Encuentro con Antonio Lorenzo Ramos

Encontrarse con Antonio Lorenzo Ramos es reconocer también a uno de los guías de la Academia Canaria de la Lengua.

Nilo Palenzuela

Universidad de La Laguna

Pocos encuentros más satisfactorios que el que se puede tener con Antonio Lorenzo Ramos (Los Silos, Tenerife, 1936). Profesor de la Universidad de La Laguna durante muchos años, decano de la Facultad de Filología en los ochenta del pasado siglo, cofundador de la Academia Canaria de la Lengua, no solo ha sido un guía en los trabajos de dialectología para varias generaciones, sino también ha sido un escritor que muestra una vía de acceso a la creación literaria que se aleja de la prisa y del afán de ser reconocido, tan actuales. 

Conversador infatigable, con un fino humor que hace que casi todo encaje en la normalidad del tiempo compartido, sin soberbia ni egolatría, se puede hablar con él de literatura latinoamericana, desde los textos de la época virreinal a la literatura contemporánea, de las crónicas americanas a los poemas de su admirado Jorge Luis Borges; y mucho, de lingüística, de fonología y fonética, de lexicografía, de la vertiente dialectal canario-americana de la historia del español.  Puede también demorarse –y demorarnos con él– en los motivos de los grandes escritores decimonónicos, en las novelas de Dostoyevski, de Balzac y de Flaubert, en tantos escritores de esa época que la arrogancia del siglo XX quiso olvidar. Su tono es siempre dialogante, abierto a las intervenciones de sus colegas y amigos y, también, recién conocidos. Nadie más predispuesto a subrayar, como indicaba Hölderlin, ese principio clásico y muy moderno: “somos conversación”. Nadie más próximo a los fundamentos de la paideia que este profesor que habla después de experimentar que el antiguo “conócete a ti mismo” tiene que ver con la experiencia del tiempo que te ha tocado vivir.  Por sus lecturas pudo inclinarse por completo hacia la novela, la poesía y la historiografía literaria; por la circunstancia universitaria de sus años de formación se acercó al habla de Los Silos, su pueblo natal, y escribió un libro que sirvió de horizonte para lexicógrafos y dialectólogos posteriores. Así lo muestra Marcial Morera en el breve trabajo que acompaña este encuentro con Antonio Lorenzo. 

Encontrarse con Antonio Lorenzo Ramos es reconocer también a uno de los guías de la Academia Canaria de la Lengua.

¿El habla de Los Silos te llevó a ver aspectos de la lengua y también de la dialectología que sin esa investigación no hubieran sido conocidos?

La recomendación socrática “conócete a ti mismo” es válida también en el estudio de la lengua. Nos facilita el trabajo el conocimiento del uso que hacemos de nuestra lengua materna. En la lengua, como sabemos, se distinguen tres planos: el fónico, el gramatical y el léxico. Gregorio Salvador, nuestro profesor de dialectología, nos animaba a estudiar nuestro idiolecto. Algunos de sus alumnos, yo entre ellos, nos dedicamos a estudiar el plano fónico de nuestra propia habla. Por eso, cuando intenté describir el habla de Los Silos, ya tenía desbrozado el camino. Navarro Tomás en su Manual de pronunciación española había descrito de manera pormenorizada e impecable la articulación de los sonidos vocálicos y consonánticos de hablantes castellanos. Comparando los nuestros con los descritos por Navarro, podíamos darnos cuenta de las analogías y diferencias. Y resultó que esas diferencias eran bastante notables.

Hemos seguido un método semejante al estudiar el sistema fónico del español de Canarias. De esa manera, por ejemplo, hemos podido comprobar que nuestra /s/ se articula hoy mayoritariamente, no apicodental, sino predorso alveolar, y que ese retraso de la articulación de la sibilante obliga a la africada prepalatal che, (/ĉ/), a retrasar su articulación, que ahora es mediopalatal, la llamada che adherente, que suena de manera bien distinta de la che prepalatal castellana.

En la investigación sobre las variedades del español hay estudiosos que han sido decisivos para la historia de la dialectología. ¿Qué obras o artículos consideras que han sido fundamentales?

El castellano nace en una zona geográfica concreta. En la cabecera del Ebro. En una zona donde los cristianos levantan castillos para frenar a los ejércitos musulmanes que anualmente remontaban el curso del Ebro para expoliar el reino asturleonés. Los habitantes de esa zona son bilingües, como demuestran las glosas emilianenses. Bilingües de vasco y castellano, un castellano que viene del latín popular, pero ya bastante evolucionado. Tanto que ya no se entiende y hay que enseñarlo, como se hacía en ese convento de San Millán. Desde esa época el castellano presenta un fenómeno fónico que lo singulariza, la aspiración de la /f-/ inicial latina (compárese el resultado de la evolución de las palabras latinas farina y formica en castellano, francés, portugués e italiano: harina, farine, farinha, farina; hormiga, fourmi, formiga, formica). Esa primitiva realización aspirada, /h-/, de la /f-/ inicial latina se pierde a lo largo de la Edad Media en el castellano norteño, pero se mantiene en el sur, en la Andalucía Occidental, y de ahí se expande hacia Canarias al final del medievo y luego hacia América. Este mantenimiento de la consonante aspirada es un hecho de consecuencias múltiples y aún hoy imprevisibles en las variedades meridionales del español actual.

Otro fenómeno fónico, cuyas consecuencias marcan la divisoria de las actuales variedades geográficas de nuestra lengua, es el ablandamiento de las consonantes de la serie sonora en un contexto intervocálico. Las consonantes sonoras /b, d, g/ (que proceden de las consonantes oclusivas sordas latinas /p, t, k/: cupa > cuba, timetis > temedes, lacuna > laguna) se pronunciaban como oclusivas sonoras. Pero en la baja Edad Media se ablandan y se pronuncian como fricativas. Parejamente se produce el ablandamiento de las dos africadas predorsodentales características del español medieval. (Se representaban en la escritura mediante las letras ce y çe con cedilla, la africada sorda y, mediante zeta, la africada sonora, que se pronunciaban como [ts] y [dz]: cena, çapato, caçar; fazer, dezir). El ablandamiento o pérdida del momento oclusivo de estas africadas da lugar a la aparición de una nueva pareja de sibilantes predorsodentales, sorda y sonora, s̹/z̹, que se suma a la pareja de sibilantes apicoalveolares ya existentes, ṡ/ż. Y es ahora cuando se produce el fenómeno diferencial definitorio de las dos grandes modalidades del español moderno: el español castellano y el español meridional. Porque en el sur de la península y en su núcleo de población más importante, Sevilla, se produce la confusión de estos dos pares de sibilantes, con predominio de las sibilantes predorsales. La confusión de las dos eses sordas, s̹/ṡ, da lugar a la ese predorsal sorda: s̹/ṡ > , y de la confusión de las dos eses sonoras resulta la ese predorsal sonora: z̹/ż > . O sea, que de las cuatro sibilantes quedan dos, una sorda y otra sonora: /ż. Luego, al perderse la sonora queda solo una, la sorda predorsal: //. Este único fonema resultante en unas zonas se pronuncia como ce posdental, una articulación apicodental sorda, son las zonas de ceceo, y en otras zonas se pronuncia predorso dentoalveolar o predorsoalveolar. Son las zonas de seseo. Menéndez Pidal, sobre todo en su Manual de gramática histórica española y en Orígenes del español, Emilio Alarcos en Fonología española y Diego Catalán en El español. Orígenes de su diversidad, nos detallan pormenorizadamente cómo ocurrieron estos procesos.

¿Qué importancia tienen estos procesos evolutivos para explicar la variedad dialectal del español moderno?

Lo importante es que estos procesos de ablandamiento de las oclusivas sonoras y de confusión y pérdida de sibilantes se produce cuando está ocurriendo la expansión del castellano fuera de la Península, primero a Canarias y después a América. Tenemos, por ejemplo, el caso del ablandamiento y pérdida de la /-d-/ oclusiva del castellano medieval, que procedía de una /-t-/ latina intervocálica: timetis > temedes. Esa /-d-/ intervocálica, que era oclusiva, se ablanda, se hace fricativa y luego se pierde: teme(d)es > temés, amatis > ama(d)es >amáis~amás. Esas formas verbales eran ya populares cuando se descubre y coloniza América. Y esas formas verbales, con las correspondientes formas pronominales: vos temés, son en la actualidad uno de los rasgos esenciales que utilizan los lingüistas americanos para determinar las diferentes zonas del español hispanoamericano. Zamora Munné, por ejemplo, en su Dialectología hispanoamericana utiliza el voseo, la realización aspirada de jota (el fonema velar fricativo sordo: /x/) y la realización sibilante o aspirada de la /-s/ final de sílaba para determinar sus nueve zonas dialectales. Y, además, utiliza las formas verbales tipo amás, temés, partís, para delimitar subzonas dentro de esas nueve zonas más amplias. Ya Menéndez Pidal en un conocido artículo, “Sevilla frente a Madrid”, hablaba de dos grandes zonas dialectales americanas: las tierras bajas o costeras y las tierras altas, caracterizadas por la mayor o menor influencia andaluza. Dos zonas que Rosenblat humorísticamente caracterizaba por su régimen alimenticio: las tierras altas se comen las vocales, las tierras bajas se comen las consonantes.

La convivencia de lenguas. Sus consecuencias

También el bilingüismo, la convivencia del español con otras lenguas locales se ha utilizado como criterio para la determinación de zonas dialectales. Henríquez Ureña estableció cinco zonas de límites imprecisos y las lenguas que las determinaban eran el nahua, el caribe con el arahuaco, el quechua, el araucano y el guaraní. Este contacto del castellano con otras lenguas se hace evidente sobremanera en lo que se refiere al léxico. En la actualidad este criterio se utiliza para el establecimiento de subzonas dentro de zonas mayores, sobre todo porque el número de lenguas en contacto supera en mucho la cifra de Henríquez Ureña. Aunque, claro está que el contacto interlingüístico puede afectar al plano fónico y al gramatical de la lengua. Esto ocurrió desde el principio. El castellano nació en una zona de bilingüismo vasco latino, como hemos dicho, y los lingüistas suelen atribuir características fundamentales del castellano a ese contacto del latín popular con la lengua local prerromana. Se suele atribuir a influencia vasca por ejemplo, el sistema vocálico de cinco vocales que presenta el castellano frente a otras lenguas románicas que distinguen vocales medias abiertas y cerradas. Igualmente, la aspiración y pérdida de la /f-/ inicial latina, de la que antes hablamos. También se atribuye a influencia vasca el fenómeno del leísmo, ya que el vasco desconoce la categoría gramatical de género. Las influencias mutuas de lenguas en contacto es un hecho absolutamente normal. Ha ocurrido y ocurrirá siempre. Y es también lo que explica ciertas características notables del español de Canarias.

Hablemos, pues, de esas características del español de Canarias que resultan del contacto de lenguas.

El castellano estuvo en Canarias en contacto con dos lenguas bien diferentes, la de los primitivos habitantes de las islas y el portugués. A lo largo de la Edad Media los escritores castellanos y portugueses intercambiaban sus lenguas a conveniencia. Recordemos el caso de Alfonso X y el de Gil Vicente. Entonces las lenguas estaban más cercanas fonética y gramaticalmente. Sabemos que en la colonización de las islas la población procedente del reino de Portugal fue muy numerosa. En algunas zonas superaba a la población procedente del reino castellano. Así, pues, del contacto y mezcla de estos tres pueblos y sus respectivas lenguas, surge una coiné canaria, una variedad de lengua cuya estructura es castellana, pero con ventanas portuguesas, orientadas hacia el oeste, y un pequeño balcón, orientado hacia el este, de madera guanchinesca. Una variedad lingüística de gran importancia histórica, pues los canarios, que de colonizados pasan a ser colonizadores, la llevan luego a América en sus intermitentes oleadas migratorias. De la lengua de los aborígenes se mantienen a duras penas hoy en nuestro léxico algunos nombres relacionados con la ganadería y sobre todo con la botánica. De la alfarería nos quedan dos nombres preciosos: gánigo y tofio. Buena cantidad de sonoros topónimos se pueden recoger en los campos de todas las islas. La Academia Canaria de la Lengua ha hecho todo lo posible por recoger en su Diccionario general de canarismos todos los guanchismos de que se tiene noticia, para así contribuir a su uso y conservación. Es la parte plenamente característica de nuestro patrimonio léxico.  

En El habla de Los Silos intentamos probar que, si la población de la Isla Baja en la época inmediatamente posterior a la conquista de la isla de Tenerife, cuando se fundan y consolidan sus núcleos de población, esta población era mayoritariamente de origen portugués, la huella de la lengua portuguesa tenía que haber quedado impresa no solo en el léxico sino en los otros planos de la lengua. Y no solo en el habla popular sino también en el lenguaje culto. Otros trabajos de características similares, como los realizados por nuestros compañeros de la Academia, Manuel Torres, Gonzalo Ortega, Marcial Morera y Carmen Díaz Alayón, sobre las hablas de Lanzarote, Gran Canaria, Fuerteventura y La Palma, abundan en esta tesis. Carmen Díaz Alayón acaba de editar la obra del estudioso palmero José Pérez Vidal, que en sus trabajos ha registrado un sinnúmero de portuguesismos léxicos. En el Diccionario de canarismos, una obra pionera en varios aspectos de la lexicología dialectal, nos dimos cuenta de la gran cantidad de portuguesismos que el diccionario de la Real Academia Española registra para América y no para Canarias, cuando en realidad son canarismos que los isleños han ido sembrando por tierras americanas a lo largo de varios siglos de historia común.

Puesto que se han nombrado ahora las Academias, la Academia Canaria de la Lengua fue muy cuestionada inicialmente. ¿Qué los movió a crear esta fundación, se han cumplido sus objetivos?

Podemos decir que nadie habla el español, que todos hablamos una variedad de español. Porque una lengua, un idioma, es un conjunto de variedades, de variedades geográficas que, a su vez, comportan un conjunto de subvariedades tanto espaciales como sociales. Nosotros hablamos la variedad canaria del español. Y la Academia Canaria de la Lengua se pensó como una institución dedicada al estudio de esa variedad de lengua. Uno de sus miembros fundadores, quizá el más entusiasta y carismático, fue el poeta Manuel Padorno. Digo esto para mostrar que desde el primer momento se pensó que otro de los cometidos de la Academia era el estudio y divulgación de la literatura hecha por canarios.

Desde el punto de vista lingüístico todas las variedades geográficas de la lengua son igualmente válidas, en tanto que todas son válidas para la comunicación oral y escrita. Pero por ser la primogénita, la más antigua, de la que han ido surgiendo las demás, la variedad castellana ha sido la más estudiada. Debido a su historia y a su portentosa literatura ha sido considerada también como modelo. Un modelo al que debían ceñirse en su uso las otras variedades. El problema que se creó fue porque los defensores a ultranza del modelo castellano ignoraban los cambios que ese castellano había experimentado en los nuevos territorios, cambios debidos tanto al contacto con otras lenguas como a la evolución interna que todo sistema experimenta a lo largo del tiempo. En nuestras escuelas, la enseñanza de la lengua consistía en enseñar a hablar y escribir de acuerdo con la norma castellana. Por supuesto, el seseo había que eliminarlo, había que pronunciar la zeta, y había que restituir el vosotros y el amáis y el teméis. Así, pues, como la variedad canaria desconocía la zeta y no usaba el pronombre vosotros ni las segundas personas de plural de las formas verbales y, además, empleaba unidades léxicas que no estaban registradas en el diccionario de La Real Academia, era evidente que los canarios no hablaban correctamente el castellano. Lo más grave fue que los canarios acabaron asumiendo que hablaban mal, que hablaban, no un castellano evolucionado de manera diferente, sino un castellano corrompido y que nunca llegarían a hablarlo como Dios manda. Los fundadores de la Academia estábamos decididos a acabar con esta errónea interpretación de los hechos. Dispuestos a probar, por ejemplo, que la variedad culta del español de Canarias era tan válida para la enseñanza de la lengua como cualquier otra variedad de lengua del mundo hispánico. Queríamos decirle a nuestra gente que debían estar orgullosos de una variedad dialectal que tanta importancia había tenido en la formación de variedades americanas, de una variedad que había sido utilizada de manera ejemplar por reconocidos escritores canarios, cuya obra literaria era necesario estudiar y divulgar.

Ha pasado un cuarto de siglo desde la fundación de la Academia Canaria de la Lengua y pienso que, en gran medida, este objetivo se ha cumplido. Con su trabajo silencioso, pero ininterrumpido, ha conseguido que los canarios se liberen de su complejo de inferioridad lingüística, valoren debidamente su variedad dialectal y sientan un mayor interés por el conocimiento de la obra de sus clásicos. La próxima e inmediata publicación de su Diccionario general de canarismos cerrará con brillantez este primer cuarto de siglo de su historia.

Es cierto que, al principio, la Academia tuvo algunas complicaciones para salir adelante. Se vio atacada por partidos políticos de ámbito nacional y por un cierto sector de la intelectualidad canaria más o menos afín a dichas agrupaciones partidistas. Creían que la fundación de la Academia era una operación de populismo nacionalista, ya que fue apoyada por la Consejería de Educación del partido nacionalista que gobernaba en ese momento. Pero dicha Consejería en realidad solo ejecutaba el mandato del Parlamento, que previamente había aprobado la creación de la Academia. En medios de comunicación afines a los susodichos partidos nacionales, opinadores e ideólogos de diferentes creencias presuponían intencionalidades peregrinas en la creación de esta institución y se jugaba con la doble denominación de “Academia Canaria de la Lengua” y “Academia de la Lengua Canaria”. Y el referente de “lengua canaria” unas veces era el lenguaje caricaturesco de Pancho Guerra, del mago canario, y otras veces era el bereber, el amazig, que un minoritario sector independentista suponía que era la lengua que se hablaba en las islas antes de su incorporación a la corona de Castilla. Pero para los académicos fundadores la realidad no era tan rocambolesca. Era tan sencilla como esto: nuestra lengua materna es el castellano. El dialecto canario es una de las tantas variedades geográficas del español actual. Nuestra obligación como profesionales es estudiar dicha variedad desde el punto de vista lingüístico y desde el punto de vista literario. Un buen conocimiento de sus variedades implica un buen conocimiento de la lengua. La variedad lingüística no está reñida con la unidad. Debemos estar orgullosos de una lengua que el pueblo llano fue extendiendo calladamente por el Nuevo Mundo a lo largo de varios siglos. Y en ello el pueblo canario contribuyó como el que más. Una lengua extensa e intensa, una lengua coral, polifónica. Y dentro de ese conjunto nosotros hemos de seguir cumpliendo en el presente y en el futuro tan buen papel como el que nuestros ancestros desarrollaron en el pasado.

Hablemos ahora un poco sobre literatura

Hasta ahora hemos hablado mucho de lengua y poco de literatura. Era de esperar. He sido profesor de lengua y me he esforzado en entender su sistemática para poder enseñarla con cierta solvencia. La literatura, en cambio, la conozco más como aficionado, aunque yo pienso que un lingüista debe tener un conocimiento bastante amplio de la literatura. Y no solo de la literatura española sino, al menos, de toda la que hinca sus raíces en la literatura grecolatina. Tal como ocurre con la lengua, yo puedo imaginar la literatura española como un conjunto de variedades geográficas, que se influyen mutuamente, pero con una serie de rasgos diferenciales. Y esos rasgos diferenciales afectan no solo al contenido, sino a la forma, al lenguaje. Y, en cuanto al lenguaje, lo peculiar no solo se reduce al empleo de unos cuantos indigenismos léxicos. La obra literaria es un producto lingüístico conseguido mediante un modo de hablar que se diferencia de los demás en todos los planos de la lengua. De la misma manera que, hablando, los canarios nos diferenciamos en algo, casi sin darnos cuenta, de los demás hablantes hispanos, escribiendo, también casi sin darnos cuenta, nos diferenciamos en algo de ellos. Es difícil ocultar el acento. Hay variedad en la unidad.  

Hemos tenido maestros que nos han descrito la lengua sincrónica y diacrónicamente. Hemos citado a Menéndez Pidal, Alarcos, Catalán y Navarro Tomás. Debemos tener muy en cuenta también a Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Henríquez Ureña y Ángel Rosenblat, si queremos tener un conocimiento más completo del español atlántico. Son maestros que nos han enseñado cómo funciona la lengua por dentro. También hemos tenido maestros que nos han enseñado cómo utilizar la lengua para obtener un texto literario. Textos en verso y textos en prosa. Intentaremos decir algo de algunos de estos maestros de literatura. 

Podrías empezar hablando de tu encuentro con la poesía y con autores que no has podido olvidar, de Garcilaso a Manuel Padorno.

En el centro religioso en el que estudié, de los diez a los diecisiete años, teníamos prohibido la lectura. Entonces en los pueblos no había institutos ni bibliotecas públicas. Ya libre, cayó en mis manos una antología de la lírica española del Siglo de Oro. Aquello fue un diluvio universal de endecasílabos cayendo sobre mi cabeza. El primer chaparrón fue la égloga primera de Garcilaso. No quería dar crédito a mis ojos. Las palabras eran las mismas, pero parecían otras, vestidas de limpio y ordenadas para una representación coral. El triste lamentar era realmente triste, pero era una tristeza crepuscular que nos hacía saltar las lágrimas. Las lágrimas, que salían corriendo y eran como signos de un nuevo alfabeto para entender el lenguaje del corazón. Del verde prado de fresca sombra lleno pasamos sin solución de continuidad al huerto plantado por la sabia mano de Fray Luis, y del son divino de Salinas a la música callada de San Juan, una música que, una vez que la escuchas, seguirá sonando de continuo en tus oídos. Nos faltan dedos de la mano para enumerar los grandes poetas líricos del Siglo de Oro. Todos hemos pasado ratos inolvidables a la sombra de Lope, de Quevedo, de Góngora… Pero yo tuve y sigo teniendo también en alta estima a otros autores no tan celebrados, como Juan de Arguijo y los Argensola.

¿Tiene relación esta experiencia con Imitación de clásicos?

Las canciones que uno se aprende cuando le está saliendo el bigote nunca se olvidan. Nos ayudan a hacernos mayores, a sobrevivir. A consecuencia de encontrarme con Pobres gentes, hubo luego un predominio de la narrativa, hasta que me salió al paso Azul. Esto fue aproximadamente por las fechas de las revueltas del 68, cuando la poesía en España, y sobre todo en Canarias, se reveló como arma adecuada y efectiva en la lucha por la libertad. Entonces conocí a Pedro Lezcano y a Manuel Padorno. Desde entonces para mí A la Sombra del mar es un texto sagrado. Creo que fue lo más importante que me ocurrió hasta mi encuentro con Borges. De los años setenta a los noventa estuve plenamente dedicado a estudiar y resolver problemas relacionados con la enseñanza de la lengua. Esta era mi profesión. En los noventa, un accidente me hizo redescubrir el nuevo mundo de la narrativa y también volví de nuevo a prestar mi atención a los poetas clásicos antiguos y modernos. Dejé a la pluma que volara y se posara donde quisiera. Así, sin darme cuenta, sin pretensiones, yo mismo me asombraba de comprobar que los endecasílabos se me agrupaban bastante contentos en coros de catorce voces mixtas y los octosílabos en escuadras y cuadrillas que vagaban de acá para allá, sin saber qué hacer con ellos. Aconsejado por personas allegadas, decidí hacer una selección y publicarlos con el título de Imitación de clásicos, en homenaje a esos escritores a cuya sombra me he acogido a lo largo de mi existencia.

Has citado antes a Pobres gentes y hablabas de un predominio de la narrativa en pleno entusiasmo por los poetas clásicos…

Por esa época hacían furor las novelas del Oeste y las novelas rosa de Corín Tellado. En un estanco de mi pueblo, junto a una ristra de estas novelas, también en formato de libro de bolsillo, había una novela de una colección titulada Escritores Célebres. El título de la novela era Pobres gentes y el autor Fedor Dostoieswky (sic). Su lectura me llevó a entender que entre verso y prosa no hay aduanas para la poesía. Mi primer intento, fracasado, de escribir un relato fue producto de una especie de embriaguez, causada por la lectura de esa primera novela del escritor ruso. El problema de leer a Dostoyevski es que sus efectos son similares a los de una droga dura: cuanto más la consumes más la necesitas. Eso a mí, en cierto modo no me vino nada mal, porque poco después fui destinado a La Palma, como maestro de enseñanza primaria, y las largas esperas por la guagua, para ir y volver de mi lugar de residencia a la escuela, se me hacían cortas leyendo Los hermanos Karamazov de la mano de Cansinos Assens. Yo siempre he sido lector de periódicos, algo que heredé de mi padre, y por entonces en ellos se citaba y se imitaba mucho a Azorín. La curiosidad me llevó hasta él, y con él estuve Andando y pensando. Esta lectura me llevó a su admirado maestro Clarín, el cual me llevó a conocer la Vetusta de La Regenta. Esto alivió mi dependencia de la droga rusa.

De igual manera te ha interesado mucho la literatura colonial hispanoamericana. Imagino que si te ha permitido reflexionar sobre la expansión del español en América, también ha incidido en tu actividad narradora.

La filología ha estudiado la lengua a partir de documentos y textos literarios. Todos los que estudiamos filología española conocemos el origen y evolución del castellano gracias a trabajos como los de Menéndez Pidal, Orígenes del español y Cantar de Mío Cid. Texto, gramática y vocabulario. Para entender mejor el español de América conviene leer el teatro español de los siglos XV y XVI. Muchos fenómenos lingüísticos que caracterizan el español americano eran de uso común en esa época en la Península. Por decirlo de alguna manera, son arcaísmos, usos que evolucionaron en España, pero que se mantuvieron en América tal como se usaban en los momentos iniciales de la colonización. El ejemplo más relevante es el voseo. De la misma manera, en el siglo pasado, para la identificación de los fenómenos gramaticales característicos del español moderno y determinar su extensión, Kany se sirvió de la obra de autores de los diferentes países en su Sintaxis hispanoamericana. La gran literatura americana podríamos decir que empieza con la obra narrativa de ese autor mestizo que es el Inca Garcilaso de la Vega. Sus Comentarios reales más que una crónica o un tratado de historia, es una novela histórica, la primera gran novela americana; la otra, contemporánea, es la de ese escritor fortuito, que Cortázar en una ocasión llamó el Quijote de América, Bernal Díaz del Castillo. En uno y otro caso tenemos el clásico enseñar deleitando en su máxima expresión. Los filólogos los han utilizado hasta para probar las cosas más inesperadas. Digo esto por recordar ahora que Diego Catalán utilizó una observación de Bernal (que el capitán Luis Marín seseaba un poco como sevillano) para probar, contra la opinión de Amado Alonso, que el seseo se pronunciaba en Andalucía antes del descubrimiento de América y que, por lo tanto, no era un fenómeno que se hubiera producido de manera independiente en el español americano. Con la literatura moderna española ha pasado lo que pasó con la inglesa. Es la literatura hecha en América la que ocupa la vanguardia. El primer gran movimiento sísmico fue el modernismo y una fuerte réplica produjo luego el tsunami del realismo mágico, cuyos efectos se hicieron sentir en todo el planeta. De esa olla a presión que es hoy la América latina se puede esperar lo inesperado. Me has preguntado si todo esto ha incidido en mi actividad narradora y yo me pregunto: ¿quién que haya salido a la calle con ese diluvio no se ha mojado?

Observar la historia colectiva desde una mirada muy personal ha dado lugar a relatos muy singulares en Buenas y malas palabras y La posguerra civil. El humor permite sortear circunstancias difíciles. Por otro lado, tengo la sensación de que si las islas y la historia de la segunda mitad del XX y comienzos del XXI desaparecieran, con tus libros podrían ser imaginadas y traídas al presente; también podríamos descubrir al autor con su lenguaje, con los dobles sentidos de las palabras, con sus ironías, con la mirada que no deja de retratar con generosidad y humor este mundo “de los mil demonios”.

En cierta ocasión un amigo me dijo que cuando leía mis relatos era como si me estuviera oyendo hablar. Yo creo que esta forma de hablar es producto de la dictadura. No se podía hablar en serio y las palabras nunca se sabía a ciencia cierta en qué sentido se empleaban. Por seguridad todo tenía un doble sentido. Recuerdo que un tío mío, que era una persona muy prudente, poco después de la muerte del dictador, a raíz de una conversación ya bastante más distendida, me dijo: tú ten cuidado con lo que dices, porque nunca se sabe. Sin darnos cuenta, todavía seguimos así, tanto cuando hablamos como cuando escribimos. Así que es cierto que, como dices, el humor permite sortear circunstancias difíciles. En cuanto a la realidad a la que se alude en mis historias, podría apuntar algo. Yo observo que a los que llevamos leyendo desde que éramos pibes nos gusta releer. He mencionado un par de veces ya a Pobres gentes. Es una de las obras que releo. Es la primera novela de Dostoyevski. Es una novela epistolar. De las dos primeras cartas que intercambian los protagonistas (Makar Aleksieyevich y Varvara Aleksieyevna, Varinka), se puede extraer la primera lección que daría el escritor ruso sobre la novela. En la posdata de su primera carta Makar dice a Varinka: “Una cosa te pido: que me escribas lo más extensamente posible, ángel mío”. Y Varinka, en su primera carta de contestación, entre otras muchas cosas escribe: “¡Ah! Se me olvidaba: quiero que me dé noticias de su vida y de la gente que le rodea, lo más extensamente posible. Qué clase de gente es y cómo se llevan con usted. Tengo interés en saberlo. ¡No deje de escribirme!” Y en eso consiste la novela, en contar con detalle cómo les ha ido a esas dos pobres personas del común en las escaramuzas que libran diariamente en su lucha por la vida. En Buenas y malas palabras escribí un pequeño relato en forma de carta, y lo pienso como un cariñoso homenaje al autor de esa novela que tanto significó para mí. En resumen, que la dictadura y Dostoyevski son responsables de mi modo de narrar, en alguna medida. Y en no menor medida, seguramente, la tiene la narrativa en español de los siglos XIX y XX. Ya mencioné La Regenta. No he mencionado a Rulfo ni a Borges. Pero, ¿quién después de leerlos sale ileso?

Y hay otros nombres importantes, tanto españoles (de Aldecoa a Víctor Ramírez) como americanos (de Arguedas a Cortázar), que se podrían citar, y todos nos influyen de alguna manera. Pero cuando uno escribe, no piensa en nadie en concreto. Uno tiene en mente una especie de koiné literaria y utiliza esa modalidad de lenguaje mecánicamente, de manera casi inconsciente. El matiz personal está, creo, en la temática elegida, en la realidad personal o contextual que se quiere describir y, claro está, en la manera adecuada de contarlo, que implica la organización o estructura del relato, la selección de las palabras, pues hay que utilizar las más apropiadas en cada caso, ya que al fin y al cabo los relatos no son más que palabras, palabras…, como diría Hamlet.

Yo he intentado usar un tipo de relato corto que consiste en poner de manifiesto un evento muy concreto, descrito en su contexto espacial y temporal con todo pormenor, con muchos detalles, entre los que se encuentran disueltos algunos que luego resultan claves. El final del evento no coincide con el final del relato. Uno y otro avanzan por vías paralelas. El dicho agudo, el dato inesperado, puede cerrar, aunque no necesariamente, el evento, pero no cierra el relato. El relato usa el evento para su implícita finalidad, que el lector deducirá en todo caso al finalizar la lectura. En cuanto al micro relato, creo que para tener gracia no es necesario que sea jocoso. Pienso que es muy apropiado para iluminar de un chispazo cualquier situación dramática. En este sentido resulta modélico el relato de Rulfo “Mi tía Cecilia”. En cuanto al humor, hay dos expresiones contradictorias del lenguaje usual de las que hay que tomar nota: “hay que tomarse las cosas en serio” y “no hay que tomarse las cosas demasiado en serio”. Las dos son válidas y, como siempre, se trata de elegir la más adecuada para cada situación concreta. 

Creo que podrían servir de ejemplo a lo que acabo de señalar estos dos breves relatos que añado a continuación.

Potaje

Uno de los temas de conversación más socorridos es el tiempo, el tiempo atmosférico, porque del otro es mejor no hablar. Pero eso es al principio, para calentar motores, porque cuando la conversación avanza, empujada por la confianza, el tema de la comida suele aparecer, aunque no esté en el programa. Bueno, eso entre personas mayores. Los más jóvenes prefieren el tema de la bebida, que conduce a escenarios distintos de la cocina de casa. El tema de la comida es un tema cariñoso, porque todos pueden intervenir y hasta aportar datos de interés para el auditorio. Es un tema con muchas ramificaciones. Uno de los ramales es el que nos lleva a conocer restaurantes con buen menú y precios que incitan a volver. Es un ramal que desemboca en la vereda de los guachinches y aquí nos informamos del que tiene ahora el mejor vino, de los que mantienen los armaderos de siempre: las garbanzas, las arvejas con huevos duros, los tollos, el pescado salado con papas arrugadas, negritas o bonitas, claro está. Esta suele ser la propuesta con más intervenciones, pero no siempre la de mayor interés, porque el tema de la comida preferida se las trae. Hay quien prefiere las cabrillas fritas, frente a la mayoría que se decanta por la vieja guisada. Unos por allá ensalzan el conejo en salmorejo, mientras otros por acá se sienten felices ante un plato de arroz a la cubana. Y hay quien no pide más que un par de huevos fritos con papas fritas en cantidad. Yo suelo dar la nota discordante, porque –y no me atrevo a decirlo ante cualquier auditorio– cuando puedo meter cuña, suelto de sopetón: “a mí lo más que me gusta es el potaje de verduras”

La mayoría de los niños, según mi experiencia, odian el potaje de verduras. Yo odiaba el potaje de verduras. Bien es verdad que los potajes de entonces no alcanzarían hoy ni siquiera el aprobado. En tiempos de escasez, como el de una posguerra, hay pocas viandas que meter en el caldero. El más frecuente era el potaje de coles: unas cuantas hojas de col abierta bien picaditas, un puñado de garbanzas o judías, dos o tres papas blancas troceadas, una perra de calabaza y una fritura de cebollas, ajos y tomates. Y reunidos, para darle color. Cuando salía de la escuela, no me apresuraba en volver a casa, porque sabía que allí me estaba esperando el potaje. Encima, yo asociaba el potaje con una mala palabra. Los niños oyen y hasta emplean malas palabras, pero no saben su significado. Y cuando preguntan por él, los mayores les cuentan el cuento de Caperucita y el lobo o algo parecido. “Papá, ¿qué es el carajo?”. Eso fue una tarde en que mi padre me llevó a la barbería, al volver del trabajo. La barbería, como todas las tardes, estaba llena a rebosar. No iban allí a pelarse o afeitarse, iban a conversar. Delante de la barbería, que daba hacia la calle principal, había una terraza, una escalonada en cuyo borde siempre había gente sentada hablando por hablar, descansando del trabajo y haciendo tiempo para la hora de la cena. Frente a esa escalonada, al otro lado de la calle, había un terrerito donde los chicos, jugando al trompo o al boliche, esperaban por sus padres.

Había puestos fijos en la escalonada a esa hora de la tarde en que el día retira el telón azul y va extendiendo el negro, ya que pronto vendrá la noche con su carro de estrellas. Uno de esos puestos fijos lo ocupaba siño Frasquito. A su lado se sentaba su hermano Cesáreo. Su casa quedaba a unos cincuenta metros de distancia. Solían hablar de sus andanzas en Cuba, donde habían dilapidado su juventud y algo más. Frasco hablaba de trabajos, Cesáreo de conquistas. La iglesia distaba unos doscientos metros. Al oír el toque de oración, Frasco se levantaba y recitaba siempre esta redondilla: “Se retira Juan Iriarte/ hombre bueno y sin malicia/ por parte de la justicia/ a echar vainas a otra parte”. Y Cesáreo, que se levantaba al mismo tiempo, soltaba este escopetazo: “Vámonos pal carajo”.  Yo esto lo oí por primera vez esa tarde que mi padre me llevo a pelarme las cucas. Cuando volvíamos a casa le pregunté: 

—Papá, ¿qué es el carajo?

—El potaje, respondió mi padre.

Para mí, entonces, mi padre tenía más autoridad que la Real Academia, así que creí durante bastante tiempo que carajo significaba ‘potaje’. Cuando supe lo que en verdad significaba carajo ya me gustaba el potaje.

Palabra de Dios

Lo peor del hambre es que, aunque la maten, no se muere. Al poco resucita más viva que antes y con más ganas de retorcernos las tripas. La etapa cumbre en que el hambre se convierte en protagonista de la vida diaria es la posguerra. Los ejércitos –el ejército enemigo y el ejército amigo– han arrasado el país que quieren liberar o defender y la población civil que ha escapado del fuego cruzado es ahora diezmada por el hambre, algo que hace en paz, sin disparar un solo tiro. En esta etapa histórica sin historia lo peor del hambre no es el hambre. Lo peor es la cola. La cola para conseguir metralla con que matar el hambre, que muere matando. La mayoría de la población está muerta de hambre, se muere de hambre, pero pacíficamente y más despacito que con los estruendosos bombardeos.

Nosotros escapamos de la quema gracias a la benevolencia de una decena de gallinas y un par de cabras y la cooperación de conejos y palomas. También colaboraron los plátanos y el gofio. Pero el gofio era un problema. Bueno, el problema era el millo para hacer el gofio. Porque, para conseguirlo, había que hacer cola. Actualmente también se hace cola, por ejemplo, en un centro médico de la Seguridad Social. Pero es una cola que se hace sentado. Pides cita, esperas un par de meses sentado en tu casa, el día citado vas al centro médico y esperas sentado, con la desesperanza de que en un par de horas te van a atender rápidamente, en menos de diez minutos. Pero las colas del millo eran diferentes. Podían durar un día entero, pero al aire libre, en plena calle y a pleno sol y a plena luna. A veces eran bastante largas, espacial y temporalmente, por lo que había que hacerlas por turnos, en los que participaba toda la familia, primero la madre y luego los hijos, de mayor a menor.

Es normal que en épocas tales los niños estén debiluchos y se enfermen con frecuencia. “Este niño está cada vez más flaco”, le oía decir a mi madre. “Tengo que llevarlo al médico a ver si le manda algo”.  Después de tanto decirlo un día se decidió a hacerlo. A la vuelta del trabajo, mi padre le preguntó: 

—¿Qué te dijo el médico.
—Pues, que le diera sardinas en aceite de oliva y caldo de pichón. 
—Bueno, pues ya sabes lo que tienes que hacer.

Al día siguiente, mi madre cogió la libreta de los fiados y me dijo: “Vete cas doña Andrea y dile que te dé una lata de sardinas”. En los días siguientes me comí la lata de sardinas según el criterio distribucional de mi madre. El problema se presentó cuando fue a preparar el caldo de pichón. Teníamos en la azotea un pequeño palomar. Yo me pasaba horas y horas viendo el ajetreo que se traían los dos casales de palomas dentro y fuera del palomar. Uno de los casales tenía pichones, que estaban recibiendo las primeras lecciones de vuelo. Mi madre subió y cogió uno de los pichones sin respetar la actividad docente de unas aves tan simbólicas. Tenía que elaborar sin más demora la receta médica. Yo, que conocía sus intenciones, llorando a lágrima viva le supliqué que lo soltara. Repetía como un loco que a mí no me gustaba el caldo de pichón y que no me lo iba a comer por nada del mundo. Mi madre, como si eso no fuera con ella, con un ligero jeito de su mano derecha lo dejo dispuesto para el desplumado. Al ver el pichoncito sin vida, le grité agresivo: “Matar es pecado”. Ella, con el aplomo que da la posesión de la verdad, dijo, como esculpiendo las palabras: “Dios dijo: mata y come”.

Su tono de voz no admitía réplica. Con la noche, en la cena me sirvió un caldo con la carne del pichón desmenuzadita. Cuando terminé, preguntó: “¿Estaba bueno?”. A regañadientes contesté: “Sí, estaba bueno”. Y no mentía. 

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