La imagen de las Islas de la Fortuna

El discurso traza la imagen europea de Canarias, desde la mítica "tierra de las maravillas" y el comercio, hasta el "reino de la ciencia" y el "paraíso atlántico", reclamando la visión propia canaria.

Francisco Javier Castillo

Academia Canaria de la Lengua

El día 13 de junio de 2025, la Academia Canaria de la Lengua celebró en Santa Cruz de La Palma, en el marco del Espacio Cultural de CajaCanarias, el acto de recepción de cuatro de sus miembros, entre ellos el que esto escribe. Y lo que sigue a continuación, querido lector, es el discurso de ingreso que preparé para la ocasión y que ahora se publica aquí manteniendo el formato de texto para ser leído que le di desde el principio, además de conservar las secciones que decidí no utilizar en mi intervención. Las referencias bibliográficas que se añaden al final tienen un evidente carácter aproximativo y, una vez dicho esto, se cierra aquí esta nota previa, que ayuda a entender la naturaleza y el sentido de esta colaboración, y se abren mis palabras.

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Quiero empezar compartiendo con ustedes que este es un acto que para mí posee un significado especial. Es así porque, como no puede ser de otra manera, valoro mucho que la Academia Canaria de la Lengua me reciba hoy de modo formal y, por supuesto, lo agradezco con toda franqueza. Como es fácil de imaginar, el hecho de tener la Academia en casa desde hace tiempo me ha llevado a conocer sus fines, a compartirlos y este es, en esencia, el camino que he seguido. En estas circunstancias, mi respuesta a la confianza que se deposita en mí no puede ser otra que mi compromiso a apoyar a la institución y a cooperar de manera efectiva en sus tareas, sobre todo en aquellas en las que algo pueda aportar mi experiencia y mi dedicación.

En este caso, además, el significado que este acto posee a nivel personal se ve intensificado y enriquecido de modo particular porque se produce en un marco físico y social que para mí es de la mayor relevancia y que le añade una carga singular de emociones a mi presencia hoy aquí y a las palabras que ahora les dirijo. No puede ser de otra forma porque me unen a esta ciudad y a su gente los sentimientos más profundos, con el de la gratitud en lugar destacado por todo lo que me han aportado. Entre otras cosas que aprecio, les confieso que me siento especialmente orgulloso de la educación pública de calidad que aquí recibí. Así lo he reconocido siempre que ha habido ocasión y este acto de hoy me ofrece una oportunidad magnífica para reiterarles las gracias de nuevo a los profesionales que la hicieron posible y para recordarlos desde la admiración y el afecto. En nombre de todos ellos, me van a permitir que mencione de manera especial a don Rosendo García Santos, mi primer maestro. Lo conocí en la escuela unitaria que llevaba muy cerca de la plaza de Santo Domingo, en los bajos de la casa Vandewalle, y les confieso que dejó en mí una huella imborrable por su calidad docente, su altura intelectual y su valor humano. Y, por supuesto, también quiero rememorar de modo muy particular a María Isabel Arrocha Lugo, en la que se aunaban, en beneficio de la enseñanza, un enorme talento y una vocación igual de grande. Como no asombrarnos ante la entrega y la capacidad de Maribel, como no darle todo el valor a sus estrategias pedagógicas, simples y, a la vez, de magníficos resultados. Por supuesto, quiero subrayar que no entiendo este recuerdo que hago de los maestros como un simple ejercicio de nostalgia, porque no lo es, sino que quiere ser una constatación cierta de que forman parte de lo que somos y de lo que hacemos. Y un magnífico ejemplo de esto lo tenemos en la historia de la cachucha canela y el pasamontañas color marrón, de todos conocida y con la que Maribel, de manera brillante, como todo lo que hacía, ejemplificaba la diferencia entre el concepto de nosotros, los que habitamos estas peñas del Atlántico, y el de los otros, que son, obviamente, los que no entran en la categoría anterior, una cuestión que, miren ustedes por dónde, tiene que ver con el sentido y la intención de mis palabras aquí.

Sin más, creo que es el momento de abrir mi breve discurso, al que, como pueden comprobar, le he dado el título de “La imagen de las islas de la Fortuna” y en él me quiero asomar, sobre todo por su interés y por sus implicaciones, a las características que presenta la idea de Canarias que se crea a lo largo del tiempo, de modo principal en la Europa occidental, una imagen que está unida de manera muy estrecha al cuerpo de conocimiento, cada vez más completo, que se va configurando sobre nuestras islas con las noticias y las impresiones relativas a ellas que, de manera progresiva, llegan al continente. Como se pueden ustedes imaginar, nos situamos ante un proceso de formación compleja, de factura lenta, que tiene un largo recorrido en lo temporal, que muestra una dinámica cambiante en el nivel conceptual, y que se traduce en una sucesión de visiones y de ideas de nuestro microcosmos insular que van evolucionando en la andadura de los siglos, siempre, como es lógico, al compás de lo que marcan las peculiaridades ideológicas, socioeconómicas e históricas de cada etapa.

A nadie se le escapa, por supuesto, que en este proceso al que me refiero confluyen factores de distinta naturaleza y de diverso grado en cuanto a influencia, pero me parece que es innegable el protagonismo especial que en él desempeñan los materiales aportados por la labor de los viajeros, de los científicos y de todos aquellos que, en sus escritos, dieron cuenta de esta tierra o intentaron explicarla desde su percepción, al igual que también tiene mucho que ver con la aportación del nivel gráfico, esto es, la que debemos a los pintores, los dibujantes, los grabadores y los fotógrafos, que, valiéndose de distintas técnicas, reprodujeron de manera visual una parte de la realidad insular que atrajo su atención o que consideraron representativa y que trasladaron a un amplio conjunto de destinatarios. Todos estos materiales conforman una base, muy amplia y diversa, de datos, noticias, experiencias, impresiones e interpretaciones que, sin duda alguna, intervienen e influyen de manera destacada en la creación de la noción europea de la realidad insular. 

Y este es, en esencia, el viaje en el tiempo que hoy les propongo, un trayecto en el que, con paso necesariamente ligero, vamos a recorrer la andadura que sigue la formación de esta imagen y las singularidades que esta presenta desde los primeros momentos hasta la actualidad. El punto de partida de nuestro camino va a estar en la primera mitad del siglo XVI y, por ello, dejamos atrás los tramos más antiguos en los que las Canarias se asoman en diversas fuentes clásicas y medievales, cortas en número y en buena parte imitativas y superficiales, un estado de cosas que comienza a mudar claramente de signo con la entrada en el Quinientos, que constituye, como acabo de adelantar, el comienzo de nuestro viaje. Es lógico que sea así y no de otra manera porque son los momentos en los que la conquista insular ya está concluida, la etapa de la colonización se encuentra abierta de forma plena y el Archipiélago adquiere cada vez más relevancia para la navegación atlántica, y estas circunstancias, como es de esperar, van a propiciar que el conocimiento de las Canarias modernas en el continente avance de modo considerable.

Este progreso en el conocimiento de nuestras islas se produce, en buena medida, gracias a las informaciones aportadas por un notable conjunto de obras, en especial las navegaciones, las cosmografías y las publicaciones históricas de la época, que van a jugar un papel esencial en este proceso, sobre todo por su amplia circulación en distintas ediciones y traducciones, como también lo será la contribución de los relevantes materiales que suministran las compilaciones de los viajes publicadas en este tiempo, desde las más tempranas, hasta las que ven la luz a finales del siglo XVI y primeras décadas de la centuria siguiente. 

La tierra de las maravillas

En estos textos renacentistas podemos ver reflejada una imagen temprana, de evidente carácter mítico, que presenta a las Afortunadas como la tierra atlántica de las maravillas, porque en ella una isla duende se esconde a los ojos de los hombres y juega de manera caprichosa con todos aquellos que la buscan con afán; un árbol generoso tiene la virtud de proveer del agua necesaria para la vida; una montaña eminente desoye la latitud y la temperie benigna que le son propias y luce un manto de nieve que causa asombro; una tierra, en fin, que es la morada secular de los naturales canarios, un pueblo que mantiene su cultura ancestral cuando Occidente se asoma al Renacimiento y al Humanismo.

Como se puede ver, se trata de referencias en las que la fábula, la leyenda, la imaginación, las exageraciones y las falsedades muestran un particular protagonismo, y este hecho nos revela que a los autores y a los aventureros de la época no les preocupaba representar de una manera del todo fidedigna las cosas que describían y pensaban que la realidad se podía cambiar y embellecer en el relato que hacían de ella, sin que por ello creyeran que divulgaban falsedades. Este es el contexto en el que hay que entender buena parte de las referencias insulares que habitan distintas fuentes renacentistas europeas y que también aparecen de manera frecuente en los textos británicos de la época, que van a tener un notable protagonismo en la difusión del conocimiento de las Canarias y de sus cosas, un hecho que en nada sorprende porque nuestras islas siempre han estado en la cultura general de los ingleses, que desde temprano empiezan a disponer de un notable cuerpo de datos y descripciones que el paso del tiempo se encarga de acrecentar.

La tierra del comercio

Junto a esta imagen mítica que ve a estas islas como el ámbito de las maravillas, también en fecha temprana cobra cuerpo otra, la de la tierra del comercio, que se aleja de las construcciones legendarias y que se apega bastante más a la realidad, porque está vinculada de manera estrecha al interés, los beneficios y los afanes mercantiles, todo ello fruto de la privilegiada situación que las Canarias poseen para el comercio por el Atlántico y de las posibilidades económicas que ofrecen en diversos ramos de la producción. En este caso estamos ante los prometedores dominios del esplendor azucarero y del tráfico de vinos, en los que se genera dinero, fluye el capital y se levanta una tupida red de vínculos comerciales. Al mismo tiempo que esto ocurre, la tierra de la riqueza, de modo desafortunado, se torna también en la del asalto y la rapiña, en el escenario de las hostilidades de las potencias europeas contra la corona española. En esta coyuntura, los puertos y las poblaciones costeras suponen un atractivo botín para el enemigo, al tiempo que sus mares se convierten en el coto idóneo para intentar hacerse con el valioso cargamento indiano que se transporta a la metrópoli, al igual que para caer sobre los buques menores del tráfico insular, de los que los atacantes se apropian a menudo para agrandar sus expediciones y para hacerse con el vino de sus bodegas, una carga entonces no menos valiosa que el oro y la plata de ultramar.  

El reino de la ciencia

A estas ideas o imágenes tempranas de nuestras islas, la de la tierra de las maravillas y la tierra del comercio, se superpone, ya en el tramo final del siglo XVII y en la centuria que le sigue, una nueva visión de las Canarias, la del reino de la ciencia, que está íntimamente ligada a la mirada universal que entonces se tiende a la naturaleza. Como se sabe, el postulado esencial de la ciencia moderna no es otro que la lectura, directa y desde los hechos, del libro del mundo, que ahora se contempla desde el raciocinio y desde el sentido crítico, y, para esta lectura, es esencial la observación rigurosa de los fenómenos y el control en la recepción de los hechos y en el análisis de la experiencia. Es esta nueva forma de mirar la que consigue que las Afortunadas ya no se vean únicamente desde las posiciones míticas y mercantilistas, que son las que han dominado mayoritariamente hasta ahora, y se empiecen a contemplar desde una perspectiva nueva, la del escenario prometedor de la ciencia, la del espacio apropiado para obtener sobre el terreno una respuesta satisfactoria a los distintos interrogantes que plantea el libro de la naturaleza, ahora en la tarea de elaborar una imagen verídica y fiel del mundo.

Como se puede imaginar, estas nuevas posiciones van a hacer que el proceso de la recepción continental de las referencias insulares avance de forma notable y en ello tiene un particular protagonismo la ciencia británica de entonces. Por descontado, no hay nada sorprendente en ello si tenemos en cuenta que, desde la óptica inglesa, las Canarias constituyen un ámbito en el que se dan unas circunstancias específicas y que hacen a nuestras islas singularmente próximas y accesibles. 

Estas particularidades, como es de esperar, propician que el bastión de la ciencia británica en aquellos momentos, la Royal Society de Londres, tenga muy en cuenta al Archipiélago en sus trabajos e iniciativas. Cuando se plantea la tarea de medir la presión atmosférica en lo alto de una elevación notable, se elige el Teide. Lo mismo sucede con la presencia frecuente de los vinos canarios en los distintos experimentos que se hacen o en las informaciones que sobre ellos se comparten en las reuniones, y otro tanto se puede decir del atractivo científico que poseen las momias guanches, cuya adquisición se llega a plantear. 

Además de esto, la especial atención que la Royal Society otorga a los temas insulares se comprueba en los distintos textos que patrocina. Y pongo un ejemplo ilustrativo de ello. No es ninguna casualidad que, en 1667, cuando Thomas Sprat publica su History of the Royal Society, la obra incluya la conocida relación de los comerciantes sobre el Teide que contiene, como parte más relevante, la amplia descripción de Tenerife que aporta Evan Pugh, un galés que, en su estancia entre nosotros, además de ejercer la medicina y atender sus negocios, también se dedicó a recoger un notable cuerpo de datos, en especial sobre las características biológicas y geológicas del medio insular, sobre los niveles productivo y económico, y sobre los pormenores de la vida en la etapa prehispánica, de modo destacado en lo relativo al proceso de embalsamado, como se muestra en su completo informe. 

Lo verdaderamente relevante es que este informe de la subida al Teide que ve la luz en 1667 va a alcanzar una divulgación considerable en el tiempo y en el espacio, con un proceso de recepción realmente notable en el que las referencias canarias contenidas en él se llegan a conocer tanto en el ámbito británico como en el continental, con versiones en holandés, alemán y francés desde las últimas décadas del siglo XVII, y que en la centuria siguiente se extienden a otras en español y en italiano, configurando una singladura editorial realmente asombrosa y relevante. 

No será este el único texto de tema canario que se difunde de modo amplio. Con la llegada del siglo XVIII, nuevos informes sobre los comportamientos y las particularidades de nuestra naturaleza se unen a los datos ya conocidos y en todo momento aportados por personas visiblemente incardinadas en la cultura racional, curiosa y empírica de la Europa ilustrada.

La sede atlántica del paraíso

Esta idea de nuestras islas como la tierra de la naturaleza y el escenario de la ciencia, por descontado, no queda limitada al Siglo de las Luces, sino que persiste en el tiempo, vivificada con importantes proyectos, iniciativas y campañas de estudio en la centuria siguiente. Aquí va a coexistir con la imagen más moderna de todas, la del paraíso, que se difunde ampliamente en un amplio número de publicaciones, en su mayoría inglesas, que van a ser unas obras determinantes en la creación de la imagen que se tiene de Canarias en los dos últimos siglos, que es, como ya he adelantado, la del edén cercano y deseado que garantiza bondad de clima, excelencia de paisajes y vida tranquila. 

Este paraíso atlántico se va a presentar a los lectores europeos a través de la estrategia de centrarse en las bondades y en las mejores aristas de realidad insular, esto es, las vistas, la vegetación y el clima. Reciben una atención claramente menor los canarios y la vida que estos llevan, en la mayoría de las ocasiones descritos desde acercamientos claramente superficiales y desde los tópicos y los prejuicios.

  Como se puede ver, estas imágenes de nuestras islas a través del tiempo son claramente eurocéntricas, muestran cómo nos han visto y nos ven y, aunque parciales e insatisfactorias en general, es indudable que poseen un claro valor y, sobre todo, pueden y deben de coexistir con la idea que los canarios tienen de sí mismos y de su tierra.

Y para ejemplificar este juego de las visiones y la relevancia de su existencia he elegido una ilustración, que corresponde a la conocida obra de Olivia Stone sobre nuestras islas. Se trata de un grabado realizado a partir de una fotografía tomada por John Harris Stone en el Roque de los Muchachos el domingo 14 de octubre de 1883, cuando estos viajeros se encuentran recorriendo la cumbre palmera. En este punto, solo para situar este momento de modo adecuado, permítanme que recuerde que hace solo dos días que los Stone han llegado a La Palma a bordo del Matanzas, después de pasar cuatro días en el mar, atrapados por el tiempo calmo propio de las bonanzas de esta época del año. Este hecho tiene una especial relevancia porque trastoca sus planes y, por eso, el mismo día de la llegada deciden partir para el interior de la isla, con un plan muy ajustado porque quieren estar de vuelta en Santa Cruz de La Palma el día 15, a tiempo para embarcar en un vapor inglés que se espera, de regreso al Puerto de la Cruz. 

Fig. 1: “Summit of the Pico de los Muchachos”, 
Olivia M. Stone, Teneriffe and its six satellites, vol. I, 1887, p. 318,
Biblioteca Universitaria de La Laguna[1]Cabe recordar, como curiosidad, que el pie de esta ilustración figura originalmente como “Summit of the Pico del Muchachos”, con error evidente que la autora solventa, al igual que otros, en la edición de 1889 (cap. XVIII, p. 163).

Las cosas no van a salir según lo planeado, pero ahora les pido que fijen la atención en la ilustración elegida. En el centro tenemos a nuestra querida Olivia, sentada junto a los roques, haciendo un alto en el camino, y frente a ella, de pie, con la montera y el zamarrón habituales, se encuentra José Domingo García, el labrador de Tijarafe que los Stone acaban de conocer ese mismo día y que acepta guiarlos por la cumbre hasta Los Sauces.

En este caso, Olivia Stone nos vale aquí para representar la imagen exterior de estas islas, la manera en que se entiende y se intenta explicar la realidad insular desde fuera. Y José Domingo García nos sirve para representar la visión interior, esto es, la idea que los canarios tenemos de nosotros mismos y de las cosas que nos rodean. Pero en este caso, en la obra a la que esta ilustración pertenece, no oímos la voz de nuestro paisano ni nos llegan sus comentarios. Y es necesario que hable, está en nuestra mano que lo haga y nosotros tenemos que ser su voz. No nos podemos limitar a ser los que habitan la visión parcial de los que nos miran.

NOTAS

NOTAS
1 Cabe recordar, como curiosidad, que el pie de esta ilustración figura originalmente como “Summit of the Pico del Muchachos”, con error evidente que la autora solventa, al igual que otros, en la edición de 1889 (cap. XVIII, p. 163).

Bibliografía

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SPRAT, Thomas (1667): The History of the Royal Society of London, for the Improving of Natural Knowledge, Londres: J. Martyn & J. Allestry.

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