombre dio también Fortuna/ Nombrada con razón en toda parte, / Princesa de las Islas fortunadas, Que todas toman de ella el apellido” (2024: 202). También recuerdan el poema de Cairasco “Las siete islas”, donde aparecen versos similares: “bellas Fortunadas” (1989: 145); y en la famosa declaración programática de Antonio de Viana en Antigüedades de las islas afortunadas: “Canto el origen del canario nombre/ y el renombre de bien afortunadas/ de las siete estimadas islas bellas”; (1991: 63). Otra posible afinidad del soneto de Rodríguez de Sifuentes es el verso: “Y de aquel ámbar-griz que en todas ellas/cría el divino autor del firmamento” (Balboa 2010: 88), que remite al ambiente emotivo descrito por Cairasco en “Las siete islas: “Con ademán gallardo y rico adorno/ de nácar, de coral, de perlas y ámbar”, (1989:146); y al verso de Antonio de Viana en Antigüedades: “las pellas finas de preciosos ámbares” (1991: 65), que en este caso funcionan como alusiones al litoral canario. Incluso la imagen olfatoria: “llega el suave olor que lleva el viento, /por donde se conoce que son bellas” (Balboa 2010: 88); traen a la mente el canto I de las Antigüedades…: “regaladas de los templados y süaves aires” (1991: 65). No sabemos si Rodríguez de Sifuentes leyó las obras de Cairasco y Viana, pero el léxico apunta a una afinidad sentimental con elementos de la cultura canaria de la época incorporados a un soneto escrito en el Caribe. Aparece en el padrón de rescatadores del oidor Manso de Contreras (Marrero 1975: 134).

Las siete fortunadas islas bellas
donde Marte y Amor tienen su asiento,
salen surcando el líquido elemento,
acompañadas de dos mil estrellas.

Y de aquel ámbar-gris que en todas ellas
cría el divino autor del firmamento,
llega el suave olor que lleva el viento,
por donde se conoce que son bellas.

Llegan adonde vive el que las loa;
y como á hijo dulce y regalado
le puso cada cual su laureola:

Y así quedó Silvestre de Balboa
de estas siete diademas coronado,
todas ganadas por su virtud sola (Balboa 2010: 88).

El quinto sonetista es Antonio Hernández, “el viejo, natural de Canarias”, quien escribe un soneto con bellas reminiscencias de su patria de origen, en especial con alusiones a la fértil Moya que Balboa y sus contertulios poéticos reconocerían con nostalgia: “Hermosas ninfas que en la fértil Moya, / donde Flora le dió nombre a su estancia, / gozáis de la frescura y la fragancia/que a tan discretos ánimos apoya” (Balboa 2010: 89). Para entender el impacto emocional que tendrían estos versos sobre Moya en Balboa y los demás canarios asentados en Puerto Príncipe, vale recordar dos ejemplos citados por Andrés Sánchez Robayna en su seminal estudio sobre el mito de la selva de Doramas y la poesía de Cairasco. El primero está en las Constituciones sinodales (1634) del obispo Cristóbal de Cámara:

…[Moya] es lugar muy sano, y comiença de alli para Terori la montaña de Oramas [sic], tan celebrada de aquel gran Poeta  Eclesiástico don Bartolomé de Cayrasco Figueroa …Es pues aquella montaña de las grandiosas cosas de España: muy cerrada de variedad de árboles, que mirarlos a lo alto, casi se pierde la vista, y puestos a trechos en unas profundidades, y una peñas, que fue singular obra de Dios, criándolos alli: ay muchos arroyos, y nacimiento de aguas frescas, y están los árboles tan acopados, que el mayor Sol no baxa a la tierra (1991: 252). 

El segundo es el de López de Ulloa en la Historia de la Conquista de las siete yslas de Canaria (1646), quien al describir la selva de Doramas afirma:

Ella en sí tendría de circuito tres leguas, está compuesta de dos ríos de agua abundantísimos, el uno llaman las Madres de Moya y el otro de Firgas. Son las aguas frigidísimas y delgadas, destos arroyos o ríos se riegan el dia de oy muchas heredades que producen lucidos frutos de cañas, viñas, trigo, cebada, centeno y millo; y discurriendo por la dicha montaña tiene dentro de sí otras infinitas fuentes de gran recreación… (1991: 253). 

En el soneto de Hernández encontramos la alusión clásica, en especial de autores de la tradición grecolatina expuesta en breves pinceladas de erudición poética: “donde Flora le dio nombre a su estancia”, “aquí fue Troya”, “cogió aquel que de Dafne ya carece” (Balboa 2010: 89), analizadas en un estudio reciente de Luis Pomer Monferrer (2023: 266). Estas referencias clásicas de Hernández sirven para preparar la imagen final de la coronación del poeta por las ninfas de Moya, en una escena que podemos leer como un ejemplo modesto de la tradición literaria dedicada a la selva de Doramas trasplantada al Caribe a donde “ceñiréis de Silvestre ambas las sienes;/ pues con sus versos honra y engrandece/ de vuestra amenidad la patria amada” (Balboa 2010: 89). Balboa es coronado como poeta laureado por seres mitológicos canarios, una acción que sirve además para resaltar con orgullo su origen. Con esta imagen final Hernández muestra la existencia de un sentimiento de comunidad entre los canarios asentados en Cuba. A diferencia de los otros sonetistas Antonio Hernández no aparece en el padrón de contrabandista del oidor Manso de Contreras.

Hermosas ninfas que en la fértil Moya,
donde Flora le dio nombre a su estancia,
gozáis de la frescura y la fragancia
que a tan discretos ánimos apoya.

Aquí donde el amor pesca sin boya,
y nunca sale della sin ganancia,
y pudiera el autor sin arrogancia
decir por lo pasado – aquí fue Troya.

De aquellas verdes hojas que en rehenes
cogió aquel que de Dafne ya carece,
componiendo guirnalda variada,

ceñiréis de Silvestre ambas las sienes;
pues con sus versos honra y engrandece
de vuestra amenidad la patria amada (Balboa 2010: 89).

El sexto sonetista es el alférez Lorenzo Laso de la Vega y Cerda, según Pichardo era hijo de Matías Rojas y Elvira Lasso de la Vega, y nieto del conquistador Vasco Porcayo de Figueroa (Pichardo 1942: 20-21). Sin embargo, en el Libro de las familias de Bayamo de Pedro del Prado y Pardo encontramos una versión diferente, según la cual, Lorenzo Laso de la Vega y Cerda es hijo de Esteban Lagos y Teresa Sotomayor y Casenda, hija del conquistador Vasco Porcallo de Figueroa:

Esteban Lagos, primer hijo del Capitán García Lagos y Francisca Pérez, fue Regidor
y Alcalde ordinario. Casó con Teresa Sotomayor y Casenda, hija natural el Capitán Vasco Porcallo de Figueroa y tuvieron a Gonzalo de la Cerda, Lorenzo Laso, Ana de Lagos, Esteban de Mendoza, García Mexía de la Cerda, María de Mendoza, a Elvira y Teresa Lagos (2012: 68). 

De acuerdo con esta información, Lorenzo Laso de la Vega nació en Bayamo; su padre, Esteban Lagos, era parte de la poderosa familia Lagos afincada en esta villa desde el siglo XVI, y su madre era la principeña Teresa Sotomayor. Esto explicaría además su presencia en Puerto Príncipe y su amistad con Balboa. El soneto de Lorenzo Laso de la Vega es uno de los que tiene mayores referencias clásicas: “aquel que vio las infernales gentes” (Orfeo), “movió a compasión a Proserpina”, “nuevo Homero”, “Anfión”. Varios críticos (Pichardo, Saínz, Pomer), han destacado la calidad de esta composición. Es posible que Laso de la Vega leyera las Églogas II y III de Virgilio donde se mencionan a Anfión y a Orfeo respectivamente, o las conociera indirectamente de autores como Antonio de Viana quien llamó a Cairasco: “otro Orfeo que a Canaria sobra / y por canario del empíreo Cielo”, en su soneto elogioso a Cairasco en el Templo militante. Tanto en Laso de la Vega como en Viana la música (Orfeo, Anfión) aparece unida en el homenaje al poeta. Por otra parte, esa “exaltación de la Isla” que destaca Saínz (1982: 70) tiene similitud con el orgullo canario cantado por Viana en las Antigüedades

Dorada isla de Cuba o Fernandina,
de cuyas altas cumbres eminentes
bajan a los arroyos, ríos y fuentes
el acendrado oro y plata fina;

si el dulce canto y música divina
de aquel que vio las infernales gentes,
las penas suspendió tan diferentes,
y movió a compasión a Proserpina.

con cuanta más razón, Isla dichosa,
estáis vos dando al orbe admiración
con este nuevo Homero y fértil yedra,

pues su dulzura os hace más famosa
que a aquella a quien la lira de Anfión
hizo los muros de ladrillo y piedra (Balboa 2010: 90).

Esta pequeña tertulia literaria de unos siete poetas está conformada en base al recuerdo de la Academia del Jardín de Bartolomé Cairasco, y que Balboa posiblemente había conocido cuando vivía en Las Palmas. No contamos con documentos de esta por el incendio de Puerto Príncipe ocurrido en diciembre de 1616, que destruyó todos los archivos y gran parte de la villa. Los sonetistas que escriben en Puerto Príncipe también figuran entre los vecinos más importantes de la villa por sus oficios: alcalde, alférez, regidor, lo que indica el estatuto social que tenían los canarios en Cuba en el siglo XVII.  Otro detalle curioso es el vínculo familiar de algunos de ellos con Balboa. La práctica de las composiciones elogiosas era común en la época, recordemos que, en el contexto canario, las Antigüedades de Antonio de Viana está precedido por cuatro sonetos laudatorios, en el manuscrito de la Esdrujúlea aparecen nueve composiciones de alabanza a Cairasco y en el Templo militante hay un soneto de Antonio de Viana, una tradición que siguieron estos poetas para celebrar a su contertulio Silvestre de Balboa.

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