Notas sobre Galdós y el español de Canarias

Nuestro modesto homenaje al admirado creador.

No debe pasarse por alto que en algunos momentos Galdós usó conscientemente formas que no pertenecían al estándar y que ponía en boca de sus personajes para caracterizarlos ya no desde una perspectiva diatópica sino diastrática o diafásica; por eso suelen presentarse en personajes de bajo nivel social o en situaciones coloquiales. No sabemos con exactitud si eran elementos que Galdós consideraba canarios o simplemente eran los que tenía en su competencia lingüística para reflejar esa habla espontánea con que tan frecuentemente caracterizaba a sus personajes. De ahí que, como bien ha demostrado Pérez Vidal (1979: 68), el uso de voces canarias fuera superior, por ejemplo, en Nazarín que en Halma, que se desarrolla en un ambiente social más alto. 

¿Qué tipo de léxico recogió Galdós en sus Voces canarias? Son variados los campos léxicos que abarca, pues hay voces que se refieren a:  

  1.  El cuerpo humano: bezo, mollerapomototizo.
  2. Rasgos físicos: cambado, entripado, escarranchadofañosomachonapambufo.
  3. Rasgos psíquicos: agoniado, amulado, engrifado, enroñado, ensayado, ñangueteprivado de su juicio, ruin, tolete, zafado.
  4. El mundo infantil: bico, bisipapa-resolla, pispito, upa.
  5. Accidentes y enfermedades: boquete, jeito, lamedor, nacencia, tristel.
  6. La casa y los enseres domésticos: abanador, bacinilla, bernegal, catre de viento, casapuertafechadura, fechillo, fonil, lavadera, liña, loza melada, pisa, tallataramela.
  7. Los tipos de vivienda: casa terrera, chopencho, gurancho.
  8. La vestimenta: aguja de barbilla, bollo, cachorra, canaleja, caquero, clocos, sisnar
  9. El terreno: arrifafalo, arrifal, bocabarranco, callao, horrura, laja, risco, tenique, veril.
  10. Los elementos atmosféricos: bruma, solajero, sorimba, tarosada.
  11. Los insectos y reptiles: cortacapote, cuca, perinquén.
  12. Las aves: ababete, abobito, alpispa, andoriña, capirote, palmero, pinto
  13. Otros animales: baifo, chuchango, jaira, majalulo
  14. El mundo vegetal: aceitillo, aljucema, aljulaga, almendrero, bibisco, castañero, ciruelero, duraznero, embeleso, mimo, tabaiba, tagasaste, tártago, tunera.
  15.  El mundo rural: afrecho, alpendre, barandilla, beletén, bosta, campurrio, gañanía, gaveta, mago, magarutomalatínpastura, tajarria, usa
  16. La agricultura: lindón, sorribar.
  17. Profesiones y oficios: cambullonero, librero, mestre, pedrero, pruebista, retratista, robencino, roncote.
  18.  El mar: chinchorro, engodo, envarbascado, jacío, liña, margullir, marea, reboso, seba.
  19. Los peces: lebrancho, longorón, saifía, salema, sama, santorra, tasarte, vieja.
  20. Juegos y fiestas: baile de taifa, baladera, bateo, boliche, catumba, folía, fullera, isa, remadero, tambora, timple, trompo
  21. Medidas, monedas, cantidades: embozada, fisca, forfolina, gurrumina, payor, pilla, pizco, ruma, tostón.
  22.  Gentilicios: babilón, chicharrero, conejero, gofión, guanche, majorero.

2. Pervivencia del léxico galdosiano en la isla de Gran Canaria

2.1. Aspectos metodológicos

Del glosario de Galdós nos ha interesado comprobar qué vocablos han perdurado cuando ya ha pasado un siglo y medio desde que fueran anotados en la libreta-índice que se guarda en el Museo Canario y cuáles, por el contrario, no han resistido el paso del tiempo y hoy quedan como reliquias que se usaron hasta cierto momento y que prácticamente ya no «viven» en nuestra comunidad. También hay algunos que solo se mantienen entre determinados hablantes, de unos grupos concretos, o bien en situaciones comunicativas muy específicas, con una existencia tan precaria que podemos calificarlos como moribundos en diversos grados, abocados a pasar  a engrosar la lista de canarismos sin vigencia actual.  Para delimitar con más exactitud la historia seguida por estas voces, hubiera sido deseable conocer si realmente eran frecuentes a mitad del siglo XIX, cuando las recoge Galdós; dado que es imposible contar con esta información de forma sistemática, nos hemos de limitar a comprobar el conocimiento y nivel de uso de los hablantes de nuestra época para determinar su estatus actual.

Para el estudio de la pervivencia o declive de los vocablos nos basaremos en los datos cuantitativos que nos proporcionan unas encuestas semasiológicas realizadas a hablantes de Gran Canaria, la isla donde vivió Galdós5. A cada entrevistado se le preguntó si conocía los términos que se le proponían; en caso de respuesta positiva, se le pedía que nos dijera su  significado6; por último, cuando el valor que nos aportaba coincidía con el que se buscaba en esta investigación, se le preguntaba si lo usaba normalmente (o si lo usaría en el caso de que tuviera que designar el objeto o la acción a la que aquel hacía referencia). Este modo de aplicar el cuestionario permite diferenciar el léxico activo (el realmente usado) del pasivo, en el que se incluyen todas aquellas voces que los hablantes no actualizan normalmente, a pesar de que entiendan sus significados (porque los han oído a hablantes mayores de su familia, por ejemplo). La incorporación de una palabra a la nómina pasiva de una comunidad supone un importante indicio de que ha emprendido el camino que puede conducirla a la muerte porque, al no actualizarse, deja de transmitirse a las generaciones siguientes.

Se entrevistó a un total de 80 hablantes: 40, de la ciudad de Las Palmas y otros 40, de dos municipios no capitalinos. De estos últimos, 20 han nacido y viven en Agüimes, localidad situada en el sureste de la isla, a 29 km. de Las Palmas y con algo más de treinta mil habitantes; los otros 20 han nacido y residen en La Aldea de San Nicolás, en el oeste de la isla, con unos 7 500 habitantes y más distante, a 70,9 km. de la capital.  Las encuestas de Agüimes fueron realizadas por Sara Martín Artiles (2016), y las de la Aldea de San Nicolás, por Lucía Rodríguez Ojeda (2015), ambas graduadas en Lengua Española y Literaturas Hispánicas por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Las dos filólogas citadas siguieron la misma metodología que se había empleado en el trabajo realizado con los hablantes capitalinos. 

La distribución de la muestra utilizada permite establecer algunas diferencias según la variable urbano/rural. Si durante mucho tiempo la dialectología solo tuvo en cuenta para sus investigaciones al hablante rural (a partir de la idea de que representaría mejor las peculiaridades propias del dialecto y permitiría conocer mejor su historia), los estudios de sociolingüística han centrado su interés en los núcleos urbanos, más dinámicos y heterogéneos, y que, por consiguiente, muestran los caminos por los que puede transitar la variedad en un futuro.

La distribución indicada nos permitirá comprobar si el léxico dialectal perdura más en los núcleos no capitalinos, confirmando la distinción entre conservadurismo e innovación como rasgos propios de los dos tipos de comunidades. Normalmente, las ciudades, por su propio cosmopolitismo, están más abiertas a las novedades y tienden a arrinconar antes aquellas voces que se consideran obsoletas o que se perciben como rústicas; ello es especialmente aplicable al tipo de léxico que designa tareas agrícolas o ganaderas, propias del mundo rural. Muchas investigaciones empíricas han mostrado la validez de esta diferenciación, como vemos, por ejemplo, en los resultados que se obtuvieron en el estudio de la pervivencia de supuestos arcaísmos en la isla de Gran Canaria (Samper Padilla y Hernández Cabrera 1995): al analizar la variable geodemográfica, se pudo constatar que el índice de desconocimiento de arcaísmos era menor entre los hablantes que vivían en municipios que en el momento de la investigación tenían una población inferior a los 25 000 habitantes (con un índice del 26,8%, bastante inferior al anotado para los hablantes capitalinos, un 35,3%). No obstante, hemos de tener en cuenta que hoy, con la facilidad de comunicaciones y con la generalización de los medios de difusión, la distancia entre el mundo urbano y el rural se ha reducido extraordinariamente7 y por eso cabe suponer que también hayan disminuido las diferencias lingüísticas.

Nuestros 80 informantes se dividen en 40 hombres y 40 mujeres; en cuanto a la edad, la mitad pertenece a la tercera generación (con más de 55 años) y la otra mitad, a la primera (entre 25 y 35 años). Los informantes tienen solo el nivel de estudios primarios o, en el caso de los jóvenes, la enseñanza obligatoria; esta elección se sustenta en la idea de que, como han mostrado investigaciones previas, en estos niveles socioculturales se mantiene más activamente el uso de términos tradicionales. Por otro lado, tener en cuenta a hablantes de dos generaciones muy diferenciadas hace posible la realización de un estudio transversal (o en tiempo aparente, vid. Labov 1996 y 2006) que nos permitirá observar los cambios y pronosticar el devenir de estos términos: si están llamados a desaparecer en un futuro próximo o si, por el contrario, permanecerán vivos en la comunidad de habla gracias a su mantenimiento entre los hablantes más jóvenes. No obstante, el análisis de esta variable no podrá ser contemplado de modo sistemático en esta ocasión.

En la sección siguiente expondremos los resultados correspondientes a dos campos nocionales característicos del léxico regional: el que se refiere al mundo animal y vegetal (90 entradas)8 y el que sirve para designar cualidades y defectos físicos y morales (84 entradas). El primero es un vocabulario tradicional en cualquier comunidad, mientras que el segundo, como ha precisado Pérez Vidal (1991:100), se caracteriza porque se mantiene y se transmite frecuentemente en el propio núcleo familiar.

En determinados casos hemos preguntado por más de una acepción de ciertas palabras. Por ejemplo, con alpispa nos referimos tanto al valor primario de ave como al secundario de ‘mujer avispada y vivaracha’. En general, esto se ha llevado a cabo con aquellas palabras que han desarrollado, a través de un proceso de metaforización muchas veces festiva, un significado secundario, aplicado a determinadas cualidades (normalmente negativas): bosta, ‘persona gorda y pesada’, morrocoyo ‘persona gruesa y pequeña’, pastura ‘persona pachorruda’, pilfo ‘persona despreciable, de mala fama’,  templero ‘persona de gran tamaño’, tolete ‘persona torpe’ o velillo ‘mujer casquivana’.. Realmente solo hemos incorporado estos valores secundarios cuando han sido destacados por los recopiladores del léxico grancanario, sobre todo por Millares (1932) y por Guerra (1965), lo cual nos permite suponer que se trata de significados que podían estar presentes ya en la época galdosiana. Aclararemos la acepción a la que nos referimos en todas aquellas ocasiones que lo requieran.

Cuando hay variantes de pronunciación de un mismo término, se han contemplado las distintas posibilidades en el momento de la encuesta. Esto ocurre, entre otros ejemplos, con las diversas pronunciaciones de la voz perinquén o con otras formas como arretranco/arritranco, repollinado/arrepollinado, desconchabado/esconchabado, chafalmeja/chaflameja o pilfo/pirfo

2.2. Resultados

Dado que la exposición detallada de todos los datos cuantitativos que se han obtenido en nuestras encuestas y sus comentarios particulares excederían los límites de un trabajo como el que presentamos ahora, nos centraremos en los resultados que nos han parecido más relevantes. 

2.2.1. Sobre el léxico activo 

Del vocabulario galdosiano que analizamos, hay palabras que, tras el paso de los años, siguen perteneciendo al léxico activo de Gran Canaria, ya que alcanzan un porcentaje de respuestas superior al 50% en cuanto a su uso. 

En el cuadro siguiente recogemos 71 voces pertenecientes a la nómina activa en la isla de Gran Canaria. Esa cifra supone un porcentaje del 41% en relación con el total de 174 unidades que formaron parte de la encuesta actual. En el apartado (A) se exponen los 51 vocablos vivos en las tres localidades en las que hemos realizado las entrevistas. En (B) se suman a la relación anterior los 20 términos utilizados por más del 50% de los 80 encuestados, si bien no alcanzan ese porcentaje que hemos marcado como límite en alguna de las localidades estudiadas.

(A)
afrecho, aljulaga, almendrero, alpendre, alpispa (mujer avispada), alpispa (pájaro), amulado, arritranco (persona despreciable), baifo, beletén, bibisco, boliche (persona rechoncha), cambado, campurrio, capirote, carozo, castañero, ciruelero, cuca (cucaracha), chafalmeja, chocho (altramuz), chuchango, duraznero, durazno, embelesado (adormilado), engodo, engoruñado, engrifado (rabioso), escarranchado, fañoso, laja (persona vaga), lebrancho (pez), longorón, machango (persona ridícula), machona, manzanero, mataperro, membrillero, millo, naranjero, perinquén, pinto (pájaro), piña (mazorca), ruin (niño muy travieso), salema, sama, tabaiba, tolete (persona torpe), tunera, tuno, vieja (pez)

(B)
berode, bosta (excremento), bosta (persona gorda), chinchorro, desconchabado, encloquillado, ensayado (contento), fachentoso, jaira, ñangueta, palmero (pájaro), piña (racimo de plátanos), pírgano  (persona alta), privado de su juicio, repollinado, revejido, saifía, seba, verguilla (persona muy delgada),  zafado

Cuadro 1. Vocablos que forman parte de la nómina activa en la isla de Gran Canaria

También dejamos constancia de otras voces que sin llegar al 50% en el conjunto de las encuestas, forman parte del léxico activo en una o dos localidades en las que sus hablantes aseguraron que usaban los vocablos en un promedio superior al citado 50%. Son los 19 vocablos siguientes:

abobito, aljucema, apalastrado, beterrada, chopencho (persona despreciable), enguirrado, enroñado, fallido, farroga, gañanía, lebrancho (persona de gran tamaño), mago, palanquín, pambufo, serventía, sorribar, turre, velillo, zocate (fruto seco)

Cuadro 2. Vocablos que forman parte de la nómina activa en alguna de las localidades estudiadas

De los términos recogidos en las listas anteriores tenemos que destacar siete que son usados por todos los encuestados, urbanos y rurales. Tres de ellos se refieren al mundo animal (cuca, sama y vieja) y cuatro al vegetal (durazno, piña, tunera y tuno). 

Los vocablos indicados son los únicos que alcanzan el índice máximo de uso en la ciudad de Las Palmas. Esa cifra aumenta conforme nos alejamos de la capital: en Agüimes se contabilizan como totalmente vivos 21 términos y en La Aldea, 39. Podemos pensar que en estas diferencias no influye solo la lejanía con respecto a la capital, sino también el tamaño poblacional de los municipios estudiados, de tal manera que parece confirmarse el hecho de que los vocablos dialectales se suelen mantener más en los núcleos reducidos y alejados de las zonas urbanas.  Los siete vocablos citados son recogidos por los diccionarios regionales como dialectalismos generales, si bien la distribución de tunera y tuno presenta unas evidentes diferencias diatópicas, como puede observarse en la siguiente lámina (I, 271) del ALEICan (Alvar 1975-78)9:

Junto a los siete vocablos usados por todos los encuestados, hay otros que se mantienen con vitalidad plena entre los hablantes rurales, pero no gozan del mismo grado de supervivencia entre los capitalinos. Entre ellos llama la atención berode, porque, frente a su uso general en Agüimes y en La Aldea, más de la mitad de los hablantes urbanos (un 52,5%) ni siquiera lo conocen, es decir, no forma parte del léxico activo de la comunidad de habla palmense (hay que señalar, además, que la voz ha sufrido un cambio en cuanto al grado de conocimiento que de ella tienen los encuestados, porque el índice de NP baja del 60% entre los hablantes de la tercera generación al 35% de los más jóvenes).  Otra diferencia que debemos resaltar está relacionada con el grupo de vocablos que designan árboles frutales. Es sintomático que manzanero, de uso general en las dos localidades no capitalinas, no alcance ese porcentaje entre los encuestados urbanos (con un 85% de nómina activa, que refleja cierta competencia de la forma general manzano). En el mismo sentido, hay que destacar que otros sustantivos que comparten el mismo procedimiento derivativo (almendrero, castañero, ciruelero, duraznero, membrillero y naranjero) son usados por todos los informantes de La Aldea, pero ya no están tan vivos entre los encuestados agüimenses y palmenses, porque algunos o bien no los conocen o bien no los usan. Son diferencias que, a pesar de que no sean cuantitativamente marcadas, han de señalarse porque pueden estar vaticinando cambios en el uso de estas voces en un futuro. Ya en el estudio del léxico disponible de los alumnos del antiguo COU de Gran Canaria observábamos que eran muy cercanas las posiciones de  naranjero (98) y naranjo (95) según sus índices de disponibilidad y muy diferenciadas (siempre a favor de la voz más general) las de manzanero (599) y manzano (63); y las de almendrero (785) y almendro (97) (vid. Hernández Cabrera y Samper Padilla 2003b). Los procesos de convergencia dialectal que hoy se manifiestan con mucha fuerza en el mundo hispánico en diversos fenómenos (vid. Villena Ponsoda y Vida Castro 2017) podrían afectar a la pervivencia de estas voces, aunque por ahora su vitalidad es evidente.

No queremos dejar de llamar la atención sobre la vigencia total de alpispa, con sus dos valores (pájaro y mujer avispada), en La Aldea de San Nicolás, frente a la pérdida de uso en Agüimes y en Las Palmas: en ambas localidades el índice de nómina activa fluctúa entre el 60% en la capital para las dos acepciones y el 65% y el 70% en Agüimes para mujer avispada y para ave, respectivamente. Es llamativo, además, que en Las Palmas la voz sea más conocida con su valor metafórico que con su significado primigenio, un comportamiento que no es privativo de este vocablo, ya que otros comparten con él el hecho de que ven reducido su nivel de uso y de conocimiento con su significado original, pero se conservan vivos en la comunidad a través de algún valor metafórico.  

La diferencia en el uso de algunos términos en el mundo rural frente al urbano se manifiesta asimismo en la presencia en el léxico activo de La Aldea y de Agüimes de gañanía y serventía (55% y 70% en la primera localidad y 60% para ambos en Agüimes), que, por el contrario, presentan entre los encuestados capitalinos un reducido 22,5% en la nómina activa de ambos vocablos y unos índices de desconocimiento que llegan a superar el 60%. De otras ausencias en el léxico activo de Las Palmas también hay que reflejar las de sorribar y turre, usuales en Agüimes, y las de farroba, aljucema y abobito, frecuentes en La Aldea de San Nicolás. Una vez más, la diferencia entre mundo rural y mundo urbano se manifiesta, como era de esperar, en este tipo de vocabulario específico. Frente a los ejemplos citados, se constata una superioridad de los hablantes de Las Palmas en el uso de ciertas voces; entre ellas destacan chinchorro, mago y pambufo. Si en los dos municipios no capitalinos chinchorro ha dejado de pertenecer a la nómina activa al alcanzar un alto 60% en el índice de desconocimiento en ambas localidades, no ocurre lo mismo en la capital, donde el citado índice desciende a menos de la mitad (un 27,5%) y las respuestas afirmativas sobre su uso llegan al 62,5% y, por tanto, se puede considerar perteneciente al conjunto de voces vigentes.

2.2.2. Sobre las palabras muertas y moribundas

En este apartado, en contraste con el anterior, nos centraremos en aquellas voces anotadas en su día por el novelista y que hoy han desaparecido o están a punto de desaparecer en la comunidad insular.

Basaremos el análisis en aquellos términos que en la isla no llegan a alcanzar ni siquiera el 20% de índice en la nómina activa, es decir, aquellos que son usados por menos de una quinta parte de los entrevistados.  En el cuadro siguiente recogemos tanto aquellas voces prácticamente ausentes en las tres localidades (apartado A, con un total de 48 unidades) como otras 11 que son usadas por menos del 20% del total de nuestros encuestados, aunque, frente a la relación anterior, ese porcentaje que hemos señalado como límite se supera en alguna localidad y, por tanto, no pueden incluirse ahí entre las palabras con más peligro de desaparición (apartado B). Son, por tanto, 59, una cifra  que representa el 34% del total de unidades que formó parte de la encuesta.

Al bajo porcentaje de uso señalado en estas voces hay que unir, en general, un alto grado de desconocimiento, lo que implica no solo que hayan dejado de utilizarse sino que ni siquiera forman parte ya del conocimiento pasivo de los informantes; de esos vocablos hay un número importante cuyo índice de desconocimiento supera el 80% o el 90%, una señal muy clara del grado de deterioro que alcanzan en la comunidad grancanaria. 

(A)
ababete, aceitillo, ajoto (atrevido), andoriña, arrifafalo-arrifal, avisado, bagañete, barandilla (silla del caballo), barcina, bicharango, caneca, chanco (persona despreciable), corsa, cortacapote, cuesco (cáscara de la fruta), cuesco (enfermedad de la papa), desborrifado (manirroto), despojarse (revolcarse los animales), devaso, embustero (mimoso), engorado, envarbascado, galibardo, gorete, ido (con hambre), lindón, magaruto, majalulo (camello joven), majalulo (persona torpe), malatín, matalote, milindrico, monifato, morrocoyo (persona gruesa), morrocoyo (tortuga), pilfo (persona despreciable), pipante, pitre, rabisquiento, singuillón, soturno, tagasaste, tambora, taramela (persona que habla mucho), temoso (terco), templero, trompitisca, usa

(B)
bobático, bubango, embeleso (arbusto), embullado, enjillado, jandorro, roncote, santorra, tajarria, tuche, zocate (persona con poco seso)

Cuadro 3. Vocablos de escaso o nulo uso en la isla de Gran Canaria

Junto a los términos incluidos en el cuadro 3, hemos constatado que algunos otros, como jiñera ‘jaula para cazar pájaros’, son muy poco usados (con menos del 20% en la NA) y poco conocidos en determinadas localidades, en las que llevan una vida precaria, aunque en las otras (o en alguna de las otras) mantienen cierto uso (no falta alguna que incluso forma parte de su nómina activa). En esta misma situación se encuentran también voces como desmorecido, entripado o revejido; es indudable que, aunque no estén tan expuestas a una desaparición próxima, por los datos con que contamos,  resultan preocupantes los índices de desconocimiento que de ellas tienen los hablantes de la primera generación frente a los que presentan los mayores de sus mismas zonas. El pronunciado desgaste de los términos citados se refleja en el cuadro siguiente:

Cuadro 4. Índice de desconocimiento de determinados vocablos según generación

Como se observa, los jóvenes (generación I) presentan un total desconocimiento de los tres términos expuestos, tanto en Agüimes como en La Aldea. Es muy marcado el contraste intergeneracional al comparar con los datos de los hablantes mayores, siempre igual o por encima de los 40 puntos de diferencia. En la capital el grado de desconocimiento entre los jóvenes es casi total en entripado y desmorecido, con índices significativamente diferenciados en relación con los de la generación mayor; en el caso de revejido asistimos al cambio que supone que un término conocido por todos los miembros de un grupo etario pase a un desconocimiento relevante en la generación más joven. Como vemos, es muy útil en estos casos la comparación basada en el tiempo aparente para conocer el proceso de un fenómeno determinado.

De los vocablos recogidos en el cuadro 3 debe destacarse, en primer lugar, que pipante ‘persona obesa’, singuillón ‘persona alta y desgarbada’ y trompitisca ‘persona que vale poco’ son totalmente desconocidos para los 80 encuestados, prueba irrefutable de que son voces muertas, desaparecidas, en Gran Canaria, la única isla en la que habían sido registradas.  Las tres figuran con las marcas p.us. o desus. en el Diccionario ejemplificado de canarismos (DEC) y no aparecen, como es esperable dada su orientación, en el Diccionario básico de canarismos (DBC) ni tampoco en el  Diccionario de canarismos (DC). En el Diccionario histórico-etimológico del habla canaria (DH-EHC) trompitisca lleva la anotación de ant., que se utiliza para «el material léxico que carece de vigencia en el español canario actual».

Según los datos del DEC, pipante y trompitisca no se documentan en la segunda mitad del XX. Pipante solo aparece registrado en el vocabulario de Galdós; trompitisca figura también en las Voces canarias y es usado asimismo por J.C. Moreno (1914)  y por Domingo J. Navarro (1895) en Recuerdos de un noventón; en el comentario sobre esta última obra, E. Benítez (1991) indica que este vocablo «es calificativo de empleo corriente por la gente marinera» (vid. Tesoro lexicográfico del español de Canarias [TLEC 1996]). Confirma su escaso empleo en el siglo XX el que ninguna de estas dos voces figure en el vocabulario de Millares ni en el de Guerra. Singuillón, frente a los vocablos anteriores parece haber tenido uso en fechas más recientes, como refleja la marca p.us. en el DEC. De todas formas, es una voz que no debió de tener un empleo muy frecuente, porque no figura en el DC ni en los dos diccionarios históricos dialectales, el ya citado DH-EHC y el Diccionario histórico del español de Canarias (DHEC).

En el mismo cuadro 3 figuran algunas voces que han servido para designar utensilios y materiales empleados en ciertas actividades tradicionales desarrolladas sobre todo en el mundo rural y que hoy prácticamente han dejado de utilizarse. El desuso de los referentes conlleva el de voces como barandilla, barcina, corsa, malatín o usa

También queremos destacar la notable decadencia de una palabra en la modalidad grancanaria; nos referimos a soturno ‘triste, oscuro’. Si Guerra (1965) podía decir que este portuguesismo era «muy usado en Gran Canaria» y la voz, según el TLEC,  es citada por otros lexicógrafos anteriores o contemporáneos suyos (Millares, Santiago), los resultados de nuestras encuestas indican claramente que la voz ha perdido vigencia en la isla, pues el índice de desconocimiento que ofrecen nuestras entrevistas es de un 75% (es decir, 60 de los 80 encuestados declaran no conocerla).  Nuestras encuestas confirman que el uso de majalulo ‘camello joven’ no debe de haber sido muy frecuente en Gran Canaria, como ya señalaba Millares (1932) y como se refleja en el ALEICan (II, 403); precisamente en las encuestas realizadas en La Aldea de San Nicolás, una de las pocas informantes que usaba la voz aclaró que, de pequeña, había vivido cierto tiempo en Fuerteventura. También presenta un escaso índice de conocimiento la otra acepción de la misma voz (‘persona torpe’), propia de la provincia oriental; los ejemplos que se insertan en el DEC, donde lleva la marca p.us., no dejan lugar a dudas sobre su falta de uso actual: se citan las Obras completas de Guerra, a las que se añade únicamente la referencia a tal valor en el Glosario de Maffiotte, algo perfectamente de acuerdo con nuestros resultados actuales, si bien hemos de reseñar su mayor grado de conocimiento entre los entrevistados de La Aldea.

Otras dos palabras que están prácticamente muertas, puesto que son totalmente desconocidas en las dos zonas rurales y únicamente han sido reconocidas por muy pocos hablantes capitalinos, son andoriña y templero. De la primera, ya sabemos que es una voz usada en todo el archipiélago menos en Gran Canaria para designar a diferentes especies de vencejos, como confirman los datos del ALEICan (I, 306): las respuestas prácticamente únicas de andoriña (o sus variantes ardoriña y anduriña) en todas las otras islas contrastan abiertamente con las que se obtienen en Gran Canaria: golondrina (o colondrina) en todos los puntos salvo en uno en que se da la coincidencia con el resto del archipiélago. Los resultados de nuestras encuestas corroboran el escaso uso de este portuguesismo en la isla de Gran Canaria (ya era sintomático que no lo registrara Guerra ni tampoco Millares ni García Ramos). En cuanto a templero, recogida por Guerra10, ha sufrido un importante desgaste y hoy solo es conocida, según nuestros datos, por muy pocos hablantes de Las Palmas.

Uno de los vocablos que presenta un grado muy superior de uso y conocimiento entre los hablantes urbanos es roncote, una situación que está en consonancia con el frecuente empleo de la voz para designar al marinero del barrio capitalino de San Cristóbal, tal como indican Guerra, Santiago y Benítez (antes lo habían registrado, además de Galdós, Maffiotte y Millares), según la información que aporta el TLEC. También llama la atención la distribución de jiñera: en Las Palmas es conocida por más de la mitad de los informantes (con un 35% que señalan que la usan); en Agüimes, presenta un grado de conocimiento mucho más limitado (un 25%), pero es totalmente desconocida por los encuestados de La Aldea.  

Entre las palabras recogidas en el cuadro 3 también figura magaruto, que compite con otros dos sinónimos dialectales recogidos por Galdós, mago y campurrio11. No es idéntica la distribución diatópica de estos tres términos en las islas: magaruto se usa únicamente en Gran Canaria, campurrio también está presente en Fuerteventura y Lanzarote, mientras que mago es voz extendida por todo el archipiélago12.

El cuadro 5 recoge los resultados de las encuestas en torno a estos tres vocablos.

Cuadro 5. Índices de nómina activa, nómina pasiva y desconocimiento de los tres vocablos en las tres localidades estudiadas

Los datos muestran con claridad que a magaruto parece quedarle muy poca vida: no la conocen los encuestados agüimenses y el nivel de uso en La Aldea y Las Palmas solo alcanza el 10% y el 17,5%, respectivamente. Sin duda, de los tres vocablos es campurrio el ampliamente preferido por los grancanarios, con un índice de uso que iguala o supera siempre el 90%. Frente a las voces anteriores, que presentan unos resultados muy bien definidos, mago aparece como palabra ya arraigada en la capital, pero con escaso uso en las dos localidades rurales, en las que el nivel de desconocimiento llega a unos elevados 60% y 80%. La distribución actual de mago muestra que en este caso la capital, quizás por su cosmopolismo, acoge más rápidamente palabras que proceden de otras islas. En el cuadro 3 también aparece bobático, que resulta menos conocido que bobanco y bobera; ninguna de estas tres voces llega a alcanzar porcentajes importantes (por encima del 50%) en la listas de léxico activo, señal de que los hablantes prefieren utilizar los términos del español general para esos significados; por su significante son palabras fácilmente reconocibles para el hablante, pero sus respuestas indican que no suelen usarlas.

A modo de conclusión

Este artículo ha servido para recordar la obra lexicográfica juvenil de D. Benito Pérez Galdós, resaltar su importancia entre los repertorios de canarismos y explicar las características más sobresalientes de las voces que fueron recogidas en la libreta-índice que utilizó el autor.

También se ha comentado el empleo de los canarismos en la obra del novelista, así como la presencia de ciertos rasgos dialectales de tipo morfológico y sintáctico que fueron incorporados en la obra del escritor, sin que sepamos con certeza que este fuera siempre consciente de su carácter dialectal.

Una parte relevante del artículo se ha centrado en el comentario de la vitalidad o mortandad de los vocablos recogidos por Galdós en los años sesenta del siglo XIX; para la debida interpretación de los datos, incluimos los criterios metodológicos que se siguieron en las encuestas realizadas en tres puntos de la isla de Gran Canaria: Las Palmas de Gran Canaria, Agüimes y La Aldea de San Nicolás.

Se ha dedicado un apartado al comentario de las voces que, pasados unos 150 años desde que fueran anotadas, siguen teniendo vitalidad en la isla donde vivió Galdós, basándonos en el límite del 50% de léxico activo. Son pocas las palabras conocidas y usadas por todos los encuestados, pero sí suponen un número importante las que, con un índice algo menor, se pueden considerar perfectamente vivas en la comunidad isleña. Algunos de los vocablos tienen un uso superior en las comunidades no capitalinas, que, como era esperable, mantienen con más firmeza algunos términos que aluden a realidades campesinas. No faltan otros, sin embargo, que se mantienen más en el núcleo urbano por diversas razones que hemos tratado de explicar.

Las palabras que han sufrido un mayor desgaste han sido también objeto de estudio. Hay algunas voces que en la actualidad pueden considerarse totalmente perdidas en Gran Canaria porque no son conocidas por ninguno de los 80 informantes; este es un dato que corrobora la información que nos aportan sobre ellas los diccionarios regionales.

Hemos comentado algunas de las voces que presentan un bajo índice de frecuencia de uso (menos del 20%), porque ese indicador muestra que son palabras (o acepciones) que pueden correr el riesgo de desaparecer definitivamente de la comunidad de habla estudiada. También es relevante el incremento del índice de desconocimiento de unos determinados vocablos en la generación más joven en relación con el que presentan los hablantes de la tercera generación en las localidades encuestadas.

No cabe duda de que los procesos de convergencia que hoy se perciben con claridad en el ámbito estatal pueden acelerar la decadencia de un léxico regional que compite muchas veces en desventaja con el general, que cuenta con la inestimable colaboración de los distintos medios de comunicación. No debe obviarse, además, el hecho de que muchas de nuestras voces dialectales se utilizan sobre todo en situaciones marcadas por la inmediatez comunicativa y otras aluden a referentes hoy desaparecidos.

No obstante, a pesar de esa realidad, no podemos caer en el pesimismo sobre el futuro de las voces regionales, porque, junto al inevitable declinar de muchas, contamos –y este trabajo empírico así lo muestra con objetividad- con un importante porcentaje que mantiene unos índices de uso y conocimiento que les auguran un futuro seguro en nuestras comunidades insulares.


5 Puede verse una explicación más pormenorizada de estos aspectos metodológicos en el libro de Hernández Cabrera y Samper Padilla (2003a: 41-49).

6 En el citado libro de Hernández Cabrera y Samper Padilla (2003a) se recoge el cuestionario con los valores por los que se preguntó a cada informante. Los diccionarios diferenciales de la modalidad canaria dan cumplida cuenta de las distintas acepciones de cada vocablo.  

7 Además, hay que tener en cuenta todos los procesos lingüísticos que derivan de los movimientos migratorios del campo a la ciudad. Vid., entre otros, Alvar (1972: 185) y López Morales (2004: 164-166).

8 También hemos incorporado en este conjunto cinco voces que en el glosario de D. Benito designan realidades relacionadas con la pesca.

9 Vid. lo que escribe Lorenzo (2019) en relación con estos vocablos.

10 Los ejemplos que aportan los distintos diccionarios (DEC, DH-EHC) proceden todos de la obra costumbrista del citado autor.

11 Es sorprendente que Galdós no recogiera otro significante relacionado con ‘campesino’, maúro, de gran uso en Gran Canaria, según los testimonios, entre otros, de Millares (1932) y Guerra (1965). 

12 En el Diccionario diferencial del español de Canarias (DDEC) se indica que mago «fue, en principio solo general en La Palma y Tenerife, pero en la actualidad es conocida y usada en todas las islas». En la información del TLEC sobre la palabra se puede leer lo que señalaba Guerra: «Denominación que en la Ciudad dan al hombre o mujer del campo, a quienes también denominan campurrios y maúros»; para los Millares no estaba muy generalizada en Gran Canaria, porque señalan que es «nombre con que en Tenerife generalmente y alguna vez en Gran Canaria, se designa al campesino inculto» (s.v. magaruto). De las tres voces que recoge Galdós mago es la única que se registra como canarismo en el Diccionario de la lengua española (DLE).

13 No se incluyen en este listado las obras citadas a partir de la consulta de los distintos diccionarios de regionalismos.

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