Eugenio Padorno: semblanza y anotaciones desde mis alisios

José Miguel Perera

Investigador y poeta

Era octubre de 1996 y yo tenía 18 años. Hoy tengo 45. Recuerdo entrar en aquella aula grande repleta de compañeras y compañeros que desconocía y veía por primera vez. Recuerdo vagamente hablar en un descanso con un joven muy cercano (quizás así percibido por mí –pienso hoy– por nuestra común ruralía), creo que sobre la lucha canaria, al que pronto quedaría unido hasta el presente. Era un chico atado a la Cumbre en la que hoy estamos: nuestro querido y admirado amigo Yeray Rodríguez.

Descansábamos de la asignatura Teoría de la Literatura y el en apariencia serio profesor que la impartía se llamaba Eugenio Padorno, nombre que me sonaba de lejos pero que escasos días después íbamos a saber que escribía, y que al parecer era poeta… Eugenio tenía en aquel momento 54 años. Había nacido en 1942, accidentalmente (así está expresado por él, en muchos de sus libros, como información de sí mismo) en Barcelona, y al poco tiempo la familia aterrizaría en la calle Albareda, espacio de la capital grancanaria, en la zona del Puerto-Las Canteras, al que va a quedar unido para siempre. Allí, desde tiempo tan remotamente infantil, se encontraría con su compañera de vida, Berta, a la que está dedicada su obra entera y con quien se casará en 1968, el mismo año en el que se reencuentra con el pintor y poeta Juanismael; la misma anualidad en la que echará a rodar su trayectoria como docente de Secundaria con destinos, sucesivamente, en Agüimes, Tafira, La Aldea y Arucas. Luego saltará al IBAD de París, en un viaje nuclear para su temperamento cuestionador, donde se sucederán encuentros con escritores y amistades duraderas significativas, entre 1983 y 1988, cuando regresa a la Albareda del Istmo de Las Isletas. Entonces sería cortamente docente en la Escuela de Idiomas, y en 1990 se producirá su desembocadura definitiva en la enseñanza superior de la ULPGC, donde se doctora en 1992 con una tesis sobre Domingo Rivero y donde se jubilaría, posteriormente, en 2009.

Fig. 1: Eugenio Padorno con Berta Guerra León en un café de París, marzo de 1988.
(Foto: Víctor M. Guerra)

La familia de nuestro escritor y profesor tiene lazos con diversos puntos geográficos como Galicia, por parte paterna, y con Puerto Cabras (Fuerteventura), por parte materna, espacio este último que será mentado en más de una ocasión en sus creaciones, especialmente la figura del abuelo. La tierra majorera es visitada a veces, de niño, cuando llegaban las vacaciones de sus primeros estudios en el desaparecido Colegio Viera y Clavijo, en sus dos sedes, donde precisamente iba a conocer y a compartir con sus primeros compañeros y amigos de andaduras literarias (Alberto Pizarro, Jorge Rodríguez Padrón, José Luis Pernas…). Algunos de ellos formarán parte de Poesía canaria última, la antología del año 1966 que rotularía el contexto desde donde emerge la escritura inicial de Padorno, un grupo compuesto por poetas que van a ser vertebrales en la trascendencia de la poesía canaria contemporánea. Por ese entonces ya había hecho algunas lecturas públicas tanto en Las Palmas como en La Laguna, otra ciudad fundamental en su trayectoria a la que irá a estudiar y donde conocerá a figuras claves en sus intercambios de vida como Emilio Lledó, Pedro García Cabrera, Miguel Martinón o, entre otros, Carlos Pinto Grote y Delia Trujillo, que ofrecían su casa para hacer significativas tertulias semanales donde se aprendió, se celebró y se gestaron muchos proyectos.

Entretanto, su hermano Manuel va a ser central en toda esta generación de jóvenes amigos de Eugenio, y sobre todo su vertical libro de 1963, A la sombra del mar. Entre las importancias unidas al mayor de los Padorno están sus amistades artísticas, a las que tratará tan prontamente: por ejemplo Manolo Millares, Arturo Maccanti o Martín Chirino, perfil artístico este último tan importante para la creación y reflexión de nuestro protagonista. El joven Eugenio los tuteará en las visitas al domicilio familiar, y en este nutritivo aire sovuelan las primeras lecturas y el cotidiano y consanguíneo mar de Las Canteras que reiteradamente, sobre su sensorio, va a acompañar la jiribilla del acto de la creación y la reflexión, esa esparcida pinocha del espíritu de la persona poeta, del ser humano que da vueltas y revueltas al pensamiento, a su vida, a las palabras sonoras y al silencio de las bajuras y las alturas de la existencia… que siempre anda en marcha.

Fig. 2: Manuel y Eugenio Padorno

Dicho esto, se entenderá que en 1996 (año en que se celebraron los 30 años de la antología Poesía canaria última, con carteles por la facultad donde veíamos en una foto de los sesenta al profesor apenas imberbe), cuando aquellos jóvenes que gestaríamos la revista Calibán entre los años 1998 y 2002, en el seno de la universidad grancanaria, tuvimos nuestro primer contacto con Eugenio, ya este tenía una muy ancha y significativa trayectoria. Recuerdo mi hambre personal de literatura y conocimientos abriéndose camino al lado de querer transparentar qué escribía el que ya percibíamos sobre la tarima como un intelectual de amplios conocimientos filosóficos y teóricos, perfil humano al que no estábamos nada habituados en nuestras rutinarias existencias juveniles. Vivía con la curiosidad de saber qué escribía aquel profesor tímido (pronto nos dimos cuenta de que esa era, en el fondo, la razón de su aparente hurañez) al que te acercabas a preguntarle una duda (casi siempre una excusa para que te aportara algo, cualquier cosa que saciara aquella hambre) y te llevaba, con una soga invisible entre su voz y su caminar impaciente y ansioso, hasta la puerta de su despacho en aquellos inicios, sito en el edificio anexo del campus de Humanidades, compartido con José Manuel Marrero y luego «heredado» al poco por Yeray Rodríguez, en el que no casualmente siempre hubo un retrato del francés Stéphane Mallarmé.

Fig. 3: Cartel del seminario En torno a Poesía Canaria Última, Facultad de Filología de la ULPGC y Biblioteca Insular del Cabildo de Gran Canaria, 1997

Así me arrimé, acabadito de salir en Ediciones La Palma, al libro Paseo antes de la tormenta, que leí, releí y me comí casi tratando de agujerear, traducir, escuchar todo lo que en sus páginas se prehuracanaba… En él caí y en él, tantas veces, sigo. Su ritmo me entró en el cuerpo y pude empezar a entender tantas y tantas cosas de quien pronto se convertiría en uno de mis principales maestros, acaso el que más peso en mí ha tenido, porque seguramente sea el que más nos han hecho pensar, repensar, volver a sus vivencias e ideas… Y no hablo solo de los textos propiamente poéticos –ya en este poemario con un estilo original y calidad evidentes, de suma e inhabitual altura–, sino también del escrito que se añade como apéndice: «De una trastierra poética». Pude así igualmente, entre lectura y relectura, comprender las líneas principales reflexivas de toda la obra teórica y crítica de Eugenio, sus obsesiones, sus matraquillas, sus líneas potenciales de pensamiento estético y cultural, personal y colectivamente identitario, que a su vez tampoco estaban al margen de su propia poesía, y que se enroscaban y desenroscaban en los anteriores libros Septenario y Memoria poética, como poco a poco fuimos desenvolviendo…

En medio de todo esto (que también le pasaba a muchas y muchos de mis compañeros), de constantes intercambios entre el alumnado y su profesor, pero asimismo entre los diálogos entre los propios compañeros sobre las afirmaciones y los textos del Padorno profesor y escritor, se gestó lo que podríamos llamar un magisterio. Eugenio, que a tantos calibanes también impartiría la materia Análisis literario de textos (y que tenía como programa un profundo repaso a las poéticas occidentales desde el simbolismo hasta la actualidad, todo a través de la práctica hermenéutica de la interpretación de poesía), hizo escuela entre nosotros, con el añadido indirecto de esas silenciosas pero hondas maneras suyas, no sencillas de entender, pero que luego también se irían convirtiendo en confianza y amistad. Fue un magisterio nada impositivo que no podía generar gregarismos; nada preceptivo, sino muy libre, yo diría que como el que por naturalidad come pan y bebe agua cuando, sin remedio, no le queda de otra (que diría mi madre y mi padre)… Lo de Padorno en nosotros fue una necesidad: lo pasábamos muy bien entre pasillos, pero estábamos una y otra vez hablando y discutiendo en cada esquina (clases, cafetería, bancos, guaguas, actos…) de todo lo que le escuchábamos y leíamos, para darle la mano –tantas veces– o para ponerlo todo en cuestión, en similares proporciones.

Y en ese afán de seguir queriendo saber más de nuestro admirado maestro y sus quehaceres fuimos cayendo en la cuenta de que Eugenio había empezado su trayectoria poética desde muy jovencito, con lecturas públicas junto a muchos de los de su generación; que su primer libro, Para decir en abril, databa de 1965, al que siguieron Metamorfosis (accésit del Premio Adonais), Comedia, Borrador, Septenario, Teoría de una experiencia o Diálogo entre el poeta y su mar, entre otros de aquellos tiempos anteriores a nuestros estudios universitarios. Además, nos enteramos de que su acción cultural había sido amplia a través de iniciativas editoriales tan importantes como Mafasca y Mafasca para bibliófilos, su participación en la revista Fablas, en el histórico suplemento Cartel de las artes y las letras del Diario de Las Palmas, en el sonado Primer Congreso de Poesía Canaria o en la redacción del aquel documento tan importante que fue el Manifiesto de El Hierro, ambos en 1976, que reeditamos en el número 1 de Calibán. A todo ello se unían las reiteradas participaciones en presentaciones de volúmenes y exposiciones, homenajes varios y publicaciones en diversos medios de libros y figuras históricas o actuales, donde eran evidentes sus inclinaciones por el descubrimiento, el conocimiento y la valoración de la tradición literaria de las Islas Canarias. Por ellas Eugenio Padorno derivaría desde muy pronto hacia una preocupación por rescatar determinados perfiles artísticos canarios como el del mismo poeta y pintor Juanismael, o el enigmático Juan Mederos, además de una de las figuras claves de la literatura contemporánea canaria: Domingo Rivero.

Un momento meridiano de aquellos tiempos fue cursar la asignatura optativa Literatura Canaria, porque además de los ya aunados en torno a Eugenio y nuestras inquietudes culturales (Yeray Rodríguez, Nayra Pérez, Bruno Pérez, Orlando Santana, Omar Arencibia, Sergio Hernández, Helena Tur y este que habla) iba a incorporarse el alumnado de Traducción e Interpretación: sobre todo Daniel Barreto y Tenesor Rodríguez. Junto a todos nosotros se fueron sumando todavía más personas de otras generaciones y otras carreras, de tal modo que la fundación de nuestra revista, Calibán, en su nombre y en sus principios vertebrales, tenía la impronta de los grandes axiomas interpretativos y cosmovisionales del mundo de Eugenio Padorno, que intentábamos enriquecer con todo el conglomerado de diversidad de tanta gente entre nosotros. Sin duda, en nuestra revista la sección de Literatura Canaria, llamada Segismundia en honor al maestro (por su repetida afirmación de que el discurso de la Literatura Canaria era similar al monólogo dramático del conocido personaje calderoniano, mientras no recibiera los oídos de las otras culturas para la consecución de un diálogo justo, en igualdad de condiciones), detentaba seguramente el núcleo fundamental de irradiación. La apuesta por nuestra literatura, por la cultura y nuestra coordenada sociohistórica, por la reflexión de la identidad canaria y su relación con la poesía, el arte y la sociedad en general, se asentó en la mayoría de todos nosotros, en diversos grados, formas y matices hasta el día de hoy.

Muchos no dejábamos de acudir a lo que se organizaba y en donde Padorno estaba de por medio, porque cada palabra suya era una novedad más para nuestra necesidad dentro de su aportación de lucidez constante, hablara de Cairasco, hablara de Unamuno, de Perdomo Acedo, de los malditos franceses, de Gadamer o de la tradición canaria del siglo XIX. En este sentido fueron muy enriquecedores los seminarios que el propio Padorno organizaba en Arucas, junto a Germán Santana Henríquez, en colaboración con aquel ayuntamiento y Mapfre Guanarteme. En ellos mismos nosotros, jóvenes que despuntábamos en el ámbito de la literatura y el pensamiento crítico, dimos nuestras primeras conferencias animados por la confianza de un maestro que valoraba lo que hacíamos los aprendices voluntariosos y comprometidos que éramos. En mi caso concreto, me estrené con una charla sobre nuestro poeta fundador Bartolomé Cairasco de Figueroa que, por aquellos años del comienzo del milenio, ya empezaba a investigar animado por Eugenio, que un día nos había propuesto copiar, a mano, el Templo militante en El Museo Canario (los portátiles llegarían poco después). De Cairasco también se interpretó, en la mano coordinadora de chema de paula –otro miembro del grupo–, en 2002 y en el Paraninfo de la ULPGC, la Comedia del recibimiento al obispo Rueda, representación en la que estuvieron presentes los dos Padorno y de la que quince años después fui editor tras la propuesta de Oswaldo Guerra Sánchez, un nombre cercano a nosotros (como también Guillermo Perdomo, Antonio Becerra o Belén González) por la centralidad que en diversas generaciones tuvo el magisterio padorniano. Eugenio también, sin pretenderlo, ha acercado a gente de diversas edades por una sintonía que se abraza en las raíces de sus propuestas.

Fig. 4: Noticia del periódico La Provincia de noviembre de 2002

En todos los años que se sucedieron tras aquel periodo tan repleto para mí, en presencia o en elocuente y generadora ausencia, Eugenio Padorno ha sido el referente y el testigo constante. No solo fue el que me acercó a Cairasco, con el que he seguido sin descanso, sino el que me sugirió la elección del autor de mi tesis doctoral, a pesar de que –ya jubilado– él no fuera mi director (lo legó en Yeray Rodríguez, siempre también –como dije– presente en mí y mis dedicaciones como un hermano). Sin embargo, Eugenio estuvo en primera fila en mi defensa de tesis, como también estuvo en la presentación de mi primer libro en 2003, en el Club Prensa (con él igualmente se encontraba, acompañándome, el recordado poeta Juan Jiménez, en una presentación –la de mi primer libro– junto a otro de Jorge Rodríguez Padrón, nombre clave que es inseparable, en mi composición de vida, del propio Eugenio). Padorno estaría a mi lado de nuevo cuando en 2017 presenté Literatura canaria con identidad (y más allá), libro de crítica que dediqué, no por casualidad, a mis compañeros de Calibán y al indeleble magisterio del protagonista de esta tarde.

Me siento continuador de sus incursiones en las mujeres poetas canarias del XIX, tema sobre el que trató antes de la última oleada feminista de los estudios literarios canarios, y que vuelvo a repetir otra vez hoy que desconocemos bastante, que siguen siendo las grandes olvidadas (porque apenas sabemos de sus textos repartidos por prensa y cuadernos personales, solo una mínima muestra aquí y allá) y que lo poco que conocemos es casi exclusivamente gracias al cura Padrón Acosta (el protagonista de mi tesis doctoral y de parte de mis investigaciones de los últimos quince años) y al propio Padorno; me siento continuador de sus preocupaciones sobre el tan interesante y olvidado Juan Mederos, sobre el que he escrito y volveré a escribir en breve, así como heredero de la conciencia del rescate de figuras claves y arrinconadas de nuestra literatura, pues el desconocimiento sigue siendo abultado; me siento continuador de su magisterio, de sus afanes como gestor y dinamizador cultural; me siento evidentemente continuador de sus elementales reflexiones sobre la literatura y la identidad, la literatura y el pensamiento en torno a la cultura canaria y nuestra situación en el mundo; y sobre todo de esa voluntad radical por tomar la creación literaria no como un pasatiempo ni como un mero divertimento, sino como destino inexorable de quienes nos sentimos atados a un uso de la palabra con un sentido totalmente alejado del circuito de los negocios y de las trapisondas asquerosas del postín. Porque nos va la vida en ello, porque no nos queda otro remedio más digno para la respiración…

No es este el contexto propicio para desarrollar las principales ideas de la hasta ahora obra completa de Padorno, indiscutiblemente entremezclada entre creación y pensamiento, entre poesía y filosofía zizagueando a través de ensayos, poemarios, artículos y testimonios varios. Pero no me resisto al menos a apuntar algunas que creo trascendentes, dígase por ejemplo la referida a sus planteamientos teóricos sobre la literatura canaria como tradición interna, todo un escándalo propositivo que da la vuelta a la tortilla ontológica y epistémica según las habituales concepciones occidentalizantes y violentas sobre los grupos humanos históricamente marginales como el canario.

Fig. 5: Edición de Mercurio Editorial que contiene la obra de Eugenio Padorno publicada entre 1965 y 2015, reunida por el autor

El concepto, alimentado por fragmentarios presupuestos intuidos y lúcidos de críticos como Juan Manuel Trujillo, entre otros, parece conformarse en paralelo, por analogías evidentes, a enfoques anticoloniales y descolonizadores que se venían planteando en la sociedad canaria desde los años setenta del siglo XX, especialmente en los ámbitos del cristianismo de liberación. El libro filosófico fundamental de este mentado y trascendente cauce será Psicología del hombre canario (1980), de Manuel Alemán, donde el sicólogo y teólogo va a plantear una suerte de sicoanálisis histórico de la realidad canaria con herramientas inspiradas, en gran medida, por las propuestas educativas del pedagogo brasileño Paulo Freire, tan presentes en la filosofía y la praxis liberadoras enunciadas desde los pueblos oprimidos. Y uno de sus elementales y necesarios ejes es entender al círculo o grupo cultural protagonista desde dentro, y así lo manifestará Alemán como bandera principal, para el colectivo canario, desde el comienzo de su conocido tomo. Se trata de echar a andar a partir del conocimiento focalizado desde las propias singularidades del grupo oprimido, y más cuando la mayoría de la diacronía canaria se ha narrado desde un verbo externo, bancario, reductor y espejeante de la historia oficial poderosa, que ha contribuido notablemente a la ceguera de nuestras virtudes y especialmente de nuestros más traumáticos hitos vitales, muchos de los que nos siguen condicionando soterradamente el presente.

La avanzadilla de Eugenio Padorno con su concepción de la historia literaria canaria como tradición interna, en un enfoque siempre abrazado a la enunciación filosófica, hay que entenderla, desde el punto de vista de mis alisios, de manera similar a aquellos principios desestabilizadores de los esquemas dependientes fomentados por el pensamiento hegemónico del Norte enriquecido, en una suerte de liberación descolonizadora de las teorías literarias reductoras clásicas y clasistas, sobre todo centralistas, que han interpretado mayormente la literatura canaria a lo largo del tiempo. Y es, entonces, desde esa su novedosa perspectiva interna, desde esa su nueva mirada, que es capaz de volver a releer a contrapié toda nuestra historia literaria de un modo original, sorpresivo y mucho más justo para con nuestros frutos artísticos, sin reductores regateos humanos. Solo desde ahí pueden entenderse sus inesperadas ideas en torno a Bartolomé Cairasco, José de Viera, Graciliano Afonso, Fernanda Siliuto, Ángela Mazzini, Domingo Rivero, Miguel de Unamuno, Tomás Morales, Agustín Espinosa…; de ahí sus características lecturas de la identidad canaria desde los discursos literarios; de ahí sus enunciados teóricos sobre la canariedad y la literatura como posición marginal en el ámbito de los pueblos hispánicos, en consonancia con culturas como las latinoamericanas por procesos históricos similares…

Quisiera dejar constancia de que estos lazos entre las propuestas padornianas como parte, en buena medida, de un pensamiento liberador canario, desde la teoría y la crítica literarias, ya los manifesté en conferencia pública (con lectura de un texto todavía inédito), en 2004, dentro del programa del II Memorial Manuel Alemán, organizado en el Club Prensa Canaria por el Instituto Psicosocial Manuel Alemán. Allí apuntaba de manera somera no solo las concomitancias implícitas con los esquemas teóricos de los planteamientos de liberación canarios, sino también las explícitas de esta teoría literaria con buena parte de la filosofía latinoamericana, sobre todo con premisas como las del mexicano Leopoldo Zea, tan tempranamente cercano a las corrientes liberadoras de los pueblos del Sur Global. No es tampoco casual, en suma, que el propio Padorno haya manifestado en alguna ocasión la satisfacción al percatarse de sus relativas conexiones con algunos pensadores como Enrique Dussel (véase Palabras en el Istmo. Conversaciones con Eugenio Padorno, p. 95).

Si, por otra parte, alcanzamos algún pequeño apunte general alrededor de su universo poético, es innegable para la gran mayoría la recia calidad de esta lírica, de las más atractivas en la vida literaria canaria y en toda la poesía escrita en español. Desde sus comienzos la palabra de Padorno, prieta y altamente sugerente, alimentada con una lectura profunda y corporizada de las más vitamínicas poéticas contemporáneas a partir del simbolismo francés, se ha movido entre las dicotomías humanas del ser y la nada, entre una realidad material insular, sicogeográfica e histórica, que constantemente anda ahuecada por silencios, vacíos, frustraciones, incompletud y por algo que le sobrepasa, inasible del todo a las concepciones limitadas de lo humano. En Padorno, solo la palabra en su radicalidad poética es capaz de poder dar cuenta del misterio, acaso en frases incompletas o lenguajes imposibles repletos de silencio, de este sentido que diríamos religioso en su significado más amplio. Desde esta firmeza sin centro de la persona que percibe lo que le rodea como siempre infinito y cuarteado a la par, como si todo fuera la eterna música y el imparable ritmo del mar, aflora la voz necesaria del poeta que no cesa en el empeño de querer encontrar, en su arrojo silábico, los imposibles rezagos platónicos del Bien y la Belleza.

Fig. 6: Poema autógrafo de Eugenio Padorno

Todo ello marcado desde la carnalidad mayor de la historia y las circunstancias canarias en objetos cotidianos, elementales, que se muestran indisociables de las particularidades biográficas del niño y joven que fue y que ahora desbroza los acentos y la enseñanza de su familia, la dicción y la experiencia con sus amigos de juegos, los tonos y las fraseologías de sus coterráneos de siempre. La memoria pobre e inocente de la infancia se vira, con sus atractivos ademanes silábicos, trampolín de las más altas latitudes del espíritu y del alma, donde la carencia dolorosa y la incompletud del pasado trasmutan en posibilidad y camino gracias a la resurrección y el milagro de la poesía. Aun así, la condición verbal radical de la escritura creativa de Eugenio Padorno no parece animar un estado celebratorio e iluso de la vida; más bien lo lleva a asumir, desde el hondo esqueleto de la interpretación hermenéutica y el cuestionamiento histórico, una actitud de sospecha reiterada por la posición existencial que ocupa socialmente como poeta y artista, como comprometido ser de y por la palabra en y desde las Islas Canarias.

A pesar de todo, el esfuerzo amplio, reiterado e ilimitado de esta poesía parece estar empecinado (incluso como un mecanismo irremediable más de inspiración y como una manera profunda de desenfermarse de las condiciones frustrantes heredadas) en demostrar y demostrarse que se puede ser persona desde la marginalidad deshumanizante e ignorada a la que los trágicos aconteceres seculares canarios nos han conducido; que se puede ser humano al sur del universo desde la pobreza, la incultura impuesta y heredada, los recortes para la supervivencia, la falta de motivación y mejoría, desde la doramizada y calibánica barbarie, desde los ignorados e irremediables monologantes, desde la frustración por las identidades reprimidas, desde los enfermos por opresión y dependencia…; que es posible seguir viviendo con dignidad, hacer surgir posibilidades, hacer arte, poder pensar autónomamente, configurar la existencia desde la misma precariedad e, incluso, tomar las riendas de nuestras respiraciones para convencernos de que en el desierto, y entre fuegos y mareas desestabilizadores, puede haber y crecer tacto, oxígeno y vida.

Su verbo poético prontamente desbarató los convencionalismos de los formatos columnarios del verso, y en ese mecerse ancho de las páginas, versicular o de margen a margen al son de un hilo sonoro exclusivo, la musicalidad de su palabra ha ganado un tono ciertamente singular dentro de sus propuestas literarias de las últimas décadas. La simbología padorniana se ha destensado sobre el transcurrir del tiempo; mas las ganancias de sus poemas a partir de los años ochenta del siglo XX, engrasados con instrumentos valiosos que ejecutan una inhabitual orquesta de reflexión y lirismo, de poesía como ejercicio genuino de conocimiento y sanación, han sido inmensas. En este sentido, el devenir de la poesía de Eugenio Padorno no ha hecho más que profundizar los abrazos que en ella siempre han tenido la necesidad de expresar el verbo cambado de la poesía (por el que un día descubrió y penetró, desde Canarias, el envés y el tras de la realidad humana) y la autoconciencia y reflexión sobre su propia escritura y condición dramática de poeta, incardinado –para más inri– en una coordenada subalterna que contribuye a configurar sobremanera su característica corpomentalidad en el consorcio de los pueblos del mundo.

Las últimas dos décadas del itinerario de Padorno han sido un constante y continuado seguir horadando en lo que hemos esbozado. Académicamente, y antes de su jubilación en 2009, ocupó cargos en el decanato de la facultad de Filología, donde contribuyó sobremanera para que la asignatura Literatura Canaria se convirtiera en obligatoria, tal y como hoy es. En estos lustros, y siguiendo en esa línea suya como difusor e impulsor de iniciativas para la acción cultural, creó con el abrazo de Jorge Liria la colección Faro de la Puntilla, un proyecto en marcha donde ha dado a conocer libros de una amplia gama de los actuales poetas canarios. La colección es un diseño de Sergio Hernández Peña, otro miembro de Calibán sin el que no podría entenderse cada uno de los libros de Padorno de –al menos– los últimos quince años. Tal vez sea Sergio la persona que, junto a Berta, más tiempo haya compartido con él en estos lustros, con un trabajo fundamental de materialidad (diseño, maquetación, corrección…) que no solemos valorar pero sin el que no existirían los libros. Para el caso, sin el tiempo compartido por Sergio y Eugenio no podrían existir, a día de hoy, la parte probablemente más productiva del autor, que es la de estos últimos años tras su jubilación…

Fig. 7: Con Jorge Rodríguez Padrón, en la inauguración de la Casa Museo Domingo Rivero,
de marzo de 2012

Pero no solo eso: siguió organizando y participando en actos con recitales, ponencias, conferencias o mesas redondas sobre todos los aspectos que le han preocupado a lo largo de su vida, publicando libros teóricos y creativos que no hacen sino inflar y reinflar la necesaria trascendencia que ya este que les habla, y la gran mayoría de las personas que conocen el mundo literario canario, sabíamos desde hace muchísimos años… Han sido los momentos de sus dietarios, minutarios y diarios (El pedregal y el viento, Lo desiscado, La perdiz mareada, El Palabral, El Tejedor y La Pensada…), siempre cargados de invención, espesos y agudos pensamientos, así como repletos de bocetos y posibilidades futuras; ha sido el instante de libros de ensayos tan y tan y tan importantes como Algunos materiales para la definición de la poesía canaria, La parte por el todo o Vueltas y revueltas en el laberinto…, que aportan ideas adelantadas y enormemente centrales, sobre la literatura y más allá de ella, para los que andamos reflexionando hace años sobre la cultura canaria desde una perspectiva liberadora o descolonial, más recientemente; o sus centrales cuadernos de creación poética de los últimos años como Entre el lugar y más allá, Donde nada es todo lo asible, Hocus pocus o el maravilloso e imprescindible Cuaderno de apuntes y esbozos poéticos del destemplado Palinuro Atlántico; amén de algunas traducciones a otros idiomas o las diversas antologías de su ya amplia obra lírica, de la que es muestra última el libro Arpeggiato (Descarte), preparado por Oswaldo Guerra Sánchez y editado en El sastre de Apollinaire.

Fig. 8: Eugenio Padorno, Arpeggiato (Descarte), Madrid, El sastre de Apollinaire, 2022

Cual esforzado Sísifo escéptico por momentos, pero convencido con una fe ciega, ha seguido trabajando y trabajando para dejar uno de los más grandes legados de la literatura canaria, creativo y teórico (en él siempre unidos), que todavía hoy a mí me parece que estamos muy lejos de captar cuál es y será su infinita importancia. Personalmente pienso, y así se lo dije alguna vez en una calle aledaña a su casa de Albareda, que una sociedad como la insular, en gran medida tan falta de dignidad y de autoestima por múltiples factores sociohistóricos profundos, no está preparada todavía para traducir la trascendencia de la obra entera de Eugenio Padorno. Hace falta mucho trabajo educativo liberador (dentro y fuera de las aulas), en todas las generaciones, chicas y grandes, presentes y futuras, pues lo nuestro, nuestro asunto –que diría otro de mis maestros, y sin el que la vida y obra de Eugenio tampoco sería del todo realidad, el nombrado Jorge Rodríguez Padrón–, es un problema social radicalmente estructural. Bien haríamos todas y todos en leerlo con profundidad, en pensarlo, repensarlo y discutirlo, restando baboseos y sumando de tú a tú más perspectiva crítica. Sería el más grande de los favores al maestro, a su obra y al contexto canario desde donde mayormente se entiende todo lo que ha salido de su cuerpo.

De todas formas –y termino– vamos dando nuestros pasitos y ojalá este acto del VII Artebirgua Literario pueda ser otro escalón más descendido hasta el umbral de nuestros deseos, cual una lluvia serena que cae envolvente desde la Cumbre a la marea, a su marea, un peldaño de los que contribuyan realmente para concienciar y recordarnos la deuda pendiente que al menos Canarias, como grupo humano activo en la historia, tiene pendiente con Eugenio Padorno, sin lugar a dudas uno de los más grandes y necesarios creadores y pensadores insulares de todos los tiempos, desde Cairasco hasta el día de hoy. Muchas gracias.

NOTA DEL AUTOR: Tuve el privilegio de leer esta semblanza, sin algunos de sus párrafos actuales, en el VII Artebirgua Literario. Letras en la Cumbre, que se celebró en Juncalillo (Gran Canaria) el domingo 2 de julio de 2023, acto en el que fue otorgado el Artevirgua de Honor de las Letras a Eugenio Padorno.