La paulatina conformación del sistema informativo canario en la segunda mitad del siglo XIX

En un principio, la edición de prensa privada en el Archipiélago corrió a cargo de los propietarios de las imprentas.

Las tres cabeceras cimeras del género, Revista de Canarias (1878-1882), El Museo Canario (1880-1882) y La Ilustración de Canarias (1882-1884), todas editadas con periodicidad quincenal, dieron cuerpo a esa efímera «edad de oro» del género de una media docena escasa de años. La primera de ellas, dirigida por el escritor Elías Zerolo y abierta a todos los ámbitos del saber, supo sintonizar con el positivismo y el realismo de la vanguardia europea de entonces para adquirir un marcado tono científico. Junto a los hermanos Elías, Antonio y Tomás Zerolo, en sus páginas colaboró lo más granado de la intelectualidad canaria en los ramos más diversos, caso del novelista Benito Pérez Galdós, el etnógrafo francés Sabino Berthelot, el político Nicolás Estévanez, el músico Teobaldo Power, el historiador Agustín Millares Torres o el pedagogo Juan De la Puerta Canseco. La Ilustración de Canarias (1882-1884), por su parte, fue algo así como el exponente isleño de una propuesta que, compartiendo en la cabecera el término Ilustración, circuló en todo el mundo de habla hispana desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el XX a imitación de The Illustrated London News (1842) y L´Illustration (1843) de París (Trenc y Botrel, 1996). Dirigida por Patricio Estévanez, la novedosa publicación apoyó su oferta informativa con imágenes reproducidas mediante el grabado de madera, incluidas las obras de artistas isleños como Gumersindo Robayna, Marcelino de Oráa o Pedro Tarquis y muchos de los viejos grabados dieciochescos de Alfred Williams, al tiempo que captaba al grueso de los colaboradores de la Revista de Canarias y a intelectuales peninsulares tan afines ideológicamente a Patricio y Nicolás Estévanez como Emilio Castelar o Francisco Pi y Margall. Mientras tanto, bajo los auspicios del médico y antropólogo Gregorio Chil y Naranjo, había circulado El Museo Canario (1880-1882) como órgano de la institución homónima de Las Palmas, con una propuesta informativa centrada en las huellas dejadas por la población aborigen en Gran Canaria, captando colaboraciones del antropólogo francés René Verneau, el médico Víctor Grau Bassas y toda la intelectualidad grancanaria, incluyendo al historiador Agustín Millares Torres y a las plumas más relevantes de la prensa generalista17.

La Ilustración de Canarias

Como anticipamos líneas atrás, desde la entrada en vigor de la ley Sagasta en 1883, el sistema informativo de las Islas Canarias entró, al igual que los del grueso de las provincias españolas, en una etapa esencialmente ideológica al convertirse los órganos de las facciones políticas más poderosas en los medios de comunicación dominantes. Pero en contraposición a la Península, donde la férrea resistencia de las fuerzas conservadoras a la revolución liberal engendró una fuerte polarización ideológica, el nuevo ordenamiento jurídico se asentó de manera mucho menos traumática en el Archipiélago por la ausencia de un antiguo régimen enraizado en el Medievo y, desde la conquista castellana, la apertura de la vida insular al exterior. De ahí, la acusada centralidad del espectro ideológico isleño y, por lo tanto, de sus órganos políticos, lo que generó un desajuste en relación a la prensa peninsular18 por el que se coló, como sucedáneo doctrinario, el pleito insular, hasta el extremo de convertir a éste en el principal ingrediente de la línea editorial de muchos periódicos. Tales condicionantes contextuales guardan coherencia con la desigual implantación de los dos grandes partidos del sistema canovista en el Archipiélago, con la apabullante hegemonía del liberal de Fernando León y Castillo en la zona oriental (Noreña, 1977) bajo el señuelo de abanderar las aspiraciones de Gran Canaria y, como contrarresto desde Tenerife, la pujanza del conservador en la occidental; zonas a las que sus respectivos órganos en prensa, Diario de Las Palmas (1893-2000) y La Opinión (1879-1916), ciñeron la circulación. Todo ello también hace explicable el insólito cambio de bando de este último en favor de una facción radicalmente tinerfeñista cuando las cúpulas de ambos partidos urdieron un pacto regional en Madrid, según aducían los redactores, para poner a salvo los intereses tinerfeños ante la enorme influencia que León y Castillo tenía en las altas esferas del Estado (Yanes, 2003: 193-194).

La distribución y la circulación de las publicaciones

Un simple vistazo a la estructura y el grado de articulación del mercado al que iban dirigidos los periódicos, y a las vías que tenían a mano los editores para hacerlos llegar a los destinatarios, magnifica aún más las cotas de calidad que alcanzó el periodismo isleño en el período referido. En líneas generales, entre mediados y finales del siglo XIX, la población del Archipiélago evolucionó desde unos doscientos treinta mil a algo más de trescientos cincuenta mil individuos, lo que en las localidades de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, las sedes del grueso de las publicaciones, se tradujo en un incremento desde los nueve mil de ambas a casi unos cuarenta mil y, en la segunda, cuarenta y cinco mil habitantes. Para calibrar la potencial clientela que atesoraba estos recursos demográficos, debemos tener presente que en torno a la mitad de dichos efectivos aún no habían cumplido los veinte años, que casi las tres cuartas partes de los adultos no sabía leer ni escribir y que, siendo el periodismo un fenómeno urbano, más del 70 por 100 de los activos se dedicaba a la agricultura (Afonso y Martín, 1985). Si hacemos cuentas, deducimos que los topes del mercado lector de la Región en esa media centuria pasaron desde apenas unos treinta mil a tan sólo cincuenta mil individuos, con la sobreañadida rémora de los bajos hábitos de lectura, las estrecheces económicas y la fuerte presión que ejercían otras necesidades mucho más apremiantes que la compra de un periódico. En el caso de los incipientes núcleos urbanos de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, donde los potenciales compradores, al ceder la ruralización, tenían un poder adquisitivo algo más desahogado y unas expectativas personales más pretenciosas, pasaron en cada uno de ellos del millar trescientos mil de mediados del siglo XIX a unos escasos cinco mil a inicios del siguiente.

Encima de raquítico, el mercado lector isleño estaba, evidentemente, fragmentado entre los siete espacios insulares y, dentro de cada uno de ellos, disperso por las precarias comunicaciones interiores y la accidentada orografía insular. En consecuencia, a la hora de rebasar el lugar de edición al objeto de atender las clientelas residentes en los restantes municipios, las dificultades no hacían sino multiplicarse conforme aumentaba la lejanía, más aún, cuando se trataba de acceder a las zonas marginales y periféricas. En principio, las vías terrestres eran las utilizadas para llegar a las escasas localidades enlazadas con carreteras, bien en carruaje o a caballo, conforme se fueron construyendo las redes insulares, a lo que coadyuvó la paulatina extensión del servicio de correos con periodicidad diaria. Pero para llegar a las zonas en las que las vías terrestres se reducían a caminos de herradura, era más eficaz la navegación, tanto la de cabotaje que practicaban los propios pescadores como la que ofrecían las líneas de navegación a vela implantadas con regularidad por algunas empresas. A tal fin, se habían habilitado una serie de fondeaderos en la costa, desde los cuales se hacían llegar los ejemplares con las restantes mercancías, cuando el estado de la mar lo permitía, a los pueblos de las medianías. Desde la segunda mitad de los años sesenta, a tales vía se sumó la navegación a vapor, tras sucesivos proyectos y varios ensayos, entre las capitales insulares y los enclaves portuarios de las principales localidades (Yanes, 2017: 176-178; Espasa, 1978)19. Sobre tales bases, para calibrar el mal funcionamiento de la infraestructura de comunicaciones descrita en la vida real, basta con echar un vistazo a la prensa de la época, en la que son habituales las quejas de los suscriptores por la tardanza con la que recibían los ejemplares.

A los obstáculos que había que salvar para, simplemente, llegar al reducido y desarticulado mercado lector, se sumaba la infranqueable barrera que, tanto en Tenerife como en Gran Canaria, había generado el pleito insular al repeler, en cada una de ellas, la prensa editada en la isla rival20. Ello significa que las cifras máximas de los potenciales lectores estimadas líneas atrás se reducían, sobre el terreno, a la mitad para los periódicos tinerfeños y grancanarios, esto es, a tan sólo máximos de quince mil individuos a inicios del período y veinticinco mil al final. Todo ello hace comprensible que, antes de sacar al mercado un producto informativo, los editores elaboraran previamente un listado con los posibles interesados, a los que les hacían llegar el primer número con el ruego de devolución a los no interesados en la suscripción para, desde el envío del segundo o, a más tardar, del tercero, comprobar que tenían garantizadas las ventas mínimas para, al menos, cubrir los costos de edición. Tal estrategia fue utilizada tanto por los periódicos políticos, que eran distribuidos entre los correligionarios, como con las revistas culturales y especializadas, las cuales llegaban a los domicilios de los profesionales liberales, docentes, literatos aficionados, instituciones y, en definitiva, el mundillo cultural isleño21, como dijimos, con la esperanza de conseguir el mínimo de adhesiones necesarias. Pero luego, una vez pasado el impacto de la novedad inicial22, las dificultades se multiplicaban para mantener la edición a no ser que se tuviera amarrada de alguna manera la clientela, lo que, por razones obvias, hace explicable la supremacía de los órganos de las facciones políticas más consolidadas23. Sobre tales condicionantes comunicativos y culturales, a finales del siglo XIX, la prensa generalista solía colocar en torno al 65 por 100 de las tiradas en las capitales insulares de las islas centrales, el 25 por 100 en el interior de cada una de ellas y el otro 10 por 100 en el resto del Archipiélago; lo que las revistas especializadas, al circular entre las minorías más cultas, atemperaban con una distribución algo más equilibrada, aunque también más elitista, en la Región.

El impacto del mecanismo comunicativo en la sociedad

A pesar de la desarticulación del reducido mercado lector, de las cortas tiradas de los periódicos, de los bajos índices de lectura y de los obstáculos que limitaban la distribución de los ejemplares, los contenidos divulgados por la prensa decimonónica isleña tuvieron una considerable repercusión en la vida cotidiana de la sociedad insular. Ello se debió, en primer lugar, a la proliferación de las lecturas colectivas en las ventas, barberías y demás espacios de sociabilidad, donde los pocos que sabían leer lo hacían en voz alta para que todo el mundo se enterara de lo que decía el periódico, con lo que las informaciones rebasaban ampliamente el círculo de los suscriptores y, en general, de los alfabetizados. Asimismo, en las veladas de las tarde-noches de la época en las que las alternativas de ocio brillaban por su ausencia, los concurrentes, además de reiterar las lecturas e intercambiar pareceres, recortaban los textos más interesantes de los paginados, caso de los referidos a la situación de los países latinoamericanos para los futuros emigrantes, que circulaban de mano en mano entre los interesados en busca de alguien que supiera leer. Como colofón, el boca en boca se encargaba de llevar lo oído al resto de la sociedad, evidentemente, con las distorsiones derivadas del sistema de transmisión oral, dando lugar a largo plazo a estereotipos aceptados como verdades sin conocerse su fuente de origen, lo que, incluso, llegó a generar aspiraciones sociales y embrionarias corrientes de opinión (Yanes, 2019: 251-256; Luxán, 1988). Además, como el espectro de la actualidad estaba limpio porque, salvo las habladurías vecinales, las cartas recibidas por correo postal, las publicaciones peninsulares a las que estaba suscrita la minoría más ilustrada y lo que contaba algún que otro viajero, no había otras novedades en el día a día de las que hablar, el impacto social, como dijimos, fue considerable. Ello no significa que la prensa decimonónica isleña ejerciera, ni mucho menos, el papel de «cuarto poder» del que hablara Edmund Burke de la británica a finales del siglo XVIII24, dados los arcaísmos y las estructuras caciquiles reinante en el Archipiélago.

Sin duda alguna, el asunto que más margen de actuación brindó a la prensa generalista para ejercer su labor informativa, tanto mientras se vio obligada a reducir su agenda a los intereses materiales como desde que la legislación le permitió ocuparse de la política, fue el pleito insular. Ello se debió a que la pugna entre las dos islas centrales, sin suponer amenaza alguna para los intereses de la clase dominante, hizo gala desde un principio de un enorme predicamento en el mercado lector, lo que en buena medida se debió a las singularidades geográficas e históricas del Archipiélago. En efecto, frente al amplio abanico ideológico que a derecha e izquierda se desplegó en la Península ante la prolongada y enconada lucha con la que se desarrolló la revolución liberal, en Canarias, al no tropezar la implantación del nuevo orden con tales obstáculos por la mayor debilidad de las fuerzas conservadoras y la apertura al exterior de la economía isleña, el pleito insular cubrió buena parte del vacío que dejó la débil radicalización doctrinaria. Luego, la continua apelación patriótica a la isla natal y la paralela descalificación de la rival generó, tanto en Tenerife como en Gran Canaria, sendas construcciones identitarias encaradas, desde la negación recíproca de la una a la otra, en detrimento de los patrones culturales compartidos por la Región25. El proceso no hizo más que acentuarse con el decurso de las décadas porque, como las informaciones partidistas en favor de la isla propia eran las únicas a las que se daba crédito en los enfrentamientos por la radicalizada movilización social en torno al problema, el ámbito regional quedó constreñido a los tímidos tirones regionalistas de algunas cabeceras y, de manera más explícita, a las revistas culturas que circulaban entre la minoría más ilustrada. En definitiva, el pleito insular fue el capítulo informativo de la prensa decimonónica generalista que, por su enorme predicamento en el mercado, tanto a la hora de elevar la Historia de Canarias a los editoriales como a la de mover las bajas pasiones26, causó el mayor impacto en la sociedad. Las consecuencias más notorias fueron, a corto plazo, la barrera infranqueable que levantó contra la prensa regional y, a largo plazo, la estructura bicéfala que, por la sostenida pugna de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria en todos los ámbitos sociales27, ha adquirido el sistema informativo insular desde sus orígenes hasta la actualidad.


17 De las tres publicaciones, la única que reaparecería con posterioridad sería, a finales de siglo, El Museo Canario para, tras otros ceses transitorios debidos a circunstancias diversas, convertirse desde su definitiva reaparición en 1944 en una de las revistas académicas más prestigiosas de las Islas Canarias.

18 El estado actual de la cuestión distingue tres modelos en los sistemas informativos del mundo occidental: el Mediterráneo o Pluralista Polarizado, el del Norte y Centro de Europa o Democrático Corporativo y el del Atlántico Norte o Liberal (Hallin y Mancini, 2008: 83-228), en ninguno de los cuales encaja plenamente, tal y como hemos tenido la ocasión de comprobar con reiteración, el de las Islas Canarias.

19 Las comunicaciones exteriores a través de las cuales se servían las escasas suscripciones de los canarios residentes en Madrid, París o en cualquier otra ciudad europea, así como de la minoría ilustrada emigrada en Latinoamérica, evolucionaron desde mediados de siglo con la añadidura a la tradicional navegación a vela de pailebotes, bergantines, goletas o bricbarcas, la de vapor en base a dos correos mensuales con Cádiz y las líneas de las navieras extranjeras atraídas, cada vez más, por el comercio y los servicios de aguada y carboneo en los puertos, a las que luego se unieron las escalas de los trasatlánticos de la emigración.

20 Hasta el extremo de que, a inicios de 1859, cuando estaba sobre el tapete la cuestión de la división de la provincia en dos subgobiernos, El Guanche (1858-1869), El Eco del Comercio (1851-1869) y el Fénix de Canarias (1857-1859), por parte de Tenerife, y El Ómnibus (1856-1868) y El Canario (1859-1860), por parte de Gran Canaria, se intercambiaron sendas manifiestos condenatorios (Yanes, 2019: 229); lo que dos décadas más tarde, a inicios de junio de 1881, repetirían, de un lado, los tinerfeños Las Noticias (1871-1892), El Memorándum (1874-1895), El Eco del Comercio (1851-1869), La Opinión (1879-1916), La Democracia (1881-1884) y la Revista de Canarias (1878-1882); y, de otro, los grancanarios El Canario (1881-1883) y El Látigo(1881-1883) (Yanes, 2003: 183).

21 Al respecto disponemos de los datos pormenorizados de un caso concreto, el del semanario lagunero El Porvenir Agrícola de Canarias (1901), editado con el apoyo de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife y las cámaras agrarias de la isla, que en una ocasión hizo pública la identidad y el perfil de sus ciento once suscriptores: doce profesores del Instituto de Canarias, quince del Seminario Diocesano, cinco de la Escuela Normal, diez clérigos, cuatro abogados, dos maestros, veinte asociaciones diversas, doce establecimientos públicos, cinco zapaterías, cinco talleres, tres fondas, tres barberías, el Obispo, el Alcalde, un guardia civil, los organismos oficiales del municipio y algún que otro profesional más (Yanes, 2003: 354).

22 Un elocuente testimonio de tal rémora nos lo legó la revista literaria El Ramillete Literario (1884-1885) cuando, a poco de celebrar su primer aniversario, acusaba una creciente merma de suscriptores, según decía, «a consecuencia del cansancio que aquí nos invade cuando la novedad no nos anima» (Yanes, 2003: 251).

23 La inusual longevidad de la revista cultural El Amigo del País (1866-1874), editada durante ocho años por la Sociedad Económica de Amigos del País de Santa Cruz de Tenerife, resulta explicable porque la suscripción era obligatoria para los socios, quienes asumieron 142 de las 172 suscripciones retributivas, con lo que la institución cubría los costos de la edición de doscientos ejemplares, evidentemente, mientras mantuvo la disciplina en su masa social (Yanes, 2003: 123).

24 Dicha etiqueta había sido puesta a la prensa británica por la relativa libertad que había conseguido para tratar los asuntos políticos y, con ello, influir en la sociedad (Albert, 1990: 25), cuando la española estaba todavía, al igual que la francesa, maniatada por las estructuras del antiguo régimen.

25 La oferta más atractiva de El Canario en su primera etapa (1854-1855) fue el trabajo que, a modo folletín, repartía con el ejemplar ordinario a los suscriptores bajo el título Compilación de los derechos y títulos de la Gran Canaria y de su Capital la ciudad de Las Palmas, cuyas entregas completó después de su cese El Crisol (1855-1856). Encima del interés que suscitaba de por sí este material, desde la propia prensa se instaba a toda la población grancanaria, incluida la analfabeta, a que accediera y retuviera sus contenidos asistiendo a las lecturas en voz alta que proliferaban en todos los mentideros de la isla (Yanes, 2019: 149-153 y 163), lo que unido a la reiteración de ésta y al hecho de que en Tenerife sucedió algo similar, magnifica el impacto de dichos contenidos en la sociedad insular.

26 Uno de los capítulos más penosos fue el protagonizado, en el otoño de 1881, por el semanario tinerfeño El Zurriago, impreso inicialmente con dos errores ortográficos, El Surriágo, que poco a poco corrigió, cuyo intransigente tinerfeñismo le hacía amenazar, según decía, «con no dejar un hueso sano al prójimo que se le atravesara por delante», al que le replicó en términos similares el bisemanario grancanario El Látigo, en cuya cabecera lucía la consigna «¡Latigazo y tente tieso!» (Yanes, 2003: 261-262).

27 Tal y como se puede comprobar hoy en día echando un mero vistazo a la difusión, esencialmente insular y, luego, provincial, de los principales diarios de las dos islas centrales del Archipiélago, así como al repliegue de las agendas informativas sobre la Región a sus zonas, occidental u oriental, de difusión.

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