¿Qué cosita es
lo que sube y baja
sin manos ni pies
te trae y te lleva
y es ella y es él?
El mar…la mar…
Esa inmensa manta azul
que envuelve a todas las islas
en abrazo solidario.
Y nos recuerda que es una
sola Tierra.
Oye al mar,
puerta abierta,
que nos cuenta…
Herodoto, el padre de la Historiografía (480 años a. C.) habló de nuestras islas –Jardín de las Hespérides– como restos del continente atlante, más allá de las Columnas de Hércules. No dijo mucho, pero fue suficiente…Y tal vez, sin querer, dejó un halo de misterio sobre la mítica existencia de los atlantes… de los que, al parecer, ya hablaba Platón en sus Diálogos y los utilizaba como ejemplo. Herodoto nos regaló, a través de oleadas de murmullos marinos, las primeras historias que enriquecen nuestra tradición oral: los atlantes, seres míticos que dejaron sus huellas en nuestras islas en forma de toponimia e imaginación. Así, una va descubriendo la interacción universal de las leyendas, y le da un gran valor a la oralidad tradicional que posee. No en vano, la narración oral es la historia narrada familiarmente a lo largo del tiempo… ¡Y ya se sabe cómo cuentan las mamás y las abuelitas![1]Conferencia leída por la autora en la clausura del VI Congreso Internacional de la RIUL, celebrado en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, los días 7 y 8 de noviembre de 2024.
* * *
Recoge nuestra tradición oral que el último atlante que vivió en nuestras islas fue un hombre llamado Tarja, también conocido como Gigante de Pajonales. Conocemos la cueva donde vivía (está en Temisas, Agüimes, en la isla de Gran Canaria) y el lugar donde está enterrado: La Tumba del Gigante (unos kilómetros alejada de aquella cueva). Y hasta tenemos el observatorio natural llamado El Ojo del Gigante, en lo alto de una inmensa roca, desde donde se pueden controlar las visitas imprevistas, que llegan por las costas del sureste…
Me resulta muy curioso que los astrofísicos encontraran las condiciones ideales para montar un observatorio justo enfrente, en la otra margen del barranco. La fantasía popular me llevó a recrear su entorno en forma de cuento y a preguntarme muchas cosas sobre él…
El querido escritor Luis Pérez Aguado (2015) también recogió, en su libro de leyendas, la historia de un gigante que vivió en Gran Canaria. Y hay constancia oral de la existencia de otros hombres grandes que vivieron en las islas de Lanzarote y Fuerteventura.
Cuenta el escritor José Manuel G. y García de la Torre (1969), de Lanzarote, que le contaba su abuela, que a su vez lo escuchó de la suya, que, levantando lavas muy viejas para ampliar una finca, encontraron el esqueleto petrificado de un ser gigantesco. Las autoridades, con diligencia y asombro, se encargaron de hacerlo desaparecer e intentaron, dado que no tenían explicación, que se olvidara la historia. Sin embargo, la memoria popular no lo olvidó. Además de escuchársela a este escritor, se la oí también a doña Lola, una majorera, maestra en Lanzarote, que la escuchó de familiares de alumnos. La publiqué junto a la del gigante, en uno mis libros de tradiciones orales para la escuela.
Estas historias míticas de la tradición oral influyen de forma extraordinaria y positiva en la imaginación de los niños, y desarrollan a lo largo de su formación diferentes capacidades para trabajar el mito: hay muchísimos artistas que han tratado el mito de los atlantes en sus creaciones, para acercarlos así a la universalidad. No puedo nombrar a todos los que conozco, pero son muchos. Les recuerdo algunos: las esculturas de Toni Gallardo; una de ellas, El Atlante, está situada frente al Océano Atlántico en el Paseo de Las Canteras y nos causa admiración y ternura. O El poema del mar del pintor Néstor Martín Fernández de La Torre. Cada lámina del poema es una fantástica historia por desarrollar. A veces creo tener en mis manos un cuento-álbum y trato de encontrar las palabras adecuadas para explicar la tremenda fuerza simbólica del mito.
Tiempo después de Herodoto (siglo I d.C.), Plinio el Viejo nos muestra las primeras imágenes de las Islas Canarias en el libro Naturalis Historia. Al parecer, Plinio describe la expedición exploradora que Juba II, rey de Mauritania, hizo a las islas. El historiador las sitúa correctamente cercanas a África. Además, nos contó que eran visitadas a menudo por los romanos que recogían la orchilla de la que extraían el valioso tinte púrpura. Este texto de Plinio, según diferentes investigadores, es una interesante materia de estudio para otros muchos, desde diferentes puntos de vista, sobre la historia y la geografía, y de una serie de aspectos esenciales para reconocer nuestra realidad.

y las Insulae Hesperidum. (Foto: Wikimedia Commons)
Pero para la tradición oral ese hecho supone un nuevo regalo venido a través del mar… Mi bisabuela majorera me regaló este trozo práctico de la historia:
Había una vez un príncipe negro, tan negro como la noche más oscura. Tenía el pelo como la aulaga y una sonrisa blanca y agradable. Llegó a la isla en un día de tormenta y fue acogido con la dignidad de un amigo.
Poco después, a consecuencia de ese mismo temporal, desembarcó en la isla una princesa blanca muy hermosa que también fue recibida como amiga.
Aun no se habían secado sus ropajes cuando los dos visitantes se descubrieron con la mirada. Cuando se acercaron, él quedó prendado y ella le correspondió con ternura. Los dos estaban de paso: uno venía del norte de África y la otra del norte de Europa. El mal tiempo y la casualidad hizo que se encontraran en la dorada arena de nuestras playas y se entendieran.
—¡Hola, me llamo Jael
—Yo soy Ingrid
—¿De dónde vienes?
—Del país de los mil lagos: un lugar verde y brillante donde el invierno duerme al agua y despierta las tormentas. ¿Y tú quién eres? ¡Háblame del lugar de dónde vienes!
—Soy el hijo del rey Juba, príncipe del desierto, dueño de mil dunas, que navega con el viento y recorre mares comerciando y haciendo amigos. ¡Mi país es tan hermoso, que sus colores y formas no existen en ningún otro lugar del mundo! Mi casa es un oasis de verdes palmeras entre montañas de arena y un mar azul lleno de vida; un lugar donde el viento canta mientras juega, donde el sol brilla cada día y la luna dibuja sueños.
Ella detuvo su mirada en la ternura de aquel hombre de piel oscura y le correspondió dulce, con un brillo especial en sus ojos. Aunque hablaban idiomas diferentes y habían crecido en continentes tan dispares, sus corazones latieron al unísono con mucha fuerza. Sucedió que los dos estaban prometidos en sus respectivos países; pero ninguno de los dos volvió a su tierra: se amaban y querían quedarse en la isla para siempre.
—¡No puedes casarte con una mujer blanca! —sentenció el rey africano.
—¡Ni se te ocurra unirte a un hombre negro! —exigió el rey europeo.
Los jóvenes desobedecieron a sus padres y fueron castigados con severidad. A pesar de estar en mundos diferentes, el rey africano y el europeo actuaron del mismo modo:
—¡Serán borrados del mapa! –dijo uno.
—¡Para nosotros no existirán ni ustedes ni sus descendientes! dijo el otro.
Y sucedió tal cual… Solo los vientos, las lluvias y las mareas traían rumores y olores de sus países… Durante siglos la isla pareció borrada de las rutas de los pueblos navegantes, aunque de vez en cuando arribaba algún que otro barco que era recibido con abrazos solidarios.
¿Quieren saber que fue de la parejita de Ingrid y Jael? Pues fueron muy felices y comieron muchas perdices, las mejores y más sabrosas perdices que viven en la isla. Estoy segura de que no les importó demasiado el castigo de su familia. A pesar de la añoranza que sentían, amaron profundamente el lugar que los acogió.
—¿Qué de qué color fueron sus hijos?
—¿Cómo van a ser?: de dos colores.
Tuvieron hijos blancos lechosos como la madre e hijos negros tizones como el padre. Con el paso del tiempo sus descendientes fueron adquiriendo el color marrón dorado de las montañas de la isla. El mismo color que tenían tu padre, tu abuelo y tu bisabuelo: todos nacidos en el sur de la isla, en el mismo lugar donde siempre vivió la familia.
Y la abuela acababa el cuento como todas las abuelas del mundo: Y colorín colorado…
Este es un viejo cuento del que se obtendrían numerosas conclusiones y actitudes beneficiosas para los niños.
El mar también nos regala nuestro paraíso particular: la isla de San Borondón, el mítico y maravilloso lugar que anida en nuestros sueños. Algunos la han visto y se declaran enamorados de ella. Se la llamó la octava isla. Ahora debería ser la novena o la décima, si contamos las de nueva adquisición en nuestro vocabulario: La Graciosa y Venezuela. Emerge y desaparece entre El Hierro y La Gomera, pero suele navegar por el archipiélago en épocas de grandes crisis para infundir ilusiones y esperanzas. Las primeras noticias que tengo de ella provienen de mi abuela Aurora, la de Agüimes, cuando apenas tenía yo seis años. Me llevaba de la mano hasta una plataforma montañosa, a la que se llegaba desde un lugar llamado Las Crucitas. Subíamos a lo más alto y nos sentábamos a contemplar el mar y a esperar el milagrito… Mi abuela estaba convencida, de que, a principios de otoño, cuando la humedad se apoderaba de la atmósfera y todo el aire era limpio y transparente, aparecería San Borondón en el horizonte:
—¿Cómo es San Borondón, abuela?
—Es una isla pequeña, bellísima… Está repleta de árboles, palmeras, flores y mucha agua; agua por todas partes… Y hasta se ve claramente una vereda sobre el mar que se acerca hasta la costa como invitándonos a visitarla.
Pero cuando yo se lo contaba a mi abuelo, el de Ingenio, que era maestro, me decía:
—Tu abuela tiene mucha fantasía. Ese fenómeno se llama espejismo: el agua del mar actúa como espejo y refleja el paisaje recogido por las nubes en algún lugar del planeta como si fuera una fotografía. Y a continuación me explicaba con un dibujo como era la refracción de la luz… La explicación era muy interesante y podía ser verdad, pero yo creía a mi abuela y la acompañaba ilusionada a la montaña, por si asomaba San Borondón.
Muchísimos años después, caminando con mi esposo por la isla de La Gomera, nos sentamos a descansar en un mirador que está entre el municipio de Alajeró y el monte. Allí coincidimos con un gomero y su esposa, que se sentaron junto a nosotros, y entre otras cosas, nos contaron: “Nosotros también nos sentamos aquí porque desde este mirador, y más o menos a esta hora, hemos visto varias veces la isla de San Borondón. Hace tiempo que no la vemos, pero no perdemos la esperanza…”

Y nos contaron maravillas sobre ese lugar. Los escuché con mucha atención y cariño porque me recordaron a mi abuela. Muchísima gente afirmó ver a la isla de San Borondón en diferentes siglos y desde diferentes islas. De tal forma, que llegó a incluirse en los mapas en la época medieval… Hace algunos años escribí varios cuentos sobre el mito y también algunos poemas…En uno de mis primeros libros, El Tayero (1987), hay uno, que el inolvidable maestro Javier Rapizarda musicalizó medio en broma. El poema le dice a los más pequeños:
Vamos a San Borondón
por vereditas de espumas
en una barca de sol
y de timonel la luna.
Llévame lunita, luna…
A San Borondón din, don.
A San Borondón din, dan…
Te espera en San Borondón
una casa junto al mar
un bello jardín en flor
y una barca de coral
que viene y va…
A San Borondón din, don
A San Borondón din, dan…
Siempre he tenido una gran confusión con las fechas oficiales sobre la aparición de los primeros habitantes en las islas: siglo VI según unos, siglo III según otros, y hasta siglo II, (según carbono-14 en algunos restos determinados). Los científicos han decidido las fechas de aparición de los primeros habitantes en las islas por los restos encontrados y hay diferentes teorías.
Antes y después de la historia de Plinio el viejo, la oralidad procedente del mar mantiene un silencio impreciso en el tiempo, roto por los visitantes que venían en busca del tinte y del aceite de lobos marinos. Hay mucha constancia de esas visitas y un grupo de arqueólogos trabaja, en estos momentos, en los restos romanos encontrados en la isla de Lobos; aunque están convencidos de que también deben estar en otros lugares y de otros pueblos antiguos: solo necesitan buscarlos. Pienso en sus interesantísimas conclusiones y que cambiará algunos conceptos e ideas.
La historia escrita también recogió otras visitas. Abreu y Galindo (1977), hacia 1591, escribe: “En este islote solían matar a los lobos que salían a gozar en la arena y se hacían medicinas para enfermos de riñón. Y por esos animales, el islote se llamó Isla de Lobos”. José Viera y Clavijo, en 1737, los describió muy bien y nos cuenta que sus ladridos son semejantes al perro. Nos cuenta la mejor forma de cogerlos, su aprovechamiento en grasas…
Y para continuar, lo “más correcto” sería decir: en un momento de la Historia, que no podría precisar, sucedió otra de nuestras bellas historias de amor, un antiquísimo Romeo y Julieta venido del mar, cuyo título es “Gara y Jonay”.
Contado rápidamente: un guapo joven llamado Jonay acompañó a su padre, Mencey de Tenerife, a la isla de La Gomera y allí conoció a la bella Gara. Sus ojos se encontraron y ya no se quisieron separar. Obligado por su padre, Jonay volvió a Tenerife, pero el amor por Gara era tan fuerte, que sin pensarlo mucho se echó al mar, al parecer por las costas de Teno y llegó nadando a La Gomera. (También usó sus trucos para evitar el agotamiento y ser arrastrado por la llamada corriente del golfo. Pero ese truco lo tienen que leer en la historia)
La leyenda es bellísima y larga… Y, como tal, tiene diferentes versiones, aunque su esencia es la misma. Tal y como les sucedió a los amantes de Verona, sus padres, por motivos triviales, estaban en contra de esa unión, pero era tanto el amor que se profesaban los jóvenes que prefirieron morir antes de separarse. Se despeñaron desde lo más alto del monte cogidos de la mano. Hoy el bosque de La Gomera lleva sus nombres: Garajonay.
La memoria popular recuerda a la isla de Lobos como un refugio para navegantes en diferentes siglos. Personalmente recogí algunas historias que se cuentan en Lanzarote y Fuerteventura en un libro titulado El retorno de los Lobos (2016): recolectores de orchilla, recolectores del aceite de los lobos marinos, de piratas y navegantes diversos que la usaban como descanso de sus correrías. También usaban el islote, y todas las islas, aventureros antiguos y modernos que siguen generando tradiciones venidas del mar.
Imprecisa en el tiempo, también se cuenta la llegada a La Palma de la graja que vive en Taburiente… Llegó un día envuelta en la calima de una tormenta de arena que las arrastró hacía el pinar. Cuando soplaron los alisios y limpiaron dulcemente el rostro polvoriento de la naturaleza, las grajas abrieron los ojos y salieron a explorar la Caldera. Enseguida se acomodaron en el paisaje y pasaron un invierno feliz… Pero cuando llegó el momento de volver a sus lugares de origen, como mandaba las leyes migratorias, la mayoría dijo que no: estaban tan a gusto en el lugar, que querían quedarse allí para siempre. A la jefa de la manada no le quedó más remedio que seguir las indicaciones de la mayoría otro año más. Y lo mismo sucedió en el verano siguiente, y al otro… Y las grajas de Taburiente fueron adaptando su metabolismo para convertirse de migratorias en sedentarias… y eso sucedió con el paso de muchos siglos… Con el tiempo se sintieron parte de la isla, y del lugar, en medio de volcanes. Dice la voz popular, que si las sacamos de la Caldera se mueren. Sus cuentos ya forman parte de la tradición oral de la isla. Cuando les cuento esta historia a los niños, cantamos o recitamos este trabalenguas, que dice:
La Grajita pico rojo,
piquirroja y piquirrina,
chico pico, pico corvo,
corvi pico y saltarina.
Emplumada en plumas negras,
ermitaña impenitente,
un lunar en la Caldera,
una perla en Taburiente.
La Grajita pico rojo,
pati corta colorida,
chico pico, pico corvo,
con picón ennegrecida.
Otro animalito que llegó a través del mar, ya en época histórica, es la ardilla moruna. Hay toda una historia, imprecisa en los años, detrás de su llegada, y una verdadera guerra con el majorero por su derecho a quedarse. Afortunadamente ya forman parte del paisaje majorero y se han reciclado en el sector servicios: a ellas les ha tocado entretener a los turistas mientras toman el sol y, a cambio, reciben golosinas y prebendas cariñosas… He recogido su origen, su estancia y muchísimas de sus historias en varios libros, que tuvieron muchísimo éxito entre los niños, intentando siempre romper el tabú de que llegó a la isla en época muy reciente. Mi bisabuela majorera me contaba sus aventuras con la ardilla siendo niña, a finales del siglo XIX, para que no se acercaran a sus sembrados de chícharos. También he llevado una campaña larga y conscientemente tierna e imaginativa para reconciliar a los niños majoreros con el animalillo.
Las islas están llenas de historias, imprecisas en el tiempo, como por ejemplo la de los jameos, cangrejitos blancos y ciegos que viven en la Cueva de los Verdes en Lanzarote. ¿Y el que vive en La Cueva del Llano en Fuerteventura? ¿No nos lleva a fabular con ese túnel de La Atlántida que comunica las cuevas con el mar a través de un laberinto de lagos marinos? ¿No son productos de un gran cataclismo que los aisló?
Mucho más moderna y precisa en el tiempo es esta historia de un barco chino que embarrancó en las costas de La Gomera, acosado por el hambre y la enfermedad, y sus tripulantes fueron acogidos generosamente. En la isla se mestizaron y practicaron durante mucho tiempo sus técnicas de acupuntura para quitar dolores, para curar el herpes zóster o culebrilla, y los golondrinos, especies de diviesos debajo del brazo. El hecho en sí solo tiene importancia para una población pequeña y aislada, un intercambio de tradiciones, en su más amplio sentido, que enriquece la propia y despierta solidaridad…
Un poco más lejos, en Arguineguín, en Gran Canaria, se mantiene en la memoria popular la llegada de hombres buenos, monjes mallorquines, que les contaron historias, les enseñaron un montón de habilidades prácticas; y dejaron sus huellas como evangelizadores, siglos antes de la conquista.
Pero los visitantes que más historias nos han regalado a través del mar son, sin ninguna duda, los conquistadores castellanos, extremeños y andaluces en el siglo XV, donde comienza para los canarios la historia escrita. Con el mestizaje, toda la riqueza oral hispánica pasó a nuestra memoria colectiva como propia y se mezcló con lo que había, creando una oralidad rica y repleta de matices.
Por la misma época, antes y después de la conquista, a través de los piratas, se ha generado y se sigue generando, a medida que se investiga, multitud de historias, que aumenta y enriquece la tradición oral de todas las islas. Nos llaman la atención los piratas conocidos como el grupo Arráez, procedente de Argelia y de otros lugares del norte de África. Se podría imaginar como una gran familia (unos descendientes de los otros), aunque más bien parece que el nombre “Arráez” era una denominación para un determinado y poderoso clan o ejército de corsarios, que estuvieron en el candelero más un siglo.
Morato Arráez, por ejemplo, era otomano, fue raptado y llevado a Argel. Allí se formó como almirante y creó una historia repleta de acciones sanguinarias. Hacia 1570 invadió varias veces Lanzarote y Fuerteventura, raptando a la madre, a la esposa y a la hija del primer marqués de Lanzarote (Agustín de Herrera) y a 300 canarios más. Después llegaron a un acuerdo económico muy elevado y los prisioneros recuperaron su libertad. Su fama era tanta que su nombre figura en alguna obra de Lope de Vega y de Cervantes.
Hay otros Arráez que operaron en las islas de Lanzarote y Fuerteventura y entre las islas de Madeira y Azores. Pero el que más nos gusta es Alí Arráez, cuyo nombre real era Simón Romero, nacido en Las Palmas de Gran Canaria en el siglo XVII. Se dice que estaba pescando, siendo casi un niño, y fue raptado y vendido a Argel. Allí adquirió un elevado estatus y fue almirante de la armada argelina. La memoria popular cuenta muchas historias sobre él, porque a pesar de que asediaba las islas y a los barcos españoles que cruzaban el Atlántico, ayudaba a los cautivos a recuperar su libertad, en especial a los canarios.
El cariño y ayuda que recibían los canarios por estos piratas, especialmente por Alí Arráez, lo enlazo con la historia de Fray Antón Quintana, el primer aventurero canario en América, que nació en Agüimes en 1666. Se hizo religioso porque quería ir a Las Indias, y cuando se había ordenado sacerdote en el seminario de la orden dominica en Madeira y volvía a su tierra para decir su primera misa, fue raptado por piratas berberiscos y vendido como esclavo en África a diferentes dueños; hasta que al fin fue llevado a Argel y un importante personaje lo ayudó a recobrar su libertad y a volver de nuevo a su tierra. Esta historia es larga y muy interesante. Fabulé la historia real de este fraile aventurero con el título de Aventuras y desventuras de Fray Antón, en torno a las actas del largo juicio celebrado en diferentes audiencias españolas, para cobrar la gran fortuna que dejó el fraile en América. Esa fue la primera herencia de un indiano que recibía una familia canaria. El juicio duró más de cincuenta años y el dinero obtenido se compartió con el virrey de Tenerife y con la compañía religiosa. Aun así, la herencia permitió a la familia vivir como hacendados varias generaciones.
Cada isla tiene a sus héroes y villanos, piratas venidos allende de los mares. Algunos de ellos, poderosos amigos o enemigos, vivieron en épocas históricas. Lo que nos permite investigar sus acciones, como sucede con Amaro Pargo y Cabeza de Perro naturales de Tenerife. Los episodios de su vida y sus correrías son usadas por muchísimos creadores. Cada isla tiene representaciones teatrales y versiones diferentes sobre la vida y las obras de sus piratas preferidos.

También he leído diferentes versiones históricas y fabuladas sobre la invasión de Horacio Nelson. O la invasión, quema y derrota de la ciudad de Las Palmas por el corsario Pieter van der Does. En Apuntes para la Historia de la Literatura Infantil en Canarias (2012) están recogidas más de una decena de autores, casi todos docentes, que cuentan las historias de estos piratas. Pero estoy convencida de que se harán muchas más versiones realizadas también por escritores, docentes o no, que conocen la importancia de la literatura para los más pequeños y la necesidad que tienen de conocer su oralidad y fantasear con ella.
No puedo dejar de nombrar al pirata Francis Drake, que según memoria popular pasaba largas temporadas en la hermosa bahía de Arguineguín para descansar de sus correrías, curar las heridas de su tripulación y aprovisionarse. A pesar de la crueldad con que se representa en la historia, los habitantes del barranco mantuvieron un entendimiento cordial con ellos. Como curiosidad diré, que en la playa de Las Marañuelas de Arguineguín hay una placa que dice: Aquí estuvo el pirata Francis Drake (La puesta de la placa también forma parte de un cuento más reciente que ya les contaré otro día).
Otros piratas menos conocidos están en la memoria popular como seres cercanos y amistosos con los que intercambiaron alimentos, útiles y experiencias. Ejemplo de este caso está Diente de Oro en la isla de Fuerteventura. Cuento la historia resumida:
Fue en un día de calima tormentosa cuando naufragó aquel barco pirata cerca de la costa. Lo vieron hundirse al anochecer en el fragor de la tormenta. Corrió la voz y los vecinos de la zona se apostaron en las playas con la intención de ayudar a los náufragos. Permanecieron muchas horas orando para interceder por los navegantes. Nadie descansó aquella noche porque esperaban un milagro. De repente, en medio de la bruma, creyeron distinguir una almadía arrastrada por la corriente y corrieron a su encuentro… ¡Ni se sabe el tiempo que la siguieron a través de los arenales! Pero la bruma nocturna borró sus huellas.
Muchos días después, con el viento ya calmado, unos pescadores encontraron a un hombre vagando por las dunas, gritando incoherencias:
—¡Soy el pirata Diente de Oro¡¡El valiente capitán corsario! Díganme: ¿Qué lugar es este? ¿Quiénes son ustedes?
Los isleños lo atendieron con cariño y pacientemente escucharon sus lamentos.
—¡Mi tesoro! ¿Dónde está? Lo enterré aquí, junto a esta montaña. Estoy seguro porque lo dejé bien señalizado. ¡Aquí, sí, aquí, fue aquí donde lo enterré…!
Por las inconexas palabras que conseguía emitir, los majoreros entendieron que el pirata llegó a la isla el mismo día del naufragio, en la almadía que ellos vislumbraron entre las olas. Imaginaron lo que sucedió y sintieron una pena tremenda: el terrible viento que soplaba esos días alteró la forma de las dunas y las cambió de lugar y ahora era imposible saber en cuál de ellas estaba enterrado el tesoro.
Cuentan los abuelos del lugar, que Dientes de Oro estuvo varios años removiendo las montañas de arena en busca de su fortuna; hasta que un buen día, enamorado de una guapa majorera, se casó y abandonó el obsesivo trabajo, pero nunca lo olvidó. De vez en cuando, con la disculpas de ir a pescar, seguía rebuscando en la arena. Tampoco lo olvidaron los majoreros, que tomaron buena nota de sus palabras y bautizaron, –¡Por si acaso fuera verdad!– una larga zona; más o menos por donde podía estar el tesoro, como Las Montañas del dinero, situadas entre las costas de El Matorral, detrás del actual aeropuerto, y la extendieron, como broma, hasta el límite con el Municipio de Betancuria.
Estoy convencida de que los majoreros han contado la historia en sentido figurado, porque ellos han sabido siempre que su “Dorado canario” comenzaba ahí; en los mojones dorados de sus Montañas del Dinero, y continuaba por los ondulantes dorados de sus dunas…
El mar es fuente de inspiración para la mayoría de creadores canarios en la literatura, (especialmente poesía y narrativa). Nombrar a los escritores que han dedicado su obra o parte de ella al mar, es meter toda la literatura canaria en este trabajo. Pero sí puedo decirles que suelo repasar algunos de vez en cuando, como Tomás Morales o Pedro García Cabrera, y su lectura es tan hermosa, que emociona y me da energía para seguir…
En cualquier modalidad artística que los canarios cultiven, el mar ocupa un papel importante en sus obras. Porque el mar es como el patio de nuestras casas. Y en nuestro patio comemos, jugamos, dormimos la siesta, hablamos, pasamos veladas importantes, nos relajamos cómodamente, gozamos de nuestros pasatiempos favoritos, y pasamos los mejores ratos de nuestra vida… Está tan presente en nuestro desenvolver diario que es imprescindible para vivir. Pero debemos entender que también es el patio de todos, que solo somos un trozo de esa inmensa manta azul que envuelve a todas las islas, y nos recuerda que hay una sola Tierra. Del mar nos llega la magia de las ondinas que salen en la noche y juegan como niñas… Es justo a esa hora, que juegan la luna y el mar. La mar ondula su comba y luna juega a saltar…. Del mar nos llega el baile de las morenas cuando cantan los pescadores: “Jo, morenita jo, jo…asoma morena, asoma bonita…te quiero pintada, te quiero negrita…Jo morenita pintada. Jo… jo…”. Del mar nos llegan miles de leyendas… Del mar nos llegan los alisios cargados de emociones y regalos… Y las expresamos como sabemos y podemos.
El mar también es la gran puerta abierta por donde salían y entraban los jóvenes en busca de una mejor vida. Durante siglos fuimos un país de emigrantes con épocas de sangrantes desbandadas… Miles y miles de historias duermen en la memoria escrita de los libros, y otras tantas se mantienen vivas en la memoria popular… Necesitaría mucho tiempo para explicarles las historias oídas y vividas como biznieta, nieta, hija, y hasta esposa de emigrantes: ¡muy afortunada mi familia, porque todos volvieron! Mi abuela cantaba, al estilo antiguo, estos romances:
Alisios vienen y van
desde la querida América.
Trae y lleva dulces ecos
del ancestro de Canarias.
Hay quien escucha en sus silbos
adioses de despedidas,
amores que no olvidaron
y promesas incumplidas.
Dicen que toca ventanas
como paloma huidiza,
por si aún encuentra dueñas
de aquellas cartas perdidas.
Espérame niña,
que ya volveré
trotando entre brisas
del amanecer!
La niña quedó esperando
las señales de su amado
y solo escucha la lluvia
como los besos negados.
Más él nunca la olvidó
y en el viento agazapado,
manda suspiros y besos
para aquel su amor lejano.
Por eso pensamos siempre
en emigrantes amados
y vemos en los alisios
el sacrificio paisano.
Vamos a jugar
Al coro del viento
Corazón de paz
Y ruedas abiertas.
La rueda abierta del mundo sigue dando vueltas y más vueltas… Hoy ha cambiado el rumbo y gira en otros sentidos; pero el mar nos sigue trayendo historias y generando más y más tradiciones de idas y vueltas… Es el cuento de la rueda de nunca acabar…