El Siglo de la Raza. Hacia una genealogía descolonial del pensamiento antropológico canario del siglo XIX

El proceso de racialización de los cuerpos que habitan el Archipiélago Canario comienza en los albores del siglo XIV.

En contraste con estos postulados, es posible atestiguar la presencia de las tesis de otras potencias coloniales en el espacio académico insular, eso sí, con mucho menos predicamento. Me refiero a la conocida como escuela raciológica alemana, habilitada por los matices que antropólogos como Franz von Lohër, Hans Meyer o Felix von Luschan, realizan a los estudios de Berthelot, Chil, Millares,Verneau y compañía en publicaciones como Los germanos en las Islas Canarias (1886), La Isla de Tenerife (1896) y Sobre una colección de calaveras canarias (1896). Estas aclaraciones se dirigen a las conclusiones a las que llegan dichos raciólogos para delimitar el influjo racial teutón en el linaje de los indígenas isleños. Y algo similar ocurre, pero en este caso en relación a los intereses imperiales de España en el Archipiélago, con la actividad investigadora que desarrolla el Gabinete Científico de Santa Cruz de Tenerife (1877-1913), liderado por la obra del etnólogo isleño Juan de Bethencourt Alfonso.

Grabado incluido en La Isla de Tenerife de Meyer en que se puede ver a un hombre y una mujer con el atuendo rural propio del territorio que da nombre a su trabajo.

Grabado incluido en La Isla de Tenerife de Meyer en que se puede ver a un hombre y una mujer con el atuendo rural propio del territorio que da nombre a su trabajo. Con ella su autor pretende acreditar lo que, en Los germanos en las Islas Canarias, Löher también define como «otra fisonomía, otra conformación física y hasta costumbres y maneras diferentes de los oriundos de raza española. […] El observador alemán», prosigue, «que desde la costa de Tenerife penetra en el interior del país y en las aldeas, encuentra allí rostros sajones tan puros como pudiera hallarlos en las frondosas colinas de Westfalia, y su vista despierta en él un sentimiento de afinidad igual al que producen en todo corazón germano los Borgoñones hablando francés, los Pensilvanos hablando inglés, y los Zipsers en Hungría hablando la lengua magiar. Esta población especial de las Canarias procede de los primitivos pobladores de aquellas islas […], habitadas por una raza numerosa de color claro y pelo rubio, que se llamaba Wandschen, que así debe escribirse el nombre que los españoles pronuncian Guanche, convirtiendo la W alemana en Gu y la dsch en ch. […] De estos enlaces con españoles y otros europeos que pasaban á las islas resultó la población rural, en la que se conservaron las cualidades de generosidad y franqueza del Guanche» (Löher, 1990: 5-7).

Con todo, el ánimo imperial con que las grandes potencias europeas tratan de influir en las Islas genera impactos no previstos por el poder metropolitano. En un contexto convulso como el decimonónico, en pleno auge del liberalismo en Europa y América, racializar a los habitantes precoloniales del Archipiélago junto a su población contemporánea supone una apelación directa para que las canarias y canarios de entonces reflexionen acerca de su identidad. Y ello puede constatarse no solo en la actividad política isleña de la época, sino también en su literatura, donde es posible citar a numerosos autores que recurren directa e indirectamente al imaginario de la raza como vía para enaltecer su “conciencia nacional”. Así sucede, por ejemplo, en la poesía de Graciliano Afonso, extremadamente combativa con la posición subalterna que detentan los y las isleñas en la arquitectura imperial hispana; en la narrativa indigenista de Manuel de Ossuna y Saviñón, de marcado acento romántico y anticolonial; en la elocuencia revolucionaria que caracteriza la obra autobiográfica del político canario Nicolás Estévanez y, cómo no, en los relatos y elegías que ilustran el compromiso nacionalista de Secundino Delgado.

Una mujer ataviada con la vestimenta propia de la burguesía decimonónica posa a lomos de un dromedario conducido por un campesino en este retrato del fotógrafo portugués Jordao da Luz Perestrello datado en la última década del siglo XIX.

Una mujer ataviada con la vestimenta propia de la burguesía decimonónica posa a lomos de un dromedario conducido por un campesino en este retrato del fotógrafo portugués Jordao da Luz Perestrello datado en la última década del siglo XIX. La costumbre de pasearse a lomos de este animal por las zonas aledañas al Puerto de la Luz, en Las Palmas de Gran Canaria, se vuelve cada vez más popular durante dicho periodo, evidenciando así la incipiente penetración del turismo en el Archipiélago. La instantánea, sin embargo, hace visibles las diferencias que socialmente separan a quien ejerce como guía de quien actúa como turista. La posición subalterna del camellero facilita así su racialización en base a su pertenencia a los sectores populares de la sociedad insular, mientras que la ubicación privilegiada de la excursionista permite barruntar su pertenencia a las élites isleñas o quizás europeas. A modo de denuncia anticolonial de estampas como esta, Graciliano Afonso compone los siguientes versos: «Que trabaje / el salvaje, / que despierte el africano, / que en su pecho / el derecho / de ser hombre encuentre ufano» (Afonso, 2007: 21). Secundino Delgado, por su parte, define en la revista El Guanche «el hogar de nuestros campesinos» como «un templo», bautizando al «pueblo rural» de las Islas como «segundos guanches». Un sentimiento que contrapone a las «decepciones, engaños y falsedades del mundo», a la degeneración de «los grandes centros industriales» y al falso «amor» que «la madre patria» demuestra al reducir «lo más que puede los centros de instrucción y todo aquello que tienda a ilustrar a nuestros hermanos» (Delgado, 2006: 168-170).

Como se puede apreciar, el racismo opera en estos supuestos de forma paradójica. Por una parte, porque remite a una estructura atestada de elementos simbólicos y emocionales dispuestos a reproducir un determinado orden social que se legitima mediante el recurso a la raza en intersección con otros signos de opresión. Pero también porque obedece a un deseo de distinción que obtiene su fortaleza del mismo acto de exclusión que supone la continuidad del orden colonial. Así pues, el mismo imperativo que hace posible la invención de la raza como justificante de la dominación imperial es el que conmina a quienes lo padecen a enfrentarse a sus consecuencias. En resumen, todas estas apelaciones racistas de carácter científico, pero también políticas, estéticas y literarias deben entenderse, durante el transcurso del Siglo de la Raza, como lo que son: el resultado de una fantasía racista de carácter totalizante que tiene su origen en la colonialidad. Y ello a pesar de que detrás de cada invocación a este significante, siempre impreciso y excluyente, se esconde el mismo deseo de clasificar a la humanidad, por más cierto que sea el hecho de que este jamás consuma completamente sus pretensiones.  

Por eso, identificar el origen de los sesgos impuestos a los cuerpos que han habitado el Archipiélago Canario es hoy, en pleno siglo XXI, una tarea inaplazable. De hecho, si se pretende cambiar el lugar de enunciación desde el que se han evaluado hasta ahora los efectos de la colonialidad y articular, en su lugar, una nueva genealogía que contribuya a descolonizar su pensamiento antropológico, es fundamental impugnar las retóricas totales que han logrado que el racismo y, junto a este, el sexismo, el clasismo y el cientificismo se convirtieran en garantes de la desigualdad y la opresión. Aún estamos a tiempo de promover en las Islas un conocimiento otro que nos permita dejar atrás las esencias que insisten en presentar categorías históricas, como la raza, como si fueran la Verdad. Después de todo, el pasado es solo otra forma de invocar el presente y el saber una manera locuaz de encarnar la autoridad.

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