Los cien años de vida del Señor Alegre

Este centenario es un buen motivo para ver reeditada la obra en aquel lugar o lugares que le corresponde por derecho

Guillermo Perdomo Hernández

IES Mesa y López. Las Palmas de Gran Canaria

La verdad se corrompe tanto
con la mentira como con el silencio
Cicerón

Con motivo del centenario de la publicación de la primera novela escrita por Claudio de la Torre, rescatamos un breve texto inédito: «Cuartillas sobre la novela En la vida del señor Alegre[1]En la parte superior de la cuartilla aparece con otra tinta: “Presentadas al Jurado del Concurso Nacional”.». Bajo este título nos encontramos, efectivamente, con tres cuartillas manuscritas, firmadas y fechadas al final del texto en Madrid, a 20 de noviembre de 1923; en ellas Claudio de la Torre se dirige al jurado que va a valorar su obra para el Premio Nacional de Literatura de la convocatoria de 1923 (el Concurso Nacional de Literatura había sido creado el año anterior[2]Real Orden del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de 27 de septiembre de 1922, publicada en la Gaceta de Madrid, n.º 273, del 30 de septiembre de 1922, pág. 1247.), que estaba compuesto por Julio Casares, Enrique de Mesa, José Martínez Ruiz (Azorín), Ramón Pérez de Ayala y Enrique Díez-Canedo, quienes otorgarían el primer premio a la novela que sería publicada al año siguiente en la editorial Rafael Caro Raggio:

He querido hacer, ante todo, una novela, un relato continuo. Relato, principalmente de acción, de tal manera, que he prescindido casi siempre del previo análisis del personaje, abandonándolo a su natural andar por la vida con la esperanza de que arribara a su destino por impulso de su propio paso. De aquí la abundancia de diálogo que el lector encuentra, como presentación directa de los caracteres, desde las primeras páginas. De aquí, también, los párrafos frecuentes en el libro que resumen el diálogo, presentación indirecta del personaje al lector. Pero[3]Fin de la primera cuartilla., de esta acción, constante y decisiva, he supuesto que brota, simultáneamente, el alma de los personajes. Y, en este sentido, pudiera tratarse además de una novela psicológica.
He intentado, a mayor abundancia de propósitos, que sea una novela española, si este carácter lo han de mandar el medio en que se desenvuelve, la condición de los más de los personajes y el paisaje que sirve de fondo, casi continuamente, a la acción. Concediéndoles esta virtud, acaso encontraríamos una novela sevillana, de acusado localismo, no ya por la velada evocación[4]Sigue texto tachado, “que pudieran sugerir unas páginas”. frecuente, sino por la alusión concreta, repetida, a la vida sevillana.
El protagonista –si es que hay uno[5]Fin de la segunda cuartilla. solo– es, sin embargo, extranjero. Esto en cuanto a su nacionalidad. Por lo demás, ya se dice al final de la novela, que lo vemos así, extranjero, porque se mueve en un ambiente tan marcado y particular como el sevillano, donde sus palabras, sus costumbres y hasta sus propios gestos han de parecernos extraños. Pero, en definitiva, es un tipo familiar, un hombre conocido: el paria, el hombre sin patria y sin amigos, sin pasado y sin rumbo, el hombre inepto incapaz de cosa alguna.
En cuanto a la técnica del libro he procurado simplificarla hasta ese grado complicado de la concisión. De todas maneras, tanto de esto, como de lo otro, el jurado, con más autoridad, podrá dar en su día un juicio más exacto.

Claudio de la Torre Madrid – 20. Nov.1923

Claudio de la Torre se convierte con este galardón en el primero de la Generación del 27 en obtenerlo. Al año siguiente, animado a presentarse por el propio Claudio de la Torre, Rafael Alberti vería premiado su Marinero en tierra junto con los Versos humanos de Gerardo Diego[6]El jurado en esa ocasión estaría formado por Carlos Arniches, Antonio Machado, Gabriel Maura Gamazo, Ramón Menéndez Pidal y José Moreno Villa..

Ahora lo quiero hacer de dos personas que me ayudaron mucho en mi difícil y doloroso camino poético: uno se llama José María Chacón y Calvo, escritor y diplomático cubano, y otra, Claudio de la Torre, de las Islas Canarias, escritor también.[7]Prueba de este reconocimiento, el poeta gaditano le hizo entrega a Claudio de la Torre del manuscrito original de la obra, titulado inicialmente “Mar y tierra” y retitulado acertadamente como Marinero en tierra.

Si hacemos un repaso por los distintos años de la convocatoria y centramos la atención en sus compañeros generacionales, podemos observar que al siguiente año, 1925, un jurado, entre los que encontramos a Gerardo Diego y Pedro Salinas[8]El resto del jurado lo compondrían: Gabriel Maura Gamazo, Andrés Ovejero y Ramón María Tenreiro., premiaría en la categoría de ensayo a Manuel Azaña, y en novela, a Ramón Pérez de Ayala, Concha Espina y Wenceslao Fernández Flores. (1.º, 2.º y 3.º, respectivamente).

En 1927, año de celebración gongorina, será Dámaso Alonso quien obtenga el premio con su estudio El lenguaje poético de Góngora y su influencia en la literatura española moderna. En el jurado tenemos nuevamente a dos miembros de la Generación del 27, Gerardo Diego y Pedro Salinas, junto con Pedro Sainz Rodríguez.

En el Concurso de 1930, Claudio de la Torre forma parte del jurado[9]El resto del jurado lo compondría: José María Salaverría, Francisco de Cossío, Juan José Domenchina y Nicolás González Ruiz. que le dará el premio a Mauricio Bacarisse por su novela Los terribles amores de Agilberto y Celedonia, premio que no llegó a conocer su autor pues fallecería en la clínica Villa Luz el mismo día del fallo, horas después de su otorgamiento el 5 de febrero de 1931.

La convocatoria de 1933 fue sin duda alguna en la que se concedieron más premios poéticos por un jurado formado por Manuel Machado, Dámaso Alonso y Gerardo Diego; obtuvieron premio no solo Vicente Aleixandre con La destrucción o el amor, sino también Cernuda y Manuel Altolaguirre, entre otros premiados. En 1938, en plena Guerra Civil, se conceden numerosos premios (desconocemos el jurado) en los que fueron galardonados en teatro Manuel Altolaguirre (Ni un solo muerto) y Miguel Hernández (Pastor de la muerte); y en poemas de guerra, Pedro Garfias (Héroes del sur) y Emilio Prados (Destino fiel).

Claudio de la Torre, Alberti, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Bacarisse, Aleixandre, Cernuda, Altolaguirre, Miguel Hernández, Pedro Garfias y Emilio Prados obtienen el premio Nacional en el periodo comprendido entre 1923 y 1939. Claudio de la Torre se convierte de este modo en el que inicia la andadura de estos premios nacionales, es un adelantado, como se refiriera a él Pedro Perdomo en un artículo sobre Ángel Johan que rememora aquellos años; ya lo había sido con su primer libro de poemas, El canto diverso (1918), lo era en este momento de su novela (1923) y lo será con la redacción de Tic-Tac (1925) y su estreno tardío en 1930, lo seguirá siendo con muchas de sus obras, con Alicia al pie de los laureles (1940), más tarde con Tren de madrugada (1946), lo seguirá siendo hasta sus últimos días con Verano de Juan “el Chino” (1971). Jorge Rodríguez Padrón también es consciente de esa condición cuando nos dice: «Fue Claudio de la Torre uno de esos escritores pioneros; y, quizá sin premeditación, el primero que se atrevió a transitar por un mundo de viejos pensamientos, de recuerdos olvidados, para construir allí la vida de su primer protagonista literario».

Antes del fallo del jurado, un bien informado Gabriel Miró[10]Funcionario del Ministerio de Instrucción Pública (1920-1930) fue secretario de los concursos nacionales de este ministerio. le escribe a Alonso Quesada, dando cuenta de la situación de la obra:

Todavía no se ha decidido el Concurso de Literatura. Confío en que Claudio triunfe. Su novela tiene un frescor oloroso, juvenil, una gracia íntima y está prodigiosamente construido. Comparto los elogios que usted le dedica a esta criatura. Es fino de sangre, de una voz interior. Yo le quiero mucho, aunque le vea poco. Y él me quiere, aunque se distraiga más en su mundanismo.[11]Carta de Gabriel Miró a Alonso Quesada, sin datar, finales de 1923 -principios de 1924. Archivo Alonso Quesada, Biblioteca Insular. Cabildo de Gran Canaria.

Fig. 1: Primera edición de En la vida del señor Alegre, de Claudio de la Torre

Alonso Quesada comparte con Miró la valoración de la calidad de la novela; en carta a Pedro Perdomo le dice: «Leí la novela de Nestoro y me parece extraordinaria: una gran novela». Otra cosa muy distinta es lo que piensa sobre el premio, que cree que Claudio debería haber renunciado, puesto que la decisión del jurado de compartirlo, no solo le parece injusta sino vergonzosa[12]Enfado monumental el de Alonso Quesada que hoy compartimos, puesto que la decisión del jurado de repartir el premio con otros dos autores, se debió más a fines distintos que a los meramente literarios. Los otros autores fueron Humberto Pérez de … Seguir leyendo. Las citas y referencias de Quesada no son gratuitas, al contrario, pues en tema de ingleses (y el choque que se producía con los locales) es un verdadero especialista que se ha hecho al contacto con los ingleses en la colonia y que dejó reflejado en Smoking Room y Las inquietudes del Hall, dos claros referentes literarios inaugurales en la tradición española, nacidas de la propia vida laboral de Alonso en el Bank of British, lo hacen un especialista en ese choque de mundos opuestos entre el empleado y poeta canario y los banqueros anglosajones. Por otro lado, Claudio de la Torre se ha educado en Inglaterra, donde había acudido de joven a iniciar sus estudios de Ingeniería y había regresado nuevamente en 1921 como lector de español de la Universidad de Cambridge, a Inglaterra volverá el escritor años más tarde, como corresponsal de ABC, en los años sesenta.

A la tradición literaria canaria de Alonso Quesada –quien reconoce la calidad de la novela–, la experiencia personal con el mundo anglosajón de Claudio de la Torre, muy británico siempre, muy gentleman (que también se verá reflejada en el cuento publicado en la Revista de Occidente, “Octubre” (1925), germen de la que podría haber sido su novela anunciada “En la vida de Mr. Cubas”, en la que un español, canario probablemente, se desenvolvería en una Inglaterra tópica y universitaria, esa Inglaterra que vivió como lector de español en Cambridge. La técnica usada, como se refiere el autor en las cuartillas, es concisa, con predominio del diálogo (y ausencia de descripciones) con los que el lector va construyendo los personajes; ese perspectivismo que era una propuesta orteguiana, que De la Torre aplica casi inmediatamente y que no solo se refleja en los diálogos, sino que el novelista, además divide la obra en dos partes distanciadas, rota la continuidad temporal, “Abril y Mayo” y “Relación de Álvaro Cubas”; cada cual ofrece un enfoque diferente (una nueva visión o perspectiva), que confluyen sobre el mismo asunto, que no es otro que el señor Bright y su conflicto social y que da explicación a ese inicio de las cuartillas “He querido hacer, ante todo, una novela, un relato continuo”, a pesar del uso de voces narrativas múltiples y variadas.

Mr. Bright, un señor alegre, pero no olvidemos que también brillante, que ilumina y da luz. Bright es además un “paria”, como nos lo define el autor en estas cuartillas, pero no un paria entendido con alguna significación negativa, como pudiera pensarse inicialmente, sino todo lo contrario, un extranjero que se desenvuelve en un medio acusado, muy marcado, que resalta especialmente las diferencias y en el que él se muestra auténtico. Un paria que aparecerá como protagonista en varias de sus novelas. En esas cuartillas el autor hace suyas (o viceversa, según se vea) las palabras de Álvaro Cubas en el final del libro:

¡Era todo, menos un inglés! Bright es el hombre de instintos, poco intelectual, atento siempre a la corazonada. […] Casi no pertenece a una comunidad de hombres. Nos parece extranjero porque lo vemos desenvolver su vida en medio bien acusado, Sevilla, y en tal ambiente, sus costumbres, sus palabras y hasta sus mismos gestos han de destacarse más. Pero, en el fondo, Bright no es inglés, ni español, es el pobre diablo, el paria, el hombre sin tierra y sin amigos, sin patria y sin mundo, el hombre inepto, inútil, incapaz de servir para nada.

Este Mr. Bright que deambula por la Sevilla después de la primera guerra mundial y que es recordado años después en Inglaterra por unos hermanos canarios, los Cuba, está construido finamente a través del diálogo de los personajes y no solo de las propias acciones sino por la interpretación de esas acciones por parte del resto de personajes, y por el propio lector que deberá construir el personaje a medida que avanza la novela con su propio criterio, de tal forma que sus interpretaciones serán las que finalmente den cuerpo al personaje, esa “presentación indirecta del personaje al lector”, a la que se refiere el novelista en estas cuartillas metaliterarias. Jorge Rodríguez Padrón nos matiza la caracterización y la significación del personaje:

Quizá no debe apuntarlo, por evidente; pero no me resisto a subrayar la condición del personaje, que no es inglés ni español […] Una figura –en suma– cuya identidad resulta tan difícil de precisar, manifiesta unos perfiles tan peculiares, tendentes a la ambigüedad, y ofrece ese alegre e ingenuo sentido de la vida, como único rasgo inequívoco de su carácter. Un personaje cuyas raíces solo podrían encontrarse en la personalidad emergente en el canario de fin de siglo (tan britanizado por otra parte), cuya candorosa visión del mundo se deshace ante la contundencia de los acontecimientos históricos inmediatos, o se convierte en dramático desengaño al intentar confrontarla con la sociedad peninsular de su tiempo.[13]Jorge Rodríguez Padrón, “Introducción” a En la vida del señor Alegre, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1989, pp. 27-28.

Por otro lado, sorprende cuando menos las alusiones de Claudio de la Torre al espacio y las consideraciones que de ellas se derivan: «He intentado, a mayor abundancia de propósitos, que sea una novela española». ¿Una novela española?, sorprende esta definición de su propia obra que se aleja de la precisión habitual de nuestro escritor, pero que no se aleja para nada de ese humor suyo, y que algunos, que no habían conocido las Islas Canarias, decían que era británico. A continuación, matiza: «si este carácter lo han de mandar el medio en que se desenvuelve», es decir, la novela es española porque la acción se desarrolla en la ciudad andaluza, cuánto sabe Claudio de la Torre sobre ese tema, de desarrollarse en esa época en Gran Canaria, la novela pasaría a ser inmediatamente regional, situación que iría cambiando con el tiempo y en la que sería él mismo con sus siguientes novelas, con la Granda de Alicia al pie de los laureles (1940) y Lluvia de arena (1954); tiempo más tarde, con el espacio insular de Verano de Juan «el Chino».

Después vendrán otros intentos aislados, pero será con el desarrollo de la novela negra con la que el espacio insular es, sin miedo alguno, espacio literario sin connotaciones negativas, hecho que debemos especialmente al siempre querido Alexis Ravelo, a José Luis Correa y con maestría a Paco Quevedo y su última novela El teatro en medio del Atlántico, pero que arrancan directamente de las intenciones narrativas de Claudio de la Torre. Claudio de la Torre sitúa la acción en una Sevilla tradicional, llena de tópicos, llena de “españolidad”; un “espacio intencionadamente convencional”, como apunta Jorge Rodríguez Padrón, que sirve de contraste extremo de ese extranjero que deambula ajeno a todas esas tradiciones, en un constante “enfrentamiento de su personaje con un mundo distinto”. Sigue a continuación su intento humorístico o socarrón de definición de la novela por el espacio en que se sitúa la trama con ese «acaso encontraríamos una novela sevillana, de acusado localismo, no ya por la velada evocación frecuente, sino por la alusión concreta, repetida, a la vida sevillana», es decir, que la presencia de un espacio concreto en una novela determinaría su concreción, de tal modo que si aparece Sevilla será una novela sevillana, si aparece Valencia, será una novela valenciana, si aparece Salamanca será una novela salamantina Esta argumentación simple nos causa cierta risa por los planteamientos tan simples y más aún cuando se confirma que todas serían localistas; sin embargo, Claudio de la Torre trata el asunto con cierta ironía y cuando años después publique Alicia al pie de los laureles nos matice en una carta a Saulo Torón, sus intenciones literarias en relación al espacio:

Yo pensaba que una novela así –Granda aislada y universal– podía ser un nuevo libro español, en el desfile nutrido de regiones por la literatura nacional de todos los tiempos. Pero aspiraba, como te decía, no tanto pensando en el tema concreto regional como en su posible universal sustancia.[14]Carta de Claudio de la Torre a Saulo Torón, 25 de agosto de 1940. Fondo Saulo Torón, Biblioteca General, ULPGC.

Hasta la fecha, que sepamos, además de la primera edición de 1924, se han llevado a cabo las siguientes ediciones: en la Editorial Edirca, en Obra Escogida, de la mano de Lázaro Santana e introducción de Alfredo Prego (1987); en el Gobierno de Canarias en la colección Biblioteca Básica Canaria, n.º 26, con magnifica introducción de Jorge Rodríguez Padrón (1989); y, recientemente, en el Cabildo de Gran Canaria, dentro de las Obras Completas. Sorprende, cuando menos, la escasa reedición de esta obra a nivel insular y, especialmente, la total ausencia a nivel nacional, puesto que esta novela puede, sin lugar a duda, formar parte de la nómina de libros de las grandes editoriales o de las editoriales del rescate de este periodo. Este centenario es un buen motivo para ver reeditada la obra en aquel lugar o lugares que le corresponde por derecho, una edición que permita su mayor difusión, y lo que es mucho más importante, una relectura cien años después que permita ver su verdad artística (si de verdades artísticas podemos hablar) y que esta no se vea corrompida ni por la mentira, ni mucho menos por el silencio.

NOTAS

NOTAS
1 En la parte superior de la cuartilla aparece con otra tinta: “Presentadas al Jurado del Concurso Nacional”.
2 Real Orden del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes de 27 de septiembre de 1922, publicada en la Gaceta de Madrid, n.º 273, del 30 de septiembre de 1922, pág. 1247.
3 Fin de la primera cuartilla.
4 Sigue texto tachado, “que pudieran sugerir unas páginas”.
5 Fin de la segunda cuartilla.
6 El jurado en esa ocasión estaría formado por Carlos Arniches, Antonio Machado, Gabriel Maura Gamazo, Ramón Menéndez Pidal y José Moreno Villa.
7 Prueba de este reconocimiento, el poeta gaditano le hizo entrega a Claudio de la Torre del manuscrito original de la obra, titulado inicialmente “Mar y tierra” y retitulado acertadamente como Marinero en tierra.
8 El resto del jurado lo compondrían: Gabriel Maura Gamazo, Andrés Ovejero y Ramón María Tenreiro.
9 El resto del jurado lo compondría: José María Salaverría, Francisco de Cossío, Juan José Domenchina y Nicolás González Ruiz.
10 Funcionario del Ministerio de Instrucción Pública (1920-1930) fue secretario de los concursos nacionales de este ministerio.
11 Carta de Gabriel Miró a Alonso Quesada, sin datar, finales de 1923 -principios de 1924. Archivo Alonso Quesada, Biblioteca Insular. Cabildo de Gran Canaria.
12 Enfado monumental el de Alonso Quesada que hoy compartimos, puesto que la decisión del jurado de repartir el premio con otros dos autores, se debió más a fines distintos que a los meramente literarios. Los otros autores fueron Humberto Pérez de la Ossa, con La santa duquesa, y Roberto Molina, con Dolor de juventud.
13 Jorge Rodríguez Padrón, “Introducción” a En la vida del señor Alegre, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1989, pp. 27-28.
14 Carta de Claudio de la Torre a Saulo Torón, 25 de agosto de 1940. Fondo Saulo Torón, Biblioteca General, ULPGC.
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