La memoria de Rafael Romero, Alonso Quesada, se mantuvo viva, tras su fallecimiento el 4 de noviembre de 1925, gracias a la labor de quienes lo conocieron personalmente y admiraron su obra literaria. Durante algunas décadas se celebraron homenajes y se organizaron eventos en su honor con asiduidad, y se publicaron decenas de referencias en la prensa de la época, en forma de artículos, recordatorios, poemas conmemorativos, etc. Desde el punto de vista crítico, las firmas más destacadas, que fueron engrosando poco a poco la bibliografía del poeta, eran las de los poetas que, de un modo u otro, formaron parte del círculo creativo de Quesada, como Luis Doreste Silva, Pedro Perdomo Acedo, Juan Sosa Suárez o Félix Delgado. Este último, con motivo del décimo aniversario del fallecimiento del poeta, recordará la importancia de la memoria reconstruida por quienes lo conocieron e instará a que se fomente el acercamiento crítico a su obra (1935: 5):
Nuestro propósito no es otro que el de fijar una serie de datos, recuerdos y notas que, aunque intrascendentes, a lo mejor, quizás puedan servir de huella a alguien que un día se decida a escribir con perfecto método, documental y crítico, la «Vida y obra de Alonso Quesada». No ocultaremos, de otra parte, que aspiramos con estas notas a avivar el recuerdo de muchos amigos del poeta que tantas cosas íntimas saben de él y que podrían precisar más los momentos trascendentales de su vida. Citemos entre ellos a Agustín Millares Cubas, Domingo Doreste, Francisco González Díaz, Miguel Benítez Inglott, Claudio de la Torre, Agustín Millares Carlo, Saulo Torón, Juan Rodríguez Yanes, Rafael Cabrera Suárez, José Feo Ramos, Federico Cuyás, Pedro Perdomo Acedo, Luis Benítez, Fernando González, Luis Doreste, Néstor, «Jordé».

En una línea más académica, estudiosos como Ángel Valbuena Prat (1926 y 1937), Joaquín Artiles (1941) o María Rosa Alonso (1945), contribuyeron a contextualizar al autor en los movimientos literarios de la época y a generar perspectiva sobre su obra. Una obra que, entre 1922, con la publicación de La Umbría, y 1944, cuando el Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria edita Los caminos dispersos, permaneció casi invisible para los lectores del momento. Y que, hasta la década de 1960, con la publicación de Poesía, Obras Completas I (ed. de Lázaro Santana), Tagoro, 1964, no empezará a normalizarse. En medio, dos pequeñas muestras quesadianas debidas a los impulsores de Planas de poesía: Smoking Room (1949) y Llanura (1950). En la empresa de Planas, cabe añadir, figuraba como encargado de las cuentas Rafael Roca Suárez, casado con Rita Suárez, viuda de Quesada.
***
El 19 de diciembre de 1952, un joven poeta dado a conocer en la revista tinerfeña Mensaje (Tenerife, 1944-1945), llamado Carlos Pinto Grote, neuropsiquiatra de profesión, pronuncia en el Club de Universitarios de Las Palmas de Gran Canaria (inaugurado un par de años antes con una exposición de Gómez Bosch y una charla de Luis Doreste Silva), una conferencia titulada Alonso Quesada o la intimidad, tal como queda anunciado en Falange el 18 de diciembre de ese año.

Aunque, por edad, no estaba vinculado a los círculos quesadianos, Carlos Pinto sí pertenecía a una saga familiar muy culta (era hijo del también poeta Pedro Pinto de la Rosa, y sobrino-nieto de la escritora Mercedes Pinto), por lo que conocía de primera mano todas las publicaciones de Quesada hasta el momento (como demuestra la bibliografía que maneja el autor en su conferencia). Por otra parte, Carlos Pinto tenía íntima amistad con Pedro Lezcano, poeta e impresor de numerosas iniciativas (como la de Planas de Poesía), que edita, por ejemplo, Smoking Room. No es de extrañar que, en su ensayo, haga una alabanza de estas iniciativas editoriales últimas en beneficio del conocimiento de Alonso Quesada, a la vez que señala el olvido al que, ya en esos años, se estaba condenando al autor grancanario, especialmente fuera de su isla natal.
La conferencia de Carlos Pinto Grote, que ha permanecido rigurosamente inédita durante más de 70 años, es probablemente el más extenso estudio panorámico sobre las obras de Quesada entonces conocidas. Hasta los trabajos de Lázaro Santana, especialmente a partir de la década de 1970, no encontramos otra contribución bibliográfica de tal alcance. El carácter de ensayo de esta conferencia hace que Pinto Grote se mueva con comodidad en el terreno de las ideas, no solo para sortear el corsé de una crítica académica a la que no pertenece, sino para poder ofrecer una aproximación personal a la obra quesadiana que revela no pocas concomitancias con el ideario estético del propio poeta tinerfeño, cuya obra empezaría a publicarse regularmente justo en la década de 1950.
El valor de este ensayo es, por tanto, doble: por un lado, entra a formar parte del engranaje de la bibliografía pasiva de Quesada, lo que completa la historia de la recepción crítica del autor; pero, por otro lado, ofrece una visión extremadamente singular (que prácticamente inaugura la andadura ensayística de Pinto Grote), sobre un poeta para él predilecto, cifrada en un sutil equilibrio entre poeta y psiquiatra.

Alonso Quesada o la intimidad, 19 de diciembre de 1952
Transcribimos el texto completo de la conferencia Alonso Quesada o la intimidad a partir de una copia mecanografiada que consta de 13 folios de 21,5 x 33 cm., perteneciente al archivo familiar Pinto-Trujillo. Se corrigen las erratas y se moderniza la ortografía.
Referencias bibliográficas
ALONSO, María Rosa (1945): Alonso Quesada, poeta canario. Cuadernos de literatura contemporánea, pp. 16-17, Madrid.
ARTILES, Joaquín (1941): Tomás Morales y Alonso Quesada, Lecciones de literatura canaria, Las Palmas de Gran Canaria: El Museo Canario.
DELGADO, Félix (1935): Recordando a Alonso Quesada. Hoy. Diario de información, Las Palmas de Gran Canaria, 5 de noviembre, pp. 5-6.
VALBUENA PRAT, Ángel (1926): Algunos aspectos de la moderna poesía canaria, Santa Cruz de Tenerife: Librería Hespérides.
VALBUENA PRAT, Ángel (1937): Historia de la poesía canaria I. Barcelona: Seminario de Estudios Hispánicos.
***
Alonso Quesada o la intimidad
Carlos Pinto Grote
Si he querido hablar de este poeta vuestro, aquí, no ha sido por halagar oídos ni suscitar comentarios. Tampoco por un deseo de notoriedad; menos aún por tener un número elevado de oyentes. He querido hablar aquí de don Alonso Quesada porque me encuentro con él cada vez que llego a esta ciudad, porque le veo en las calles y le siento vivir en este ambiente salino e íntimo de una ciudad dormida, o despierta, a la orilla de este mar que, como dijo Rafael Romero:
…refrenó la angustia
del corazón el día que mis años
mozos se hallaron solos, sin camino,
frente a la inmensidad de tu silencio.
Porque hablo aquí y digo aquí cosas vagas sobre el poeta, he de decirlas en tono menor y sin pretender nada. Perdonadme: pretendo solamente sentirme más cerca de vosotros que lo conocisteis y lo habéis leído tantas veces, más que yo mismo.
Siempre, desde mis primeras lecturas poéticas, me atrajo este hombre como una voz sutil y amargamente transparente. Ahora, cuando llevo muchas horas vividas en unión íntima con sus libros, con él, por tanto, me he dado cuenta de ese «algo» indescriptible que sus palabras poseen, me he dado cuenta exacta de la significación de la palabra intimidad.
Frente a Tomás Morales, el poeta del exterior, de la forma, aparece Alonso Quesada. Rafael Romero es el poeta de la intimidad y del hogar. Pero no hemos de creer en que, por ello, precisamente, por esa dolorosa intimidad, deja de tener el poeta una voz universal.
No hay, ni siquiera en La Umbría, ese localismo encerrado, con su problemática en tono menor, tan frecuente en los poetas cercados, cortados por el ambiente que les ha tocado vivir.
Alonso Quesada trasciende su intimidad universal izándola.
***
Para seguir un orden de exposición, una metódica, aunque soy un cordial enemigo del método, no tengo otro remedio que encerrarme en la ficción y en el aburrimiento de lo sucesivo, de lo regular, de lo previsto. Y, aunque mi imaginación se vaya detrás de una idea encantadora, en pos de lo imprevisto, que es la voz de lo infinito siempre, he de hacerla retornar al cauce rígido del fluir lógico y ordenado del pensamiento.
El primer fenómeno que aparece en el poeta, apenas le conocernos, es el de su nombre.
Se llamaba Rafael Romero. ¿Efectivamente era este su nombre? Yo diría que lo llamaban, lo nombraban así. Porgue Rafael Romero era en una misma encarnación humana, un conjunto de nombres y de hombres. El tranquilo poeta, el hombre humilde de oficina y números, el autor teatral, el cronista lírico, el delicado y fino humorista. Rafael Romero, Alonso Quesada, Gil Arribato y Felipe Centeno ¡Qué entraña esa distinta manera de nombrarse!
Es de gran interés psicológico el estudio de los seudónimos, de los falsos nombres que adoptan los hombres para enseñarnos sus obras. Siempre han existido estos nombres que ocultan, que velan, que difuminan a una persona. Rafael Romero no tenía, o no creía tener, nombre suyo. Por ello tuvo tantos nombres arrancados de los demás o creados por él para construir una muralla fuerte, para rodear su intimidad y encontrarse.
¡Qué interesante es siempre hallar este fenómeno de la busca en los poetas! A través de sus obras, unas veces, por un ligero y sutilísimo detalle, comprendemos o mejor intuimos ya que el pensamiento lógico no interviene en este acto de conocimiento, lo que ha buscado el poeta, ese algo inefable y que se escapa cuando ya cree tenerlo seguro, ese insignificante trocito de verdad cósmica, ese átomo de Dios en el que está toda la paz ansiada, esa partícula inencontrable del infinito que es, afortunadamente, así, inhallable, porque si no lo fuera, la obra humana no tendría posibilidades ni pasión. Rafael Romero se evade de sí mismo llamándose de muchas maneras, para encontrarse en él mismo, para ser uno, un único hombre. Solo pasión enterrada y honda en la forma sencilla de sus poemas.
Siempre es el poeta una persona, en el sentido griego de la palabra, una máscara, un no ser en sí, un diluirse entre los nombres. Él es un hombre plural con todos los sentidos y con un solo sentido profundamente esotérico, el de su intimidad. Detrás del nombre falso está siempre o debe estarlo el núcleo íntimo del hombre, pero hábilmente disimulado.
¿Por qué el seudónimo? ¿Es que no gusta el propio nombre? ¿Es timidez? ¿Es un ponerse en una nueva personalidad y ser detrás del nombre lo que se quiere ser? Rafael Romero. Un nombre brillante y evocador, una mezcla de cielo y de Andalucía un nombre de poeta, de hombre valiente.
Aquí está Rafael Romero. ¿Quién no volverá la cabeza al oír un nombre así, en la calle o en el café? Sé que no era tímido el poeta porque así me lo han dicho hombres y mujeres que le conocieron. Entonces me pregunto: puede ser una máscara, un velo tendido, ante la verdad íntima. También puede ser una esperanza de llamarse y encontrarse único y distinto, una busca también del yo perdido en el mar de la angustia. Puede ser todo esto. Pero, para mí, estos seudónimos de Rafael Romero son solo una defensa frente a la vida, una lucha con el fenómeno de la adaptación, una coraza protectora del yo frente a los hombres.
Por otro camino es una broma gastada a la muerte. ¿A quién me llevará de ellos?, se preguntará la muerte el día señalado en el destino, el día o el instante en que el hombre pasa de la vida palpable a esa otra nueva vida que llevará el muerto en la me memoria de los que esperan la llamada. «Su memoria ya no es de él, que es mía», nos dice cuando habla de su dear Rowe. La ironía del poeta era inmensa, como una sonrisa de niño que sueña en algo, en todas esas cosas vagas que sueñan los niños y de las que nosotros solo sabemos que son dulces por la sonrisa con que las señalan.
Pero no preguntemos más. El poeta nos dice por qué cambia de nombre. Lo escribe una y otra vez. Entre los poemas se nos escapan las frases fundamentales. Si leemos despacio hallamos la razón de su intimidad, y de ese otro algo indefinible que lo llena todo en Alonso Quesada como llena la vida de todos los poetas enraizados en la tierra: esa posibilidad de realizarse que llamamos angustia.
Pues qué soy yo sino barro frágil
y qué es mi cuerpo sino orza de barro
con miel de sueño
en las entrañas.
En ese barro frágil pone el nombre. La miel de sueño no se cambia porque la orza sea otra. Como a Cina, aquel poeta perseguido en el Julio Cesar de Shakespeare y al que un centurión ordena «arrancarle el nombre del corazón y dejarle marchar», nuestro poeta se arranca el suyo y lo dispersa.
Entonces se convierte tan solo en una voz que habla desde lo más profundamente humano, desde la eternidad infinita del ser. Desaparece el nombre y desaparece para guardar la intimidad, para no ser el Rafael Romero de su familia, el otro Rafael del amigo, el solamente Romero del conocido, el señorito Rafael, don Rafael. Para no ser distinto. Para ser una multitud de nombres y una multitud de personalidades, para entorpecer a los devoradores de hombres, cuyo conjunto se llama ciudad, y darle una presa multiplicada, un espejismo de personalidades.
Para poder ser él mismo y, también, por su angustia: «Para anularme, lejos», como nos dice en un poema. Es crucial para el poeta el encuentro con la angustia, con esa forma de existencia inacabada, solo privativa del hombre, con esa incertidumbre de sí mismo que le abre ilimitadas posibilidades. Con esa seguridad de la nada que tiene siempre un poeta, voz eterna y ancestral de lo humano.
Y así subí tan dulcemente ahora
que el tránsito fatal fue como un sueño de niño.
La muerte no es nada.
Nos afirma su angustia irrefrenable y ese su deseo de intimidad, suya, genuina y sinceramente amarga.
Más tarde nos dirá:
Grito de mi cabeza
que estás rebotando loco
entre las recias paredes
del cráneo maldito.
Porque no puede con la enorme carga, porque su corazón «es ya apenas importante en la línea sentimental de las cosas», porque su camino es mañana: y él mismo es mañana, es decir posibilidad, albarrenacer en la pureza de lo cierto y en el olvido de su vida: “Voy sobre ti para anularme, lejos”.
El lino de los sueños es la apología de lo trivial, el encanto de lo íntimo llevado a su más alto clímax, es su autobiografía dolorosa de la que se sonríe a cada instante, amargamente. Se afianza en lo cotidiano para evadirse de lo que más tarde va a decirnos en ese maravilloso poema que se llama La Umbría. Me pregunto si ha sido alguna vez llevado a la escena. Casi puedo asegurar que sería imposible hacerlo, aun con los recursos que posee hoy el teatro. La Umbría es lo trágico. Una cima de lo trágico solo comparable a La intrusa de Maeterlinck, a la que sin duda alguna supera. Si en La intrusa el personaje principal es la muerte, esa muerte que ve el abuelo desde que comienza la obra, en La Umbría aparece otro personaje que está presente ya, que vive en nosotros desde que abrimos el libro, que nos llena desde la primera línea leída: otro personaje también femenino y sutil, como la muerte. Se llama –he aquí un ejemplo del poco valor expresivo de la palabra humana– angustia.
He aquí que don Alonso Quesada topa con la angustia en su viaje por el íntimo universo creativo. Pero esto es un entuerto que no logra deshacer. Y aquí está La Umbría para demostrarlo.
Solo hay en este poema una figura vitalmente fuerte: Juan Conforme, para el cual «todo es vida». Moldea el hierro en la fragua y así es su existir, como el brazo que golpea el yunque. Los demás personajes viven a través de la enfermedad. Toman la enfermedad como una forma de existencia y moldean esta a través de su conocimiento del mundo como padecer y sin posibilidades de realidad. De aquí que esta enfermedad que llena La Umbría, la casa, el campo de los alrededores, que conforma a los hombres sanos de una manera nueva y extraña, es solo el leit motiv de la sinfonía que ejecuta Rafael Romero. Porque también, sin la enfermedad, La Umbría sería trágica, dolorosamente angustiada.
Hay, en el poema, un alto sentido religioso, con una religiosidad medieval: la del alma que quiere romper los lazos que la anudan a la podredumbre, que necesita espacio, que no quiere cortinas viejísimas de damasco polvoriento para quitar el frío a la única, a la última esperanza. Esa es la maravilla metafórica de la escena en la que las hermanas buscan una manta para abrigar a Gabriel, el niño, y lo cubren con una viejísima cortina que, al ser arrancada, los llena de polvo. ¿Se dio cuenta Rafael Romero de que Gabriel quiere decir anunciador? ¿Vio claramente el simbolismo de llamar así a un niño que es posibilidad absoluta? Este es el momento de la entrega máxima. Después de esta escena, la precipitación en la desesperanza es rápida y certera. Y Salvadora, que lo comprende, busca el amor como único asidero y camina en la noche perseguida por el misterio.
En algunos pasajes, La Umbría tiene la altura de un auto sacramental. Cuando el perro César dialoga con Salvadora, lo poético alcanza calidades extraordinarias y el símbolo de la conciencia surge en las palabras del animal que ve más allá de ese inconsciente de la hermana que busca el amor como salvación, aun sabiendo que el final solo puede ser la nada y la desesperanza.
En La Umbría todo es espera. Esperanza indefinida, castillo aéreo, frenesí de libertad interna, saeta hacia el azul, alma en fuga. La Umbría es don Alonso Quesada, un don Alonso Quijano de la Isla seca. Que no pueda perdonar «esta condena de isla y de mar, Señor». Que no sabe lo que busca. Y que nos dice:
Ted se agolpa en la existencia mía
sin llegar a fundirse. Ahíto de silencio
las divinas palabras se precipitan
en lugar de brotar por el camino secreto
que tiene el alma, hacia la recóndita cripta
del sueño, y de la nada infinita.
¡Palabras! Yo no sé lo que busco
ni si es de puro amor o de rencor impuro
la llama que ahora siento arder en el alma
ni si es pensativa, o desesperada mi razón maldita
ni si mi ánima es codiciosa o esquiva.
Sobre el mar que mañana me llevará de nuevo
a las playas remotas
donde retuerce su esterilidad mi vida
tiendo los brazos y el sollozo inmenso
del mar, agranda mi sollozo humano.
Pero hay más aún. En la voz y en el pensamiento del poeta está la verdad y no en vano la psicología ha aprendido tanto en sus fuentes. Los poetas tienen el secreto del mundo y de las cosas y del ser del hombre. Sus metáforas o sus símbolos han de ser interpretados a la luz de nuestra historicidad para extraer de ellas las verdades esenciales que poseen.
Alonso Quesada, que en El lino de los sueños nos escribe su biografía de isleño, atisba una posibilidad de ser algo o de llegarlo a ser, que es distinto. Más tarde, cuando ve la imposibilidad de ello, no por sus limitaciones intelectuales sino por su situación vital, se convence de su vano intento de llegar a ese final que íntimamente anhelaba y entonces se vuelca autobiográficamente en La Umbría. ¿Qué son sus personajes sino trasunto de su yo? Él se sabe complicado en el asunto de su vida, en el negocio de su existir. Sabe también que las almas sencillas no tienen jamás la enfermedad de La Umbría y por ello, uno de sus personajes, el del médico, le dice a la sirvienta “nada se os pegará. El mal es demasiado fino para vosotros, no tengas miedo”.
Buscar a Dios en el camino sencillo del rezo, de la murmuración o de la misa del domingo a nada compromete. Pero buscar a Dios como lo hace don Alonso Quesada es difícil porque es buscarlo en un buceo espiritual a profundidades abisales y allí, entre las algas de los peces, queda el individuo perdido y Dios inalcanzable. Don Alonso, que se sabe perdido, intenta cubrir su esperanza con las viejas cortinas de damasco que son la tradición. Pero el damasco solo es cortina o tapiz o tela para muebles de patas retorcidas. Es frío y de un rojo como la sangre de los muertos. Rafael Romero sale de la isla buscándose. Y no se halla porque su ser ha quedado aquí. Porque él tiene que levantarse cada mañana y saberse condenado a mar y a tierra seca. Porque necesita palpar esa tierra y decirse: aquí está mi raíz, y también mi tumba.
Pero dejemos La Umbría. Una tarde ociosa y tranquila de La Laguna, me hallaba en la biblioteca de mi abuelo y, sin ganas de leer nada concreto, revolvía libros, hojeaba viejos manuscritos y leía algún que otro poema de Garcilaso, que siempre ha sido uno de mis clásicos castellanos preferidos. Por azar abrí un pequeño volumen encuadernado en rojo. Había en la primera página esta dedicatoria:
El desaparecido Felipe Centeno, amigo cordial de Alonso Quesada su amigo de Vd. admirado, querido Carlos Cruz, tiene el alto honor de dedicarle este libro único desde una regocijada ultratumba.
Felipe Centeno
El libro tenía dos partes, Crónicas de la ciudad y Crónicas de la noche, escritas por don Felipe Centeno o Don Gil Arribato, como antaño fue el verdadero nombre del cronista. La edición era de 1919. Pocas veces en mi vida he reído tanto como leyendo a don Felipe Centeno.
Me admiró la penetración psicológica del autor al describir los tipos y los casos que en su tiempo tenían lugar en esta ciudad de Las Palmas. ¡Como conocía a su gente!
Leeré de él solo una crónica de la ciudad breve y ligera. Ella dirá más de lo que yo pudiera deciros sobre el ingenio y el humor de don Felipe Centeno, también llamado Gil Arribato, Alonso Quesada y Rafael Romero.
Robaina está molido
Cuando un ciudadano isleño está molido, hasta las estrellas desaparecen de emoción. ¿No habéis oído quejarse al ciudadano un sábado a la tarde! El ciudadano llega cansado de su paseo y se echa en un sillón y dice:
—Estoy molido.
La familia, entonces, se estremece. Este molimiento del ciudadano es de una gran trascendencia. Representa que tiene por lo menos dos callos y que viene del Puerto. Siempre que se viene del Puerto hay molimiento. A veces, el ciudadano llega del Casino donde ha estado sentado toda la tarde, y aunque haya reposado bien, se encuentra molido. Lo dice así, oídlo:
—¡Qué molido estoy!
Otro día, el ciudadano se muele de verdad y entonces el quejido es enorme. De molimiento pasa a muerte:
—¡Estoy muerto!
Pero generalmente no está el ciudadano más que molido. Si es Cónsul y tiene que asistir a una función religiosa, a una de esas funciones largas y nutridas, el ciudadano no almuerza cuando vuelve.
—¿Pero hombre, por qué no almuerzas?, —le pregunta su esposa.
—Es que estoy molido, —responde el ciudadano—. Se me han quitado las ganas. El olor del incienso me ha dejado molido.
La esposa no comprende bien cómo un olor tan amable y tan sagrado, puede moler nada. La esposa sabe que solo muele el molino, pero, como el esposo asegura que muele también el incienso, ella se calla y no medita, ni pregunta más.
Si el ciudadano es comisionista y se pasa el día sentado sobre un saco de garbanzas en la tienda de su cliente, cuando a la noche vuelve a la casa, llega triste, rendido, fatigado.
—¿Qué molido estoy, hija!
—Habrás trabajado mucho.
—No, no he hecho nada. Me he pasado el día sobre un saco de garbanzas, pero estoy rendido, como si me hubieran dado una paliza enorme.
Si el ciudadano no es nada, y se levanta a las doce y se acuesta temprano y se pasa el día ora en la puerta del Casino, ora en la Plazuela, ora en el muelle, y es además hombre sano y rico y dichoso, también regresa a su casa molido. También lo muelen unos poderes misteriosos, mágicos. Este ciudadano, si recibe una cantidad de aire mayor que otro día cualquiera, dirá luego que está molido; si habla con cuatro personas en vez de tres, como habló el día anterior, se encontrará molido al final del coloquio y tendrá que acudir a la cama o al sofá enseguida.
Si el periódico trae una noche más telegramas que de costumbre, el ciudadano se molerá. Todo él estará lleno de dolores, al acabar la lectura. Y así el ciudadano se encontrará molido hasta en el ataúd.
¿Por qué estarían molidos siempre estos buenos hombres? ¿Por qué, si no hacen nada, si no caminan, si no corren, si no trabajan, están tan molidos? ¿Es que ellos han nacido ya molidos del vientre de su madre? No, no. Es solo el espíritu lo que está molido. Lo ha molido un molino negro y silencioso que mueve el diablo. Su espíritu crítico tenía un no sé qué de anglosajón, una seriedad en la ironía sencillamente perfecta. Generalmente el ironista suele ser un hombre resentido, un hombre que, como indica la palabra ha sentido dos veces el mismo fenómeno y lo ha incorporado a su yo como parte indivisible del mismo. Por ello, el ironista o el escritor que de esta manera se expresa, deja en el lector un resabio de amargura y de descontento difíciles de alejar.
Pero Quesada tiene una extraña manera de ironizar, una manera perceptiva de ironizar y decir les palabras que lo alejan enormemente de lo vulgar y manoseado. Habla en el lenguaje sencillo y le deja su propia gracia natural. Los comentarios son breves, pero certeramente justos. Cambió de nombre para escribir sus crónicas. Porque no puede ser Alonso Quesada, réplica de Quijano, el que escriba sobre lo diario y lo intranscendente. Es este cambio de nombre, una defensa, como ya hemos dicho y es, también más que todo eso: es el olvido de la vida seria y vulgar que vivía; es un desvivirse de la angustia que le llenaba los plasmas desde el nacimiento de su conciencia, desde que comenzó a vivirse.
Su otra obra, enormemente sentimental, es Smoking Room. Los hermanos Millares Sall la publican en el año 1949 en la Imprenta de Pedro Lezcano. Digo que es su otra obra enormemente sentimental, porque en ella puso Alonso Quesada la pena por los ingleses de la colonia. En cada palabra surge esa pena por ellos, por los extranjeros, tan lejos de su patria que les dio el oro y la seguridad de la escuadra, pero que les cercenó a flor el fermento de la inquietud. No los odia ni los ama, le sucede algo peor con ellos: le son indiferentes. Porque ve sus almas llenas de números y oye sus voces estereotipadas cada vez más parecidas al carrillón de Westminster, lleno de frialdad y de consciencia exacta de su cometido, sin permitirse nunca cambiar el sonido de sus campanas o el elevar la voz, siempre como el alma de los ingleses, llena de Shakespeare comentado y de discursos parlamentarios.
Hasta aquí nuestro Alonso Quesada. Nuestro descuidado Rafael Romero, del que solo se han ocupado el Gabinete Literario al editar su obra Los caminos dispersos y los Hermanos Millares Sall, como ya dije. Su transcender a la poesía nacional es escaso y creo que nosotros, los isleños, somos los culpables de la escasa valoración que este poeta merece. Don Miguel Unamuno y Gabriel Miró si sabían quién era, y no solo en los prólogos de sus libros sino en sus vidas. Alonso Quesada aparece como una real personalidad de la poesía y de las letras de Hispania.
Tal como aparece en las antologías, Alonso Quesada es un hombre oscuro. Dice Sainz de Robles «Su poesía es profundamente melancólica y enfermiza. Canta al mar como asustado por el mar y canta con un acento menor que llega al ensimismamiento». Quizá en este párrafo que le dedica Sainz de Robles no haya sino una palabra exacta: «ensimismamiento». En Sí Mismado. Es decir, viviéndose, sintiéndose existir aquí y ahora. ¿Es que el antólogo creía que Alonso Quesada podía escribir de otra manera?
Más tarde dice del poeta: «Tiene ecos de ironía resignada». ¡Qué escaso conocimiento del poeta y qué pobre opinión sobre el hombre que nunca fue un resignado, como nos lo enseña toda su obra atormentada y buscadora! La verdad de nuestro poeta que es universal solo pueden aprenderla en toda su plenitud los isleños de esas «Tierras de Gran Canaria secas, en mi niñez tan luminosos», los habitantes de las islas todas que son como «Campos, eriales, soledad eterna, honda meditación de toda cosa». Por ello debemos decir, explicar, encontrar al poeta y ponerlo en su exacto valor. Porque nadie llegó más a la entraña de nuestro ser que don Alonso Quesada con sus poemas y sus palabras.
Llegamos ahora a Los caminos dispersos. ¡Tendríamos que decir tanto de este libro, leerlo tantas veces, pensar de tal manera sobre él que no habría tiempo ni tendría yo lugar aquí, y menos capacidad crítica para comentarlo debidamente! Solo voy a señalar la importancia de los poemas que contiene. La doble importancia que posee este libro para llegar a la entraña del poeta y para la poesía canaria.
Una de las citas dice así: «Sin pasión, el hombre no es más que una fuerza latente, una posibilidad». Esto lo dice Enrique Federico Amiel. Después comienzan los caminos a ser vividos y cruzados por el poeta, estos caminos en los que cada piedra tiene su sentido oculto, cada árbol su sombra justa, cada recuerdo su exacto límite y lo angustioso llenándolo todo, el aire, el polvo, las estrellas. Por estos caminos va don Alonso Quesada:
Mi frente lleva
lleva la huella de la noche eterna
que cruza tercamente sigilosa.
En estos caminos y en cada hora, el encuentro, el recuerdo, el amor, una pura mujer a la que no conoce y con la que sostiene un largo diálogo, dando a la poesía esa manera coloquial, tan grata a nuestros oídos y a nuestros sentimientos. Escuchad:
¿Quién eres tú, mujer? ¿Crees que pasa
mi corazón alegre porque sonrío y te miro?
¿Sonríes tú también y no puedes creerme,
tal que si fueras mi secreto mismo…?
Y es que no sabes que mis horas pasan
heridas por las manos del camino
y que el dolor me alegra porque el alma
perdió el dolor o lo creyó perdido.
El alma se halla conformada solo
pues que no sirve corazón sin pena:
porque la tiene se contenta el mío.
Mujer: se han de mirar los corazones
ajenos con el propio; pensativo;
que el tuyo aprenda a amar mi amarga historia,
que el llanto aprenda su dolor conmigo;
que tengas sangre bajo el pie que hallaran,
las piedras duras, por hacer camino…
Y luego, ven. Yo seguiré mi ruta.
andando, andando, con mi amor furtivo…
Después otra mujer dorada y triste viene, y más y más mujeres aparecen al principio del camino, quizá las mismas que más tarde van a ser enterradas en un alba de otoño, temerosamente. Las mismas que fueron silenciosas, las mismas que fueron eternamente en la ventana de sus insospechados amores y que murieron de ese mal desconocido que todos supersticiosamente callan.
Esos dolorosos caminos de Rafael Romero son una contenida angustia, un desesperado gritar, un apasionado llanto. Son caminos del invierno en los que aparece la muerte como descanso y como liberación definitiva de su torturado espíritu. Es la última defensa. La afirmación de su ser, muy pronto, es la angustia apasionada, porque él es un hombre con pasión y coartado. Y de aquí salen esas desgarradoras palabras, que son sangre viva en lucha con la urgencia de la agonía:
Tiempo para contar estrellas en la noche
y quedar noche aún para esperar el alba.
Noche, precisamente noche, negrura eternamente vivida esperando, esperando siempre, en toda su vida, en toda su obra, el alba que no llegará jamás, porque la aurora es la muerte del poeta.
***
Es el final. Más podría decir, más quisiera hablar. Pero Alonso Quesada me escucha desde su regocijada ultratumba. Posiblemente se reirá de mí, de mis palabras, de mis opiniones sobre él y sobre su obra. Quizá me diría con la eterna sonrisa de siempre: No querido amigo, no. Yo fui un hombre sencillo que viví una vida tranquila, con mis problemas y mis alegrías. Jamás tuve angustia de nada. Escribí mis versos y mis prosas por entretenerme, sin otro motivo. Es demasiado complicado lo que dices. Yo tendré que contestar. Lo siento mucho, don Alonso Quedada. Lo que he dicho de usted aquí y ahora es la verdad. No será su verdad. Usted era un hombre que le quitaba importancia a sus cosas. Yo procuro dárselas. Puede reprocharme la torpeza al decir mi razón, mi vaga y aburrida palabrería, el poco interés que para sus hermanos de las islas tienen sus obras. Como yo soy también un hermano de la isla, puede acusarme de todo ello. Pero ahora en que, arrepentido de mi pecado, he hablado de usted perdóneme el haberlo hecho tan mal. Este perdón también lo pido a quienes me han padecido durante este tiempo de mi charla. Pero, mi querido don Alonso Quesada, a mí también, como al licenciado cervantino, picome usted de decir mi razón con las palabras y los pensamientos más justos y más sinceros.